Nieve roja

El frío de toda guerra es como la nieve. La sangre de los que mueren es roja. Donde quiera que ocurra, el frio y la sangre son constantes en una guerra. Toda guerra es, al final, nieve roja.

Nieve en Islandia. / Pixabay.
Nieve en Islandia. / Pixabay.

El soldado cruzó corriendo la explanada y se dirigió al refugio. A pesar de la oscuridad, y del silencio que reinaba entre aquellas multitudes llenas de tristeza, pudo ver el rostro de su hijo, jugando con algún juego con el que había jugado antes. Sorteando a las personas que encontraba a su paso, se acercó y tocó la espalda a su pequeño. El niño le ofreció una sonrisa llena de admiración, y extendió su capa invisible, mientras se la mostraba con orgullo. El soldado jugó con él un juego donde su hijo fue el ganador, y pudo verle sonreír de nuevo.

-Ya te vas, papá?

El hombre asintió.

-Tengo que volver. -dijo a su hijo.

La sonrisa del niño, ajeno a las cuitas del mundo exterior.

-Ganarás a los malos, papá.

Su padre sonrió con una sonrisa amable y, tras besar a su hijo en la frente, se dio la vuelta y subió a la superficie. Los fuegos artificiales de los que había hablado a su hijo no eran fuegos artificiales, y las esperas eran lo peor. Podían ser el anticipo de una bomba o de su salvación. Muchos compañeros habían muerto en una espera. La sonrisa de su hijo, aún poseía poder para reconfortarle del frio, de la nieve. Polvo, nieve, sangre. La sangre derramada se extendía como un manto sobre la nieve. Nieve roja.

-Sí, hijo. -había dicho el soldado. – Ahora es roja.

-Papá, ¿por qué la nieve es roja?

-Por la sangre de las personas que mueren.

Su hijo se había quedado pensativo, pero en seguida le enseñó su capa de invisibilidad con la que habían estado jugando después. Una bomba retumbó en los oídos del soldado. Un detonante cercano. Por los pelos se había salvado. Corrió en aquella otra dirección, le parecía más segura. Y mientras corría, el soldado recordaba la sonrisa de su hijo, que solo se había interrumpido cuando le habló de la nieve roja.

Cuando un país entra en guerra con otro, el mundo entero está en guerra. No importa el contexto, aunque a veces, el que sea cercano, el que se sienta cercano porque lo es geográficamente hablando hace que se vea más clara su inutilidad, y se perciba más de cerca su tristeza. Dan igual los pretextos, las excusas, no importan las argumentaciones, pues toda guerra es un ataque a otro ser humano. Prescindamos de los países. El concepto Patria es una entelequia cuando hablamos de muerte y destrucción. Con todos los avances tecnológicos de que disponemos, ¿en qué ha cambiado el ser humano? Hace poco mi padre me recitó, casi entero, un poema impresionante sobre la Patria. 

Oigo patria tu aflicción

y escucho el triste concierto

que forman, tocando a muerto,

la campana y el cañón…

Y aún hubo en la tierra un hombre

que osó profanar tu manto.

¡Espacio falta a mi canto

para maldecir su nombre!

Se trata de la Oda al dos de mayo del poeta Bernardo López García, donde, a pesar de ser un canto a la patria, todo el poema rezuma emoción y refleja la tristeza real de la experiencia de la guerra, plasmando con crudeza la realidad de todo conflicto bélico: orgullo de Patria y gloria, entremezclados con ira y tristeza.

Un pequeño detalle en una estancia, una simple mesa puede ser indicadora de la cercanía o no entre las personas, de la disposición o no a pactar.  Y se trataba de una mesa de más de seis metros- larga, inmensa, fría en su longitud- en las conversaciones con los diferentes países. Simbólica del frio que vendría después, de la nieve roja. Era algo muy sintomático.

La guerra iniciada por el dirigente de un país cualquiera es una guerra personal, una lucha de esa persona consigo misma. No ha podido juntar las piezas de su propia historia, de su historia personal, para sentirse un individuo y trata de buscarse en los despojos de una Rusia- gloriosa -que una vez estuvo en su mente y en la que también vivió. Después recogerá los despojos de su nación sin verla ensalzada; lo vio en su momento Alejandro Magno, el emperador más grande que ha habido en términos de conquista. Cuando no le quedó nada por conquistar se sintió profundamente triste. ¿Y ahora qué…? Ahora, la nada... Asolas una nación y, ¿crees que no habrá consecuencias? Las económicas, por supuesto. No solo para el país que pierde, sino para el vencedor, aunque como ya he dicho, no hay vencedores reales. En otras épocas de la historia los ha habido, pero ya no los hay. Hay individuos, personas como tú y como yo. Nosotros.  Por eso, las consecuencias personales, las emocionales, son mucho peores.

Una guerra es también un ataque frontal a la libertad. El peor, pues incluso en la prisión siempre está la esperanza de que la celda se abra en cualquier momento, bien porque haya llegado el ansiado día o bien porque haya fructificado la huida. Así se refleja en el siguiente texto:

“La libertad, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra se puede y se debe aventurar la vida y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venirle a los hombres”

Se trata de un párrafo de El Quijote. Este se dirige a Sancho, su fiel escudero, para adoctrinarle sobre la libertad. Sin necesidad de doctrinas, si un país pretende doblegar a otro por la fuerza y anexionarle, ¿hay mayor ataque a la libertad que ese? No se puede ganar ninguna batalla con otra. De hecho, la idea de iniciar una batalla es un contrasentido. ¿Qué batalla? ¿Con quién…? ¿Has sido objeto de un ataque real que pueda justificar tu defensa? Si hubiera una batalla en sentido real podría entenderse, pero no… La medida del poder no la determina la fuerza física, por muy estruendosa que esta sea. ¡Valiente fuerza la del que usa de su poder para doblegar al más débil!

Socorrer al más necesitado con ayuda humanitaria o con armamento, incluso, tender la mano a la parte débil ante un conflicto que ella no ha iniciado es un tema de humanidad, pero es tan solo un apaño, una solución inmediata ante una barbarie que se intenta contener. Solo podrá irse más allá de la guerra fomentando la Paz. ¿Qué hemos aprendido de la historia si seguimos cometiendo fratricidios?   Sigue vigente la Biblia, en este caso con su relato de Caín y Abel. Caín mata a su hermano Abel por celos, una excusa, y ahora una nación invade otra con otro pretexto distinto. Con matices, la historia humana sigue siendo la misma.

El relato que encabeza este artículo es novelado, pero parte de la foto real de un niño enseñando (orgulloso) su capa a su padre- soldado en la guerra. Cuando la vi me arrancó una sonrisa. Fue un destello de luz, pese a la tristeza. Por eso, mientras sigan naciendo niños, seguiré teniendo fe en la humanidad. Ante una guerra solo puede desearse Paz. Paz hoy y siempre para Ucrania, y paz, también para Rusia. Y ya de paso, paz para todas las naciones del mundo.

Ante la ira, la calma.

Ante la furia o la rabia,

- propia o ajena-

la paz del alma.

Ante la duda,

fe,

ir tejiendo

una inquebrantable confianza.

Ante la estupidez humana

de quien se considera la única estrella,

o la única bella,

la indiferencia,

el golpe certero,

la vida que muestra esa falacia.

Ante la lentitud en la

adquisición de la luz

comprensión,

que no compasión,

una voz amiga,

tranquila,

cercana.

Aquella que no te juzga,

que te invita a progresar

mientras te pones en marcha.

Ante tus sombras,

luz blanca. 

Poema entresacado del libro Palabras luminosas para tiempos inciertos. @mundiario

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