España arde: agosto es el segundo mes con más bosque quemado desde 2008
La primera quincena de agosto no ha esperado a terminar para dejar una huella imborrable en la historia ambiental de España. Con casi 106.000 hectáreas forestales reducidas a cenizas en solo dos semanas, este mes se convierte ya en el segundo con más superficie calcinada desde que existen registros, solo superado por julio de 2022. Lo más inquietante: la ola de incendios continúa, y todo apunta a que el balance final será aún más devastador.
El dato no es una anécdota estadística. Desde 2008, año en que el Sistema de Información Europeo de Incendios Forestales (EFFIS) comenzó a recopilar datos de forma sistemática, ningún otro agosto había visto arder tanto bosque. Ni siquiera en los peores veranos de la última década se había alcanzado un nivel de destrucción tan rápido y sostenido. Y este año, con casi 150.000 hectáreas arrasadas en lo que va de 2025, se han superado ya los registros de todo 2023 y 2024.
El fuego no solo consume árboles y matorrales; arrasa con la biodiversidad, desplaza a miles de personas, hiere cuerpos y fractura vidas. Las cifras se acompañan de tragedias humanas: miles de evacuados, decenas de heridos y tres víctimas mortales en apenas dos semanas. El incendio de Uña de Quintana, en Zamora, ha pulverizado un récord de devastación que llevaba dos décadas vigente, con 38.000 hectáreas quemadas, y el de Chandrexa de Queixa, en Ourense, ya figura entre los siete más grandes desde que hay registros.
La sensación es la de un país atrapado en un bucle ardiente del que no consigue escapar. Cada verano, las llamas vuelven más pronto, más intensas, más voraces. Y lo que antes se consideraba una excepción hoy parece la nueva norma.
El precio ambiental y social de un verano en llamas
El coste ecológico es incalculable: ecosistemas enteros que tardarán décadas en regenerarse, fauna desplazada o aniquilada, y un aumento de emisiones de CO₂ que alimenta el círculo vicioso del cambio climático. Pero el precio social es igual de alto: comunidades que pierden su sustento, zonas rurales que ven cómo se marchita su atractivo turístico y un tejido social que se resiente con cada catástrofe.
El incendio zamorano ya ha pasado a la historia como el más grande del siglo XXI en España, superando al de Minas de Riotinto de 2004. Galicia, con seis focos aún activos, ve cómo el fuego de Chandrexa de Queixa se instala en la lista negra de los grandes desastres forestales. No son episodios aislados: son síntomas de una crisis climática y de gestión territorial que avanza sin freno.
Una lucha desigual
Los territorios afectados combaten el fuego con los medios a su alcance. La Unión Europea enviará dos aviones cisterna para apoyar los trabajos y el Ministerio del Interior ha declarado la situación de preemergencia, en situación 1, del Plan Estatal General de Emergencias de Protección Civil.
Cada hectárea perdida este agosto no es solo bosque: es parte del patrimonio natural, del equilibrio climático y de la identidad de un país que, año tras año, parece resignarse a vivir con el fuego como compañero de verano. Las cifras son históricas, pero lo verdaderamente dramático es que ya no sorprenden. @mundiario


