El laberinto hospitalario o por qué siempre termino en traumatología cuando iba a endocrino
Y no me pierdo discretamente, no. Nada de dar tres pasos, dudar un segundo y corregir la trayectoria con esa dignidad propia del que domina su territorio. Qué va. Yo me pierdo con convicción.
Lo confieso sin sonrojo —más bien con resignación: podría ser director médico, jefe de servicio, cardiólogo de renombre o el humilde médico de guardia que firma las altas en festivo, pero si hay algo que nunca he dominado en un hospital es su geografía. Da igual cuántos planos haya colgados en los pasillos, cuántas flechas dibujen un recorrido imposible en el suelo, o cuántos simpáticos celadores se ofrezcan a orientarme con una sonrisa de media luna y una prisa tremenda por volver a su café: yo me pierdo. Siempre.
Y no me pierdo discretamente, no. Nada de dar tres pasos, dudar un segundo y corregir la trayectoria con esa dignidad propia del que domina su territorio. Qué va. Yo me pierdo con convicción. Sigo pasillos interminables como si de veras supiera adónde me dirijo, mantengo la cabeza alta, el fonendo bien visible, el paso firme, y solo cuando ya he atravesado cinco puertas cortafuegos, dos salas de espera atiborradas de gente tosiendo y una zona restringida donde un cartel reza Área Quirúrgica. Prohibido el paso —y me mira un enfermero con cara de “usted quién es y de dónde se ha escapado”— es cuando acepto que, un día más, he errado el camino.
Es más: mi grado de desorientación es tan estable y tan confiable que he aprendido a convivir con él como quien convive con un lunar o con un conocido entrometido. Y he desarrollado estrategias de camuflaje que, modestia aparte, rozan la genialidad. La primera, por supuesto, consiste en ir siempre acompañado de alguien que se sepa de memoria todos y cada uno de los recovecos del hospital. Porque hay gente así: guías de hospital, sherpas de bata blanca, GPS humanos que distinguen entre la Consulta 103B y la 103C sin pestañear. Son mis verdaderos héroes, los que de verdad sostienen la sanidad pública.
Mi primer gran extravío lo recuerdo con ternura. Era residente de primer año, llevaba la bata recién planchada y un miedo cerval a que alguien me preguntara algo que no supiera. Iluso de mí: nadie me preguntó nada porque yo estaba demasiado ocupado dando vueltas para encontrar la sala de Rayos.
Pregunté a una señora de limpieza —bendita estirpe— que me miró como se mira a un cervatillo atolondrado y me soltó: Tira todo recto, luego a la derecha, después otra vez recto y posteriormente a la izquierda.
Si alguna vez has intentado seguir esas instrucciones, sabrás que son un conjuro diabólico. El “todo recto” de un hospital es una trampa mortal. Porque todo recto en términos arquitectónicos se bifurca, se curva y se retuerce.
Terminé en Rehabilitación, intentando justificar mi presencia, asegurando que estaba evaluando un caso de cardiopatía isquémica con indicación de ejercicio físico supervisado. Coló regular.
Luego descubrí los planos murales. Esos esquemas que cuelgan en la entrada, siempre con un “USTED ESTÁ AQUÍ” señalado con un punto rojo.
Yo confieso que cada vez que veo ese punto rojo me invade una ternura que me hace sentirme observado, como si un arquitecto benevolente susurrara: Tranquilo, todo va a salir bien. Pero, tras mirar el plano cinco minutos, siempre sucede lo mismo: descubro que aquí es un concepto demasiado relativo. Porque no hay manera de traducirlo a la realidad de pasillos que se parecen todos entre sí, puertas numeradas de forma caprichosa y atajos secretos solo conocidos por personal de limpieza, enfermeras veteranas y fantasmas de pacientes que se marcharon sin el alta.
Por eso, lo admito, los planos y yo tenemos una relación estrictamente decorativa (a Einstein, tengo entendido qué le ocurría igual: vemos los planos, los planos no miran y… ya está). Me gustan, los observo con respeto, pero jamás he salido de un hospital gracias a ellos. Más bien entro más profundamente en el laberinto.
Si uno es lo bastante torpe para perderse, debe ser lo bastante astuto para no parecerlo. Y en eso, amigos míos, soy un máster. El truco está en caminar con tal seguridad que nadie sospeche que vas directo al despacho de la Directora de Recursos Humanos cuando en realidad buscabas el baño.
Llevar papeles en la mano ayuda, da credibilidad. Si además frunces un poco el ceño y sueltas de vez en cuando un “mmm” grave, nadie se atreverá a detenerte. Alguno incluso abrirá la puerta por ti.
Cuando ya no hay forma de mantener el disimulo, recurro a mi última carta: la consulta disimulada. Me acerco a un compañero, sonrío paternalmente y pregunto: ¿Por dónde se va ahora a Urgencias? Siempre añado un ahora para que parezca que lo que pasa es que han cambiado el acceso esta misma mañana, no que llevo veinte años trabajando allí sin aprender dónde queda la Urgencia. Funciona. A veces.
