Aunque no lo parezca, la nuestra es una sociedad que odia lo defectuoso

Un elepé de vinilo
Un elepé de vinilo, hoy una pieza de museo.

La aséptica perfección de los ordenadores influye de manera definitiva en las relaciones personales al punto inevitable de esperar, cuando no exigir, idéntica perfección en quienes nos rodean.

Aunque no lo parezca, la nuestra es una sociedad que odia lo defectuoso

Yo estimo que el implacable automatismo y la perfección aséptica de los ordenadores influyen de manera definitiva en nuestras vidas, y muy especialmente en nuestras relaciones personales, al punto inevitable de esperar, cuando no exigir, idéntica perfección en todo lo que nos rodea y, lo que es peor, en quienes nos rodean. Queremos que los niños, los amigos y los colaboradores sean como los ordenadores. Les das a intro y, hala, a la ducha, al cine o a una reunión de cuatro horas sin rechistar. Lo malo, claro, es que los seres humanos no tenemos (de momento) tecla intro. Aunque, como bien sabemos desde Verne, Huxley y Orwell todo se andará, de momento no disponemos de tecla intro y las cosas son bastante más complicadas para nuestras maltrechas psiques que para las memorias de nuestros portátiles. Sea como fuere, es claro que, habiendo confiado aburridas y cargantes rutinas pero también especializadísimos trabajos técnicos a las máquinas digitales, vivimos avezados a un nivel muy elevado de competencia, efectividad e, incluso, a una suerte de robótica pureza (vocablo, por cierto, que, como la historia demuestra, puede resultar aterrador según quien lo enarbole). 

No sé si usted lo percibe como yo, pero siento que, aunque no lo parezca, la nuestra es una sociedad que, en el fondo, odia lo defectuoso y abomina de lo imperfecto. En un movimiento de dirección paradójica, al tiempo que se refina la sensibilidad colectiva respecto de los colectivos más débiles, expuestos o desprotegidos (discapacitados, ancianos , inmigrantes, niños…),  la sociedad sataniza la enfermedad, el olor corporal, la fealdad y la gordura, mientras sacraliza, de una manera en ocasiones intolerable, la belleza, la delgadez, la juventud, y esa perfección física convencional que se quintaesencia en los modelos de pasarela con ojeras, que, cuando desfilan, parecen al punto de descoyuntarse. Antes, las cosas no eran así. Vivíamos reconciliados con los defectos y, canjeando lo comido por lo servido, dábamos por buenos indeseables efectos colaterales. El defecto era, además, consubstancial al afecto. La nieve de los vinilos, por ejemplo, ese ruido chasqueante y característico de los elepés de toda la vida, derivado de la electricidad estática, iba creciendo en intensidad cuanto más nos gustaba el disco. El deterioro se ennoblecía al ir transmutándose en la enseña de nuestra predilección. Hoy la música, como tantas cosas, en su soporte digital es perfecta y oyendo a George Winston da la sensación de tenerlo a él y su Steinway a dos metros. Un día, uno de mis hijos se interesó, sorprendentemente, por mi colección de elepés. Le hablé con afecto de mis inicios musicales y del desarrollo progresivo de una melomanía indisolublemente unida a esa colección de discos. Seleccioné alguno, especialmente admirado por mí, y, expectante por el resultado, puse en el fono In-la-gadda-da-vida de Iron Butterfly. Bien me maliciaba yo que la diferencia generacional había de ser barrera infranqueable para que llegase al muchacho siquiera una parte mínima de mi fetichismo, pero el resultado fue peor de lo que esperaba. Me dijo, simplemente: Pffff, se oye fatal.

Vivimos malos tiempos para la lírica.

Aunque no lo parezca, la nuestra es una sociedad que odia lo defectuoso
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