Pérez Villaamil, pintor ferrolano del XIX, le sienta bien al Museo del Prado
Como muchos otros artistas, este importante pintor ha tenido que hacer un camino de ida y vuelta para ser reconocido. Hoy luce espléndido en la sala 60 del Museo madrileño.
Como muchos otros artistas, este importante pintor ha tenido que hacer un camino de ida y vuelta para ser reconocido. Hoy luce espléndido en la sala 60 del Museo madrileño.
Genaro Pérez Villaamil (Ferrol, 1807-Madrid, 1854), a pesar de su corta vida, tuvo una larga movilidad, primero de Ferrol a Santiago y Madrid -siguiendo el destino militar de su padre-, donde se interesaría por el ambiente literario. Luego, alistado como liberal frente al ejército del Duque de Angouleme -encargado por la Santa Alianza de reponer a Fernando VII en su absolutismo-, acabaría en Cádiz y Puerto Rico. En 1833 –después de la década ominosa- está de vuelta en Sevilla, donde conoce al paisajista inglés David Roberts, y pronto, de nuevo en Madrid, donde alcanza notoriedad en la Real Academia de San Fernando e, incluso, como pintor de cámara honorario de Isabel II, amén de frecuentar los medios literarios románticos y ser uno de los fundadores del Ateneo. Entre 1840 y 44, andará –con notable éxito- por Francia, Holanda y Bélgica, probablemente exiliado por su oposición a Espartero, aunque también porque en París se comprometió a dirigir una obra litográfica de gran interés, sobre todo para los adinerados viajeros europeos que osaban descubrir nuevos horizontes para el clásico “Grand Tour”: España artística y monumental (3 tomos: París, Albert Hauser, 1842-1850), 36 cuadernos debidos en gran parte a sus dibujos y acuarelas. Algunas de esas vistas –sobre todo de la iglesia de San Andrés- representaban a Madrid, donde colaboró ampliamente con Mesonero Romanos y Patricio de la Escosura. A su vuelta, en 1845, es nombrado director de la Real de S. Fernando y, enseguida, profesor de paisaje, por el dominio que había adquirido desde niño en los trabajos topográficos con su padre. Roberts, el pintor de quien se contagiaría del romanticismo pictórico, era discípulo de Turner (1775-1831), precursor de la transparente luz impresionista y, más lejos, de la libre abstracción. Estos días, es exaltado de nuevo por la Tate Britain (www.tate.org.uk) y, también, por una reciente película de Mike Leigh, Mr. Turner, con Timothy Spall como protagonista.
De su obra, dentro de Galicia, hay constancia en Lugo y Pontevedra -y en Santiago tuvo lugar una exposición monográfica en 1996-, pero tal vez sea el Museo de Bellas Artes de Coruña el que dispone de una más completa colección de su obra, principalmente en apuntes, dibujos y litografías, aunque también disponga de acuarelas y, al menos, cinco óleos. Parece que, a lo largo de su vida, pintó 8.000 cuadros y unos 18.000 dibujos y apuntes, un prolífico trabajo en parte disperso fuera de España, y del que en Madrid hay un legado importante. Sobre todo, en la Real Academia, en las colecciones del Patrimonio Nacional y en los Museos Carmen Thyssen –donde hay dos óleos-, el Romántico, el Lázaro Galdiano, el de Historia de Madrid y el del Prado. En el Catálogo provisional del Museo de Arte Moderno (1900) ya figuraba con el nº 512 un óleo suyo titulado El Castillo de Gaucín, que había sido adquirido en 1864. Pero habrían de pasar 90 años para que la pintura del XIX empezara a tener más relevancia y que Gaya Nuño comentara de él, en la revista Goya, que tenía “una obra maravillosa”. Es a partir de1977 cuando el Prado acrecienta su buena colección de dibujos, acuarelas y obras al temple, amén de varios óleos del pintor gallego y, en 2011, le agrega el díptico al óleo que estos días luce esplendoroso en las salas dedicadas al siglo XIX, esa etapa a la que, físicamente -desde la ampliación de Moneo- y con una exposición monográfica en 2007 empezó a prestarle más atención. En una sala intermedia de las dedicadas a ese siglo, como paso obligado para comprender la evolución del paisajismo en España, se asienta hasta septiembre este díptico recién restaurado por el prestigioso taller del propio Prado. Está acompañado de una breve selección de dibujos y apuntes de Pérez Villaamil -dos de asunto gallego-, junto a uno de sus óleos más conocidos, presente en el catálogo del museo desde 1984, una acuarela de 1842 con el edificio del Ayuntamiento de Bruselas y dos tomos de su monumental colección litográfica, arropado todo por dos cuadros de Roberts, con quien aprendiera en 1833 el estilo romántico, con sus sugerentes brillos, reflejos y dorados, que tanta fama le lograría.
