Nos quitan la vida, somos ‘culpables’ de ser mujeres

Mujer andando de noche. / Pixabay
Mujer andando de noche. / Pixabay

Tengo casi cincuenta años y a lo largo de los años, recuerdo bastantes situaciones de miedo, de esas de todos los días, de esas a las que te acostumbras como si tal cosa.

Nos quitan la vida, somos ‘culpables’ de ser mujeres

Y suma y sigue, como si nuestras vidas, las de nuestras familiares, amigas, compañeras de trabajo, hijas, conocidas o simplemente rostros anónimos como el de Laura, no tuviesen ningún valor para esta sociedad que nos está robando nuestra identidad. Y es que nos quitan la vida, cierto, pero sobre todo nos dejan sin ilusión, sin tranquilidad, sin despreocupación, sin ganas de hacer proyectos, sin inocencia ni alegría.

Somos "culpables" de ser mujeres. De querer vivir de forma plena nuestras vidas, completamente conscientes, como nos guste, como mejor nos parezca, como nos dé la gana.

Tengo casi cincuenta años y a lo largo de los años, recuerdo bastantes situaciones de miedo, de esas de todos los días, de esas a las que te acostumbras como si tal cosa. De esas de las que "si te toca" probablemente no sales. Poco importa la ciudad y el país dónde estés; poco importa el origen, y la nacionalidad de esos monstruos: están por todas partes. Están ahí fuera, acechando, y pertenecen a una raza propia: la de la crueldad y la impunidad que le han sido dadas a lo largo de lo siglos por una sociedad cada vez más permisiva, más tolerante, con los delitos y crímenes  sexuales. Porque creo que el problema tiene poso cultural y generacional. El problema se acumula, se va quedando en la retina y en la memoria colectiva de todos desde la más tierna infancia. Para ellos, la educación del "todo vale". Para nosotras, la educación de la "culpabilidad". 

De la vivencia que les voy a relatar lo peor no fue el momento de terror que viví, lo peor fue comprobar que para todo el mundo, incluidos mis amigos y yo misma, la verdadera culpable de lo sucedido era yo. Culpable de haber sido imprudente, de haber salido hasta tarde, de no haberme hecho acompañar hasta la puerta de casa, de llevar tacones, de ser joven, de vivir sola, en definitiva: culpable de sentirme orgullosa, y plenamente  feliz de vivir mi condición de mujer soltera y sola.

De todas las situaciones de peligro hay una que recuerdo con verdadero terror cuando, como Laura, me fui a vivir lejos de mi casa por motivos laborales. Destinada a la Comunidad Autónoma Balear por la empresa gallega para la que trabajaba en La Coruña, llené mi "Polito" azul con todas mis cosas y en abril del 2002 empecé a vivir en la céntrica Plaza de Santa Eulalia, en Palma de Mallorca. Los que conocen Palma saben muy bien lo céntrico y concurrido que es ese barrio. Lo elegí precisamente por esta razón, a pesar de ser un diminuto e incómodo apartamento en un edificio de oficinas.  

El acceso en coche a esa zona era, y sigue siendo, complicado, así que cuando salía de noche y alguien me acompañaba en coche, debía dejarme en el Paseo del Borne o en las escaleras de la Plaza Mayor, a unos pocos metros de mi portal. Una zona céntrica, iluminada y con gran afluencia de gente a cualquier hora y en absoluto peligrosa.
Llevaba unos meses viviendo allí, cuando un fin de semana del mes de julio salí con mis amigos. De regreso a casa me dejaron, como de costumbre, en las escaleras que dan acceso a la Plaza Mayor desde las Ramblas, entre la escultura de Eduardo Chillida y el Teatro Principal de Palma. Subí las escaleras, crucé la plaza y empecé a caminar por la calle Colom con paso apurado. No porque tuviese miedo, simplemente cumpliendo inconscientemente con ese hábito, esa medida de seguridad, esa norma espontánea y bien arraigada en nuestra educación: la de ser mujer y volver a casa sola.

Enseguida me di cuenta de que en la calle Colom solo se oían mis pasos.  Sentí, a pesar de que no era tarde y de que la calle estaba bien iluminada, que algo no iba bien: o mis pasos tenían eco o alguien caminaba detrás de mí. Había apenas trescientos metros hasta la Plaza Santa Eulalia y una vez allí, debía cruzarla para llegar hasta mi portal, el número siete.

Supe de forma inconsciente que si me ponía a correr, me alcanzaría. Nunca fui una buena corredora de fondo. Seguí caminando y apurando. No tuve valor para girarme porque sabía que, fuese cual fuese su apariencia, me bloquearía. O tal vez porque sencillamente estaba muerta de miedo. Caminé más deprisa, porque seguía sin pasar nadie, porque sentí que sus pasos se aproximaban a los míos y porque el pánico es un automatismo incontrolable que te empuja a correr instintivamente aunque no quieras. Apenas unos metros antes de entrar en la plaza empecé a correr, al darme cuenta de que él corría. No lo veía, simplemente lo oía. Oía sus pisadas, su respiración y el ruido de sus llaves, o tal vez de las monedas, en sus bolsillos. Sentí que me alcanzaba y que me faltaba el aire y, a pesar del terror que me atravesaba, recuerdo que mis pensamientos y mis razonamientos en esos momentos eran totalmente lúcidos. No podía dejar de preguntarme si debía buscar mis llaves mientras corría o acelerar y probar suerte con el portal. ¿Arriesgarme a darle un golpe seco para que se abriera, como era habitual durante el día? ¿Y si no se abría? Sabía muy bien que cabía esta posibilidad porque yo misma solía bloquearlo, paradójicamente, por seguridad. 

Ahora, a mi sentimiento de pánico se le añadía el de culpa: culpable de haber bloqueado el portal con el seguro. En un edificio mayoritariamente de oficinas, el portal tenía un dispositivo de seguridad que se desconectaba durante el día para que la apertura fuese automática. Por la noche se solía activar de nuevo, pero no siempre. El pasillo hasta el ascensor era largo y la mayor parte de las viviendas estaban en los pisos superiores. El ascensor, a menudo averiado, nos gastaba bromas de mal gusto, por lo que las chicas que vivíamos allí solíamos activar el seguro también durante el día.  
Todos estos pensamientos pasaban por mi cabeza a toda velocidad, al igual que los adoquines de la Plaza de Santa Eulalia bajo mis pies. Seguí corriendo. Estaba aterrorizada cuando atravesé la plaza, y cuando golpeé el portal con todo mi cuerpo, y con toda la fuerza de mi desesperación. Se abrió. No sé porqué, pero se abrió. Apenas tuve una décima de segundo para activar el bloqueo en la oscuridad. Lo había hecho tantas veces que parecía como si me hubiese estado entrenando inconscientemente para ese momento. Se quedó frente a mí, mirándome amenazante, dándole golpes al cristal. Mi estado de shock no me permitía distinguir su rostro, ni lo que decía, ni siquiera ser consciente de lo que acababa de vivir. No sabía si soñaba, pero no podía moverme, las piernas no me obedecían. No olvidaré en mi vida su expresión, en ocasiones aun tengo pesadillas con ese momento. No puedo recordar su cara, pero si su mirada. Una mirada que decía: "Esta vez te has librado, pero ya te pillaré".

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