Huevos podridos, repollo y justicia: quién decide cuándo un olor es insoportable
El mal olor ha dejado de ser una simple molestia doméstica para convertirse en un problema político, legal y científico. En pueblos y barrios de toda España, vecinos hartos de convivir con tufos persistentes —a huevos podridos, a repollo cocido, a química industrial— han aprendido que quejarse no basta: para que el hedor exista oficialmente, hay que medirlo. Y medir el olor, paradójicamente, es una de las tareas más complejas a las que se enfrenta la ciencia ambiental contemporánea.
A diferencia del ruido o de la contaminación atmosférica clásica, el olor no se deja atrapar fácilmente por sensores automáticos. No hay decibelios del hedor ni partículas por metro cúbico del tufo. El olor es subjetivo, emocional y profundamente humano, pero al mismo tiempo tiene un origen físico y químico que puede —al menos en teoría— cuantificarse. Ese choque entre experiencia cotidiana y validación científica está hoy en el centro de decenas de conflictos vecinales.
Durante años, la medición del olor ha sido un terreno reservado a laboratorios especializados y a normativas técnicas poco conocidas fuera del sector industrial. De acuerdo con EL PAÍS, el método más extendido en Europa es la olfatometría dinámica, regulada por la norma UNE 13725. Funciona de forma tan rudimentaria como sofisticada: se recoge el aire sospechoso en bolsas herméticas y se lleva a un laboratorio donde un grupo de personas lo huele de forma controlada, en distintas diluciones. Cuando al menos la mitad de las “narices” detectan el olor, se fija el valor de la muestra.
Este sistema permite saber cuánto huele una emisión concreta —por ejemplo, el aire que sale de una chimenea o de una balsa de purines—, pero tiene una limitación clave: no dice nada sobre cómo se vive ese olor a cientos o miles de metros, ni sobre el grado real de molestia que provoca en la población.
Cuando medir no significa comprender
Ahí empieza el problema ciudadano. Porque una cosa es cumplir con los límites autorizados en el punto de emisión y otra muy distinta es impedir que un pueblo entero viva con las ventanas cerradas. Para intentar salvar esa distancia, existen estudios de campo también estandarizados en Europa: personas contratadas se desplazan a distintos puntos, varias veces al día, y anotan durante diez minutos si perciben olor o no.
El método, aunque oficial, genera cada vez más críticas. No siempre tiene en cuenta el viento, la humedad o los episodios puntuales de máxima concentración, que son precisamente los que más afectan a los vecinos. El resultado suele ser una media estadística que diluye —literalmente— los momentos más insoportables del hedor.
Frente a estos sistemas, algunos técnicos defienden enfoques más directos y polémicos. Uno de ellos es el uso de olfatómetros de campo, dispositivos portátiles que permiten oler el aire ambiente en distintas diluciones, directamente sobre el terreno. No solo se constata si huele, sino cuánto. Aunque no están reconocidos oficialmente en Europa, ya han sido utilizados en litigios judiciales y han empezado a colarse en algunas ordenanzas locales.
El olor como conflicto social
El auge de estas herramientas no es casual. La tolerancia social al mal olor ha caído en picado. Lo que antes se asumía como “molestias inevitables del progreso” hoy se vive como una agresión directa a la calidad de vida. Y no solo en zonas rurales: también en comunidades de vecinos donde el olor a cocina, basura o ventilaciones mal diseñadas desencadena conflictos cada vez más frecuentes.
En paralelo, han surgido enfoques aún más disruptivos: la ciencia ciudadana del olor. En lugar de técnicos externos o paneles de laboratorio, son los propios vecinos quienes registran lo que huelen, cuándo y dónde, a través de aplicaciones móviles que generan mapas colaborativos de hedor. No importa tanto calibrar cada nariz como sumar muchas percepciones para identificar los picos de impacto real.
Este tipo de metodologías parte de una idea provocadora: la mejor herramienta para medir el olor ambiental es la nariz humana, precisamente la que sufre el problema. Frente a la obsesión por la objetividad técnica, se reivindica la experiencia colectiva como dato válido.
Olores, poder y transición ecológica
El debate se vuelve especialmente intenso con las nuevas infraestructuras ligadas a la transición energética, como las plantas de biogás o biometano. Paradójicamente, muchos expertos coinciden en que estas instalaciones pueden reducir el mal olor si están bien diseñadas, al concentrar y tratar emisiones que antes eran difusas. El problema no es el modelo, sino su mala ejecución.
En el fondo, medir el mal olor es mucho más que una cuestión técnica. Es una lucha por hacer visible lo invisible, por traducir una experiencia cotidiana —asfixiante, humillante, persistente— a un lenguaje que tribunales y administraciones estén dispuestos a escuchar. @mundiario

