Julia había nacido con alas, pero nadie le había enseñado a utilizarlas: no sabía volar

Alas sin abrir.
Alas sin abrir

Julia lo quería por cómo era cuando estaban juntos. Había nacido con alas, pero nadie le había enseñado a utilizarlas. No sabía volar... hasta que se cruzó con Luís.

Julia había nacido con alas, pero nadie le había enseñado a utilizarlas: no sabía volar

Julia lo quería por cómo era cuando estaban juntos. Había nacido con alas, pero nadie le había enseñado a utilizarlas. No sabía volar... hasta que se cruzó con Luís.

 

Hacía tantos años que había empezado su historia, que ella ni siquiera tenía muy claro cómo se habían conocido. Cree recordar que es primo de un amigo de su amiga, o algo por el estilo. Sin quererlo, empezaron a coincidir allá donde iban y, poco a poco, a hacerse inseparables.

No es que Luís sea impresionante, ni siquiera es el típico chico que es tan simpático que incluso lo puedes llegar a ver con buenos ojos. No. De lo que Julia estaba segura es que ella lo quería por cómo era cuando estaba con él. Había nacido con alas, pero nadie le había enseñado a volar, hasta que se cruzó con Luís. Entonces, empezó a disfrutar realmente de la vida, él le dio la llave de las cadenas que la anclaban al suelo.

 Era una chica de apenas veinte años que pasó de ser la niña preferida de papá a querer hacer su vida, a volar en la misma dirección que él. Una tarde cualquiera pasaba a ser interesante, siempre tenía algo que contar, algo que enseñarle que todavía no sabía.

Sólo había un problema. Él no quería ataduras. Él volaba solo.

Cada noche que pasaban juntos, ella amanecía al lado de una nueva nota diciendo que tenía mucho que hacer y que no le gustaban las despedidas. Y Julia, enamorada incondicionalmente, las guardaba entusiasmada.

Los años fueron pasando rápidamente. Una década juntos. Qué rápido se dice, a medida que pasaba el tiempo Julia comenzó a querer estabilidad. No depender de si esa noche él volvía a estar en la misma cervecería. Odiaba no poder estar con él cuando le apetecía, sino cuando él quería. Aunque fueran geniales las horas que pasaban juntos, ella necesitaba más. Quería poder contar con él. 

Estaba acostumbrada a poder hablarle sobre cualquier cosa. Y así lo hizo:

- Ya sabes lo que hay, Julia. Yo no quiero atarme a nadie, te quiero, pero no puedo darte lo que quieres. Sino, ya sabes. Búscate a otro, yo necesito mi espacio y lo voy a necesitar siempre.

Esa especie de ultimátum machista hirió a Julia profundamente. Se enderezó, se atusó los rizos y, después de un “así lo haré”, se marchó.

No tardó en aparecer Gabriel. Es el chico perfecto, así que la solución perfecta fue autoconvencerse de que lo quería. Y vaya si se convenció. En dos años estaba casada y tenía un hijo con él. “Tiene nombre de Ángel por algo”, se repetía de vez en cuando.

Al principio, lo veía todo claro. Después, empezó a sentir que había elegido a Gabriel porque él se quedaba con ella hasta que se despertaba. Y aún así, prefería las notas de Luís.

Pasó de tener una vida sin planes, de bailar al son de los planes de Luís a tener la vida más monótona y estable del mundo.

- Era lo que querías y lo has conseguido. Enhorabuena. - le dijo pocos días después de dar a luz, cuando se encontraron en la calle.

Entonces, algo hizo “click” en su cabeza. Lo que pasó después, ya lo sabéis… sacó el vestido rojo del armario. @reipardorguez

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