La guerra invisible: enfermedades y epidemias en los campos de batalla
A lo largo de la historia militar, los ejércitos no solo han enfrentado enemigos visibles, sino también microorganismos invisibles que han definido batallas enteras. En el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial, enfermedades como la malaria, la disentería y las úlceras tropicales causaron más bajas que las armas enemigas, diezmando unidades en las húmedas selvas. Décadas después, en la Guerra de Vietnam, las junglas se convirtieron nuevamente en caldo de cultivo para enfermedades tropicales. Hoy, en Ucrania y Gaza, el impacto de las epidemias sigue siendo un factor estratégico decisivo, con nuevas amenazas: infecciones respiratorias en refugios helados, brotes diarreicos en zonas desplazadas y peligros crónicos debido a la exposición tóxica.
El coronel Frazer West, del Cuerpo de Marines, describía en el Pacífico la “podredumbre de la selva” que corroía tanto la piel como la moral de los soldados. Esta “podredumbre” tenía nombres médicos: dermatitis tropical, filariasis, infecciones bacterianas, pero simbolizaba algo aún más profundo: la vulnerabilidad del cuerpo humano en ecosistemas transformados por la guerra. En el campo de batalla, las enfermedades se convirtieron en un enemigo invisible pero persistente.
VIETNAM: LA JUNGLA COMO ALIADA LETAL Y EL LEGADO TÓXICO
Entre 1962 y 1975, la Guerra de Vietnam revivió los horrores epidemiológicos del Pacífico, pero con mayor intensidad debido a la resistencia parasitaria y el uso masivo de defoliantes. La malaria fue la principal amenaza para las tropas estadounidenses: más de 24.600 casos fueron registrados, con 392.000 días de baja y 46 muertes directas. La cloroquina, efectiva en la Segunda Guerra Mundial, no pudo contrarrestar cepas resistentes del Plasmodium falciparum y Plasmodium vivax. Los soldados, expuestos en patrullas por arrozales y selvas, sufrían de fiebres recurrentes que redujeron su capacidad operativa, de manera similar a lo que ocurrió en campañas pasadas.
Otras enfermedades tropicales proliferaron rápidamente: dengue, leptospirosis, tifus y diversas infecciones cutáneas debido a la humedad constante. El dengue provocaba fiebres debilitantes, mientras que la leptospirosis, transmitida por el agua contaminada con orina de roedores, causaba fallos renales. Además, se registraron brotes de peste bubónica en zonas rurales, agravados por el caos y el desplazamiento masivo. Para los civiles vietnamitas, la destrucción de las infraestructuras sanitarias multiplicó la incidencia de enfermedades como la malaria y el dengue.
Uno de los elementos más notorios de la guerra fue el Agente Naranja, un herbicida rociado en millones de galones para defoliar las junglas, por la aviación de Estados Unidos. Contaminado con dioxina TCDD, causó efectos inmediatos como cloracné y, a largo plazo, cánceres, diabetes tipo 2, enfermedades cardíacas y defectos congénitos tanto en veteranos estadounidenses como en las poblaciones locales. Décadas después, los veteranos reportan tasas elevadas de estas patologías, mientras que en Vietnam persisten anomalías en generaciones expuestas. La guerra química convirtió la epidemiología en un legado intergeneracional, donde la enfermedad no termina con el alto el fuego.
DE SELVAS TROPICALES A RUINAS URBANAS Y FRENTES HELADOS
En el siglo XXI, los entornos hostiles han cambiado: ciudades bombardeadas, alcantarillados destruidos y trincheras congeladas. En Ucrania, desde 2022, la OMS y el Ministerio de Salud reportan un aumento en infecciones respiratorias, tuberculosis multirresistente y sarampión entre millones de desplazados que viven en refugios sin ventilación. El frío ha reavivado problemas como el pie de trinchera, las congelaciones y las bronconeumonías, que evocan los frentes europeos de 1944.
La tuberculosis, previamente endémica, se ha agravado debido a las interrupciones en los tratamientos, lo que ha favorecido cepas resistentes. Más del 30% de los pacientes ha abandonado la terapia, y la propagación de la enfermedad se ve favorecida por las condiciones de hacinamiento, el polvo y el estrés. La enfermedad afecta tanto a soldados como a civiles.
En Gaza, los bombardeos israelitas de 2023-2024 destruyeron la mayor parte del sistema de agua y saneamiento, lo que generó un colapso sanitario. Según la OMS, más de 300.000 casos de diarrea aguda fueron registrados en 2024, tres veces más que en años previos, además de brotes de hepatitis A, tifoidea y la amenaza de cólera. En los superpoblados refugios, las condiciones de higiene básica son imposibles de mantener, convirtiendo el agua contaminada en un arma indirecta.
VULNERABILIDAD INFANTIL Y EL HAMBRE COMO ENEMIGO OPERACIONAL
Los niños son los más afectados: en Ucrania, la escasez de vitamina D ha causado un aumento de casos de raquitismo; en Gaza, UNICEF reporta que dos de cada tres menores sufren de desnutrición severa, lo que incrementa la mortalidad por infecciones. En Vietnam, la exposición a dioxinas se asocia con defectos congénitos persistentes. El hambre debilita las defensas del cuerpo, como se observó en 1942 con la malaria o en la desnutrición actual.
PROGRESO MÉDICO Y SUS LÍMITES
En el Pacífico, el DDT y la atabrina fueron utilizados con éxito para controlar la malaria. En Vietnam, las vacunas contribuyeron a reducir las tasas de plaga y cólera, pero la resistencia a los medicamentos y los problemas logísticos impidieron avances más sostenibles. Hoy en día, las tecnologías de vigilancia electrónica permiten detectar rápidamente brotes en Ucrania, pero la destrucción de infraestructuras impide la entrega de suministros médicos. En Gaza, aplicaciones móviles ayudan a reportar casos, pero la falta de combustible y recursos hace que las herramientas tecnológicas sean inútiles en la práctica.
ENFERMEDAD COMO ARMA Y CONSECUENCIA ÉTICA
El colapso sanitario puede ser utilizado como una táctica de guerra: la destrucción de hospitales o los bloqueos transforman las enfermedades en armas. En Vietnam, los defoliantes causaron daños crónicos, mientras que en Ucrania y Gaza, la contaminación y los cortes de agua repiten patrones históricos de guerra biológica, como el tifus en los guetos de la Segunda Guerra Mundial o el cólera en Yemen.
LECCIONES ETERNAS
Desde las campañas en el Pacífico hasta los actuales conflictos en Ucrania y Gaza, las epidemias han alterado el curso de los destinos bélicos. Mantener la salud es un factor clave para la resistencia tanto de ejércitos como de poblaciones. La epidemiología militar combina vigilancia, saneamiento y prevención, pero requiere de paz para ser efectiva. Las úlceras de West, la malaria de Vietnam, la tuberculosis en Donetsk y las diarreas en Gaza son solo manifestaciones de una fragilidad común: la del cuerpo humano enfrentado a la descomposición ambiental acelerada por la guerra. La epidemiología registra fríamente estas heridas, pero es el sufrimiento humano el que exige que cerremos estos capítulos con justicia y prevención. @mundiario


