¡Mamá, no quiero ser escritor! Quiero ser un producto, como la Esteban

Assur, Corsarios de Levante, El viento de mis velas
En la imagen, dos productos literarios y otro aspirante a serlo.

Belén Esteban la vuelve a armar. Ahora entre los aspirantes a best seller, aquellos que, en estos tiempos de crisis nos pusimos a escribir en vez de abrir un bar.

¡Mamá, no quiero ser escritor! Quiero ser un producto, como la Esteban

Belén Esteban la vuelve a armar. Ahora entre los aspirantes a best seller, aquellos que, en estos tiempos de crisis nos pusimos a escribir en vez de abrir un bar.

Hay que ver la cantidad de bares que se abren. Para unos cuantos, es su oficio de toda la vida. Para otros muchos, el espejismo de un oasis en este largo desierto, una tabla de salvación en el naufragio común. Pasa lo mismo con los aspirantes al pelotazo editorial; somos como chinches en costura, como sardinas en lata, como japoneses en el Metro de Tokio. Y todos creemos ser la nueva Dueñas, el nuevo Narla, el definitivo Reverte. O aún mejores… Y como éramos pocos, parió la mula: aparece Belén Esteban con un libro debajo del brazo, que, en su caso, es como venir con un pan. Y para más inri, editado por Espasa, la de las enciclopedias. Para reírse a costilla partía, la verdad.

Así que no quieran saber ustedes la que se ha montado entre los que aspiramos a que una editorial de tronío nos ponga por delante una alfombra roja, un contrato de los de "aquí llega mi jubilación" y la sección de libros de Carrefour a nuestros pies. ¡Madre del Amor Hermoso! "Que si este país es una basura", "que si tenemos lo que nos merecemos", "que si me duelen los dedos de ser tan escritorazo y la cara de ser tan guapo", "que si traedme acá una pluma bien afilada que voy a escribir con la sangre de mis venas"… Arden en Internet los foros de escritores por culpa de la intromisión –"ilegítima", claro– de la advenediza Esteban. No hubo plañideras de más categoría en los funerales de César, que se lo digo yo.

¿Conocen ustedes aquella frasecita de carpeta de colegiala que dice "si lloras por no haber visto el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas"? Pues lo que pasa con la Esteban y mis colegas escritores se le parece: "Si tus lágrimas no te dejan ver la realidad, malamente vas a vender tu producto, amigo escritor".

"¿Producto? ¿Cómo que producto? –se escandalizaran – ¡Yo lo que soy es un artista!". Pues vale, y lo sabe tu mamá, que está muy orgullosa de su criatura; y tu pareja, que está hasta las narices de que todo tu cariño se lo entregues a las musas; y tus amigos, que se cruzan de acera cuando te ven para que no les des la plasta con tus desgracias literarias.

Yo, en cambio, sí quiero ser un producto; y mi queja no es con los agentes que me ignoran, con los editores que me rechazan, con el público que no sabe que existo. El problema está en algún punto de mi cadena de producción literaria. El problema soy yo, que aún no he conseguido convertirme en producto. Como la Esteban, como Reverte, como Dueñas, como Narla...

Ahora sí que me he caído con todo el equipo: ¿Cómo tengo la osadía de mezclar tales nombres? Pues la tengo y envido más ¡Y qué coño envido! ¡Órdago! Añado a Ken Follet.

¿Qué por qué digo, con todo respeto y admiración, que son productos? Porque sintonizaron con el gusto de la mayoría, invirtieron en ello, recuperaron la inversión, obtuvieron beneficios y diversificaron la oferta.

Narla se adelantó a la fiebre vikinga con Assur, que llegó a su culmen con una teleserie del prestigioso History Channel; ahora, mientras Águila roja sigue obteniendo audiencias millonarias, saca una aventura sobre un samurai en la España de los Austria. Eso es tener vista. La misma que tuvo Reverte con Alatriste, que le debe tanto a la literatura del Siglo de Oro como a Marcial Lafuente Estefanía; Telecinco anda en plena grabación de las aventuras del capitán. No hablemos ya de El tiempo entre costuras, que lo mismo vende ejemplares que bloques de publicidad en Antena 3 que máquinas de coser en Amazon. Todos ellos son producto de sí mismos. Como la Esteban, que hizo el camino al revés: del culebrón televisivo de su vida a las páginas de un libro. Productos: como querría serlo yo, que quiero vivir de escribir para, algún día, ser escritor.

Por eso aprovecho la resaca del Aniversario Kennedy para regalar –regalarme– un consejo: "No te preguntes qué puede hacer la industria editorial por ti. Pregúntate qué puedes hacer tú por la industria editorial".

En todo caso, el que no se consuela es porque no quiere: sed malos, camaradas escritores, imaginad lo que va a tardar la Esteban en pulirse lo que gane con la literatura. ¿Un suspiro? Si vuelve a las andadas, nunca mejor dicho.

¡Mamá, no quiero ser escritor! Quiero ser un producto, como la Esteban
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