Se cumplen veinte años de la muerte de François Mitterrand

François Mitterrand.
François Mitterrand.

Apolítica, y mucho más en los tiempos que corren, Mitterrand no me deja indiferente. No deja indiferente a nadie. Cuando le escuchas tienes la sensación que el tiempo se detiene.

Se cumplen veinte años de la muerte de François Mitterrand

Se cumplen veinte años de la muerte de François Mitterrand. Nunca me gustó la política y, de manera general, no siento ningún interés por los políticos. Mitterrand es una excepción. No soy francesa. Hace diez años que vivo en Francia, y a él le debo el gran favor de haber despertado en mí el interés por la historia de su apasionante país. Apolítica, y mucho más en los tiempos que corren, Mitterrand no me deja indiferente. No deja indiferente a nadie. Mas allá de los ideales y las convicciones políticas, cuando le escuchas tienes la sensación que el tiempo se detiene.

Participó en la Segunda Guerra Mundial y, herido, se hizo capturar por lo alemanes. Se escapa y regresa a Francia. A pesar de estar en “búsqueda y captura” por los servicios alemanes, trabaja para la "Legión Francesa de Combatientes y Voluntarios de la Revolución Nacional",  con un contrato para el  Gobierno colaboracionista de Vichy, cuyo jefe de estado era el mariscal Petin. Lo más llamativo de este capítulo de su vida fue que, desempeñando este cargo para el gobierno colaboracionista, va a proporcionar salvoconductos y papeles falsos para, de forma tardía, entrar a formar parte de La Resistencia y ayudar a la liberación de la Francia ocupada. Ya poseía entonces el corazón de un resistente y la inteligencia de un verdadero hombre de estado.

Políticamente, Mitterrand simbolizó la ruptura en la sucesión de gobiernos de derechas hasta ese momento. Con su elección como Presidente de la República en 1981, llegaba el primer presidente de izquierdas a la “Cinquième République”. Pero sobre todo Mitterrand marcó una época de cambios sociales en Francia. Los más sonados fueron la  abolición de la pena de muerte, el nombramiento de la primera mujer como Primer Ministro del gobierno francés, la adopción del Tratado de Maastricht por Referéndum y el gran proyecto de renovación del Louvre.

A Mitterrand no le hacía titubear ni la agitación social, ni el más incisivo e impertinente de los periodistas. Mitterrand no hablaba, Mitterrand te mecía con su discurso. Defensor o detractor, no podías (no puedes) evitar la admiración. Creyeras o no en él, te convencía, con la misma indiferencia con la que te dedicaba la más templada de sus miradas. Esa mirada, sin serlo, enigmática, inteligente, que sólo las almas que han vivido mucho, y difícil, poseen.

En el aspecto personal y culturalmente hablando, Mitterrand era un erudito. Cuando veo algún documental con sus declaraciones o sus entrevistas, me quedo boquiabierta. Su discurso es limpio, puro y de una locuacidad inusuales en nuestros días en la clase política. Poseía el don de la palabra, de la diplomacia y de la templanza. La ironía y la retranca de mayor "glamour" que jamás he visto. Fue según una mayoría de la opinión pública francesa, el último jefe del estado francés votado por convicción. El último gran presidente de Francia.

Incluso convaleciente de la larga enfermedad que se lo arrebató para siempre a Francia, era de una lucidez sin igual entre sus contemporáneos, incluso entre los más brillantes. Pérfido, estratégico. Un verdadero gurú de la comunicación, avanzado a su tiempo. Era un hombre extremadamente cultivado, con una enorme pasión por la literatura, el arte, y la historia de su país. El último gran embajador de la lengua francesa. Un regalo para los oídos. Escuchar sus entrevistas y su perfecto francés era, y es, un regalo para cualquier profesional que ame la lengua gala, y yo la amo profundamente. Poseía el atractivo de los conquistadores que no conquistan mediante estrategias, sino por lo que son, por su sola presencia. Tenía, lo que los españoles llamamos poso, solera. Representaba de forma personal, todos los valores que definen el carácter de Francia, tanto los buenos, como los malos.

Nadie como él representó el perfil del perfecto embaucador y conquistador francés con tanta discreción y juicio… y eso también es ser un gran hombre de estado. Nadie como él, para demostrar sus calidades como intrigante y viejo zorro, haciendo olvidar, y haciéndose perdonar por todo un país  a título póstumo, su doble vida y su hija secreta Mazarine (hoy escritora reputada) con Madame Anne Pingeot, a la que sin esconderse y sin escrúpulos, ayudó a ser nombrada responsable de conservación de esculturas, del Museo de Orsay. La misma que, al lado de su esposa e hijos “oficiales”, fue invitada de honor junto a Mazarine el día de su entierro, hace ahora  veinte años.

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