Fiscalía y pulseras antimaltrato: ¿protección garantizada o confianza quebrada?
La violencia machista no entiende de matices ni de errores técnicos. Cada fallo en los mecanismos de protección, por puntual que se presente, genera un eco devastador: miedo, desconfianza y la amarga sensación de que la tecnología que debía salvar vidas puede fallar, al menos así ocurrió en 2024, cuando un problema en la migración de datos de las pulseras antimaltrato —los dispositivos que controlan las órdenes de alejamiento— provocó que durante meses no se registraran movimientos de agresores. Un vacío que, según reconoció la propia Fiscalía en su memoria anual, derivó en “potencial desprotección” y en “una gran cantidad de sobreseimientos provisionales o absoluciones”.
La respuesta oficial no se hizo esperar. La Fiscalía General del Estado, en un intento de calmar la tormenta, ha recalcado que “las víctimas estuvieron protegidas en todo momento, porque los dispositivos funcionaban”. La ministra de Igualdad, Ana Redondo, ha ido en la misma dirección: los fallos fueron “puntuales”, los datos ya se han recuperado y la seguridad no estuvo en riesgo. El problema, aseguran, se debió a la transición entre las empresas adjudicatarias del servicio —de Telefónica a la UTE Vodafone-Securitas— y se limitó a la imposibilidad temporal de acceder a cierta información.
El matiz es importante. De acuerdo con El País, no se trató de que las pulseras dejaran de emitir alertas o de que las víctimas quedaran a merced de sus agresores. Según Fiscalía e Igualdad, los dispositivos seguían funcionando como sistema de control en tiempo real. El error estuvo en los registros, en la trazabilidad judicial que permite probar un incumplimiento ante un juez. De ahí que algunos procedimientos por quebrantamiento de condena quedaran archivados provisionalmente, hasta que se recuperaron los datos y se reabrieron los casos.
Sin embargo, esta explicación técnica no elimina las preguntas incómodas. ¿Cómo confiar plenamente en un sistema cuando la propia Fiscalía admite que durante meses no se pudieron aportar pruebas en los tribunales? ¿Qué pasa con las víctimas que vieron cómo los procesos contra sus agresores quedaban en suspenso? La confianza en las instituciones es un elemento esencial en la lucha contra la violencia de género. Y esa confianza, una vez dañada, no se recupera con un simple comunicado.
Una cuestión de percepción social
La violencia machista es un fenómeno atravesado por la percepción. Las mujeres deben sentirse seguras, no solo estarlo en términos técnicos. Cuando las instituciones matizan que hubo “potencial desprotección” o cuando el Sindicato Unificado de Policía habla de funcionamiento “deficiente” durante cuatro meses, el mensaje que llega a la ciudadanía es claro: el sistema no es infalible. Y en un terreno tan sensible, esa fisura puede ser devastadora.
El pulso político y la gestión del miedo
El Partido Popular ha exigido la dimisión de la ministra Redondo, acusando al Gobierno de “irresponsabilidad criminal”. Más allá del ruido partidista, lo cierto es que los fallos técnicos se han convertido en munición política en un contexto donde cada decisión sobre violencia de género se mide con lupa. El debate se desplaza así de la seguridad real de las víctimas a la pugna por el relato, donde lo que importa no es solo qué ocurrió, sino cómo se interpreta.
Tecnología, confianza y vidas en juego
Las pulseras antimaltrato son un símbolo de la promesa institucional: la tecnología al servicio de la protección. Pero ese símbolo se tambalea cuando surgen grietas. Que el sistema “salve vidas a diario”, como insiste Igualdad, no evita que cada error erosione la credibilidad. Y sin credibilidad, cualquier política pública de protección se debilita.
El comunicado de la Fiscalía pretende cerrar filas y disipar alarmas, pero el episodio revela algo más profundo: la fragilidad de los sistemas cuando dependen de cambios empresariales, migraciones de datos y fallos burocráticos. En última instancia, no se trata solo de si los dispositivos funcionaron o no, sino de si las víctimas pueden dormir tranquilas sabiendo que lo harán siempre. La tecnología protege, sí, pero la confianza social no se programa ni se migra: se construye día a día, y se puede perder en cuestión de segundos. @mundiario