El díptico de la sala 60 se compone, en realidad, de 42 cuadros de pequeño formato, similar al de las postales que tanta vigencia han tenido hasta la aparición de Internet. Fueron pintados al óleo sobre hojalata y forman un conjunto selecto de “vistas monumentales de ciudades españolas”, entre las que destacan Toledo (23) y Sevilla (16), más alguna de Cádiz, Córdoba y Oviedo, enmarcadas todas en sendos marcos decorativos de estilo gótico, en madera. El destinatario de este conjunto, pintado entre 1835 y 1839, había sido el embajador inglés George Villiers, Lord Clarendon, uno de los principales coleccionistas de obra del pintor gallego, a cuyos descendientes fue recomprado en 2011. Desde 1808-1823, y más tarde con motivo de las desamortizaciones, se habían incrementado las ocasiones de que la pintura española fuera conocida, muy apreciada –y comprada- en Europa y, en este sentido, la trayectoria seguida por el díptico de Pérez Villaamil es un buen ejemplo. Lo es, igualmente, por otras razones. La preocupación que exhibe por el monumentalismo, principalmente el toledano y andaluz, nos pone en la pista de cómo está empezando a recorrer España un tipo de viajeros, que no turistas todavía, ansiosos por llevarse un recuerdo de lo que hubieran visto: es el mismo tipo de destinatarios del Handbook for travellers in Spain and readers at home, de Richard Ford (1796-1858). También el Museo del Prado había empezado una estrategia de difusión de sus obras más renombradas a través de la calcografía, más tarde de la litografía y enseguida a través de la fotografía. Lo muestra la secuencia de catálogos de mano que escribiera Pedro Madrazo en el transcurso del siglo siguiendo una costumbre iniciada por Luis Eusebi en 1824, al señalar 23 cuadros con el indicativo C.R., que advertía al visitante de la posibilidad de comprar una reproducción de esos cuadros en versión de la Calcografía Real. Al tiempo, estas vedutte atestiguan el estado de algunos de estos monumentos en un momento muy delicado de nuestra historia artística, una situación que, en algunos casos, adelanta su desaparición. Y por otra parte, son una representación peculiar, la romántica, de esos espacios de predilección en que el arte ojival de la Baja Edad Mmedia tenía atención especial. El XIX español, como muchas otras etapas, es rico en contactos con Europa que, en el caso de Pérez Villaamil, al encontrarse con Roberts, le convierte en gran maestro del paisaje romántico hispano, como podrá comprobar el visitante del Prado antes de encontrarse con el realismo de otro profesor, Carlos Haes –de quien aprenderían a su vez, Morera, Beruete o Regoyos-, con el naturalismo de Martín Rico, Rigalt, Martín Alsina o Muñoz Degrain, el preciosismo de Fortuny y el plenairismo impresionista de Sorolla. En el plano más estrictamente técnico, estas “vistas monumentales” del pintor ferrolano muestran una enorme facilidad para el trabajo con óleo y acuarela, además de una no menor seguridad para encuadres y perspectivas y una gran libertad expresiva para el descriptivismo paisajístico, valores crecientes en el aprecio de lo pictórico.
Para preparar la visita a esta exposición temporal, pueden acceder a este enlace. También es de interés la Biblioteca Nacional, en cuya “Biblioteca Digital Hispánica” hay colgados 119 registros paisajísticos del pintor este segundo enlace.