La muerte de Julen convierte la esperanza y el morbo en la misma adicción

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Agujero en Totalán. / El Mundo

La libertad de expresión y el derecho a la información en tragedias como la de Julen han convertido nuestra democracia en una planta del Primark.

La muerte de Julen convierte la esperanza y el morbo en la misma adicción

Sabed bien que la libertad de expresión es esto; los trece días en los que Julen ha permanecido en el fondo del pozo mientras algunos canales y comentaristas hacían su agosto con el dolor, la desesperación y la ingenuidad ajenos. 

La censura mediática no es que sea necesaria es que debe ser obligatoria en casos como el de Julen, donde no solo se ha mercadeado con un cadáver, sino con millones de cadáveres que nos apostábamos delante del televisor a esperar nuevas informaciones de nada.

Ah, amigo, pero eso no es democrático. Censurar no es democrático. Lo democrático es esto: convertir la esperanza y el morbo en altas dosis de dopamina que han hecho de la muerte de Julen una forma de cotizar audiencias y publicidad. La gilipollez ya es más democrática que ayer.

Lo de Julen ni siquiera ha sido una tragedia por mucho que se quiera afinar en los conceptos para concebir esta pérdida. La tragedia refiere, en su origen, un himno heroico que generalmente se cantaba al mismo tiempo que se sacrificaba un chivo.

Escritores y periodistas han llenado columnas y artículos sobre Julen con analogías literarias, preciosas hasta la arcada y el vómito, como si la literatura fuese bálsamo o solución de algo. La literatura no sirve para nada, ni la tragedia. La literatura es un parásito más de una realidad que nos desborda, porque nuestra supervivencia y nuestra biología tienen límites.

El judaísmo y el amarillismo en los informativos nos han enseñado que quizá no los tiene.  Setenta metros de caída. Setenta metros. Cierra los ojos e imagínalo por un momento.

Empatiza con ese Julen que no hemos querido conocer. Que no nos han dejado conocer, el Julen, víctima de la impunidad de quienes se pasan las leyes por el forro y que, como mucho, acatarán una multa.

Durante estos días, el nombre del niño ha estado ligado para mí al número setenta, a una profundidad inacabable, a una sima que da terror. Nadie puede salvarse de setenta metros y muchos han jugado a que Julen estaba vivo. Que existía el milagro.

Etimológicamente, "milagro" está enteramente relacionado con el significado de "simulación" y "espejismo". Y el milagro existía porque todo era un espejismo y el espejismo, como GH, da audiencia; hace que nuestra vida no tenga límites, ni longevidad.

Hemos dotado a los bomberos y a los policías de una heroicidad épica que no ha servido para nada, solo para invertir más tiempo en desmenuzar el alcance de un negocio.  

Aquí no ha habido héroes. Aquí solo había setenta metros y unos tipos que se han dejado media vida ahí abajo porque han visto de primera mano al Julen que nadie quería ver. Porque las emociones venden y mucho.

Los héroes pertenecen a lo literario y aquí los medios no han querido reconocer la mayor por cuestión de audiencia y números. Julen son setenta metros de caída libre en un pozo abierto con una negligencia que la Justicia habrá de evaluar.

Los medios han conseguido que muchos de los que lloraron delante del televisor sigan haciendo pozos ilegales para sacarse unos euros en negro, los mismos que, en procesión, encendían velas y mandaban mensajes de aliento por Twitter.

Setenta metros de un pozo ilegal. Aquí solo hay dolor. Pobreza. Mucha pobreza. Insomnio y Orfidal. Pelo recogido, ojeras y tazas de caldo. Dolor y escombros. Una sima. Un padre y una madre fuera del mundo, desgajados. Dolor desde el principio. Dolor de afecto. Dolor de vivir. Dolor de vivir la ausencia.

La raíz de "esperanza" implica la espera, la vigilia, dilatación el tiempo. Pero ¿qué se puede esperar de setenta metros?  Dolor para nada. Dolor para intentar tomar aire cuando se apaguen las luces y El Palo regrese a la rutina. Sin Julen. Aceptar algo así nos hace humanos. No, la esperanza. El dolor consciente nos aleja de los mamíferos cuando buscamos un sentido.

Pero aquí no tiene sentido nada, empezando por el pozo.

Imperdonable, queda claro, el tratamiento mediático, porque lo primero que tenían que haber hecho los tertulianos y los cámaras es ir a las casas de los poceros que infringen la ley. Con antorchas. Y con un palo. Para asegurarse de que testificaran en comisaría. ¿Qué esperanza? ¿Qué democracia? ¿Qué libertad de expresión? ¿La mía? No la quiero.

Tristemente, no sé quién es Julen. 

No sé quién es Julen Roselló. Pero cierro los ojos e imagino a mis hijos con dos años. Setenta metros. La oscuridad. Setenta metros. Setenta. Solos. Unos segundos. Solos. Sin nadie. Con la gravedad.

Y abro los ojos. Y mis alumnos levantan la cabeza después de leer esto en clase, esperando que nada cambie. @mundiario

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