España supera el 80% de agua embalsada tras un tren inédito de borrascas
El agua ha regresado con fuerza a España. Entre finales de diciembre y mediados de febrero, diez borrascas de alto impacto —de ‘Francis’ a ‘Oriana’— han encadenado precipitaciones intensas y persistentes que han cambiado el paisaje hídrico del país en apenas seis semanas. Según el Boletín Hidrológico del Ministerio para la Transición Ecológica, la reserva ha pasado de 31.546 a 46.229 hectómetros cúbicos, un aumento del 46,5%. Los embalses se sitúan ya al 82,5% de su capacidad, el dato más alto para esta semana del año desde que existen registros homogéneos en 1988.
El contraste con 2025 es elocuente. Hace un año, los pantanos estaban al 58%. La media de la última década queda casi 28 puntos por debajo de la cifra actual. No se trata de una simple mejora coyuntural, sino de un salto estadístico inédito por su rapidez. En solo tres semanas el nivel ha crecido más de 23 puntos porcentuales. Ocho cuencas superan el 90% de capacidad y todas las grandes demarcaciones rebasan el 80%, salvo la Cuenca Mediterránea Andaluza, el Júcar y el Segura, que siguen en niveles más modestos.
Un respiro hídrico tras años de sequía estructural
Para entender la magnitud del dato conviene recordar el punto de partida. España arrastraba episodios prolongados de sequía, con restricciones en algunas zonas y un debate creciente sobre la gestión del agua. Cataluña, por ejemplo, estaba hace un año al 31,5% y ahora supera el 90% en sus cuencas internas. El cambio es tan abrupto que casi parece una fotografía retocada.
Entre el 1 de enero y el 10 de febrero han caído de media 208 litros por metro cuadrado cuando lo habitual serían 81. Es decir, dos veces y media más lluvia de lo normal. Este volumen explica el llenado acelerado de los embalses, pero también obliga a mirar más allá del alivio inmediato. Un sistema hídrico no se estabiliza por un mes excepcional. La sequía en España no es solo un fenómeno meteorológico, es también una cuestión de planificación, usos agrícolas intensivos y presión urbana.
Cambio climático y tren de borrascas
El encadenamiento de temporales no es un fenómeno habitual. Los servicios meteorológicos solo nombran borrascas cuando se espera un impacto relevante. Que diez hayan afectado al país en mes y medio indica una dinámica atmosférica singular. Algunos meteorólogos apuntan a alteraciones en el chorro polar vinculadas al calentamiento global. No se puede atribuir cada borrasca al cambio climático, pero sí es coherente con lo que la ciencia lleva años advirtiendo, que el calentamiento intensifica los extremos, tanto las sequías como las lluvias torrenciales.
El clima se comporta cada vez más como un péndulo desajustado. Pasamos de embalses bajo mínimos a cifras récord en cuestión de semanas. Esta volatilidad complica la gestión. Los sistemas de almacenamiento y los protocolos de desembalse deben adaptarse a escenarios más bruscos. La planificación hidráulica del siglo XX no sirve intacta para el XXI.
Gestión responsable más allá del titular
La llegada de una nueva borrasca, ‘Pedro’, recuerda que la atmósfera no concede treguas largas. Aunque no se prevé tan adversa, traerá vientos intensos y temporal marítimo. El mensaje es claro, la abundancia puntual no elimina la vulnerabilidad estructural.
España necesita aprovechar este momento para reforzar políticas de ahorro, modernizar regadíos, proteger acuíferos y apostar por soluciones basadas en la naturaleza que retengan agua en el territorio. Los embalses llenos son una buena noticia, pero no un salvoconducto. Si algo enseñan estas semanas es que dependemos de un equilibrio frágil.
El agua ha vuelto como una riada que limpia la superficie, pero bajo ella siguen las preguntas de fondo. Responderlas con planificación, ciencia y justicia territorial es la única manera de que este récord no sea solo un espejismo estadístico, sino el punto de partida de una gestión más inteligente y solidaria del recurso más estratégico del país. @mundiario