Pero, sin duda, mi estrategia más eficaz —y la única que nunca falla— es atarme a alguien que sí sepa dónde está. Un celador, una enfermera veterana, un auxiliar que lleva toda la vida patrullando esos pasillos como un león su territorio. Esa gente maravillosa te lleva de la mano —a veces literalmente— y te deposita en tu destino sin pedir nada a cambio, salvo, con suerte, que no vuelvas a perderte mañana.
Así pues, soy un experto en disimular mis limitaciones, siempre aparezco acompañado. Doy las gracias, asiento, hago como que voy explicando algo de interés médico mientras en realidad solo pienso: Por favor, no me dejes solo. Si me dejas solo, acabo en Ginecología preguntando por un electrocardiograma.
Cada cierto tiempo, algún iluminado decide que lo mejor para modernizar el hospital es hacer reformas. Nuevas alas, nuevos accesos, pasillos pintados de colores distintos para “facilitar la orientación del paciente”. Claro que sí. El resultado es un hospital que se parece aún más a un IKEA: pasillos interminables, flechas contradictorias y puertas que parecen atajos, pero solo conducen a la sala de calderas.
A mí las reformas me aseguran un extravío renovado. Justo cuando ya había memorizado un itinerario tortuoso —girar en la máquina de café, cruzar la sala de espera, esquivar la camilla abandonada—, van y me colocan un tabique nuevo. A empezar de cero. Otra vez.
Hace poco escuché que hay hospitales que experimentan con apps de geolocalización interna. Tú entras, activas el móvil y un punto azul te guía hasta tu consulta. En teoría, el sistema es infalible. En la práctica, siempre hay zonas muertas sin cobertura, la batería se agota en el momento menos oportuno y, para rematar, cuando de verdad necesitas consultar la app, llevas los guantes puestos, un café en la otra mano y una mascarilla empañadora de gafas que impide ver nada.
Además, el día que yo confíe en una app para llegar a Digestivo es el día en que estaré admitiendo que soy incapaz de orientarme solo. Y eso, amigos, no va a ocurrir mientras conserve un mínimo de dignidad personal y profesional. Prefiero vagar perdido como un alma en pena, antes que entregar mi destino a un puntito azul que parpadea sin piedad.
Hay un momento glorioso que corona cada jornada: salir del hospital.
Podría pensarse que es lo más fácil. Si has entrado, sabrás salir, ¿no? Error.
La salida no siempre está donde la dejaste. Por alguna razón insondable, la puerta principal se convierte en una línea imaginaria que se desplaza caprichosamente. Y uno termina saliendo por una puerta lateral que desemboca en la zona de ambulancias, o en un callejón de carga donde te saludan unos gatos y un tipo que fuma un cigarro clandestino.
A veces, cuando por fin logro encontrar la salida correcta, experimento una sensación cercana a la liberación espiritual. Camino hacia el coche sintiéndome un Ulises que ha escapado de su propia Itaca hospitalaria. Hasta que recuerdo que mañana volveré. Y que volveré a perderme. Y así, día tras día.
Uno creería que el extravío es patrimonio del médico despistado, pero no.
Lo compartimos con pacientes y familiares. Es fácil reconocer a un extraviado: camina con cara de súplica, sujeta un papel doblado (normalmente un volante o un número de puerta), y pregunta sin atreverse a preguntar. Yo los veo y me veo reflejado. Si tengo un momento de lucidez, incluso intento ayudarlos. Es mi forma de reconciliarme con mis propias pérdidas: No sé dónde queda la Consulta 23B, señora, pero le acompaño hasta allí, y de paso miro si era por donde tenía que ir yo.
Quizá alguien piense que exagero, que un médico debería conocer su hospital como la palma de su mano. Estoy de acuerdo. Pero, ¿qué quieren que les diga? A mí me gusta que cada jornada sea una aventura. Perderse es, de alguna forma, una metáfora de la medicina: uno entra creyendo que sabe por dónde va, pero siempre hay pasillos inesperados, puertas cerradas y atajos secretos. Y siempre, siempre se agradece la mano amiga que te dice: Tranquilo, es por aquí.
Así que sí: seguiré perdiéndome. Incluso en mi propio hospital. Con orgullo, con disimulo, con mi sherpa de confianza a la derecha y una carpeta que me confiera apariencia de autoridad.
Porque al final, ¿qué es un hospital si no un laberinto de pasillos donde uno se extravía solo para volver a encontrarse? Con suerte, en la consulta correcta. O en Traumatología. Total, tampoco está tan lejos.
P.S.— Habrán notado que estoy escribiendo de MI hospital. ¡Imaginen si fuera un hospital ajeno!


