Sobre Espacio transitorio, la ineludible mirada poética de José Luis Zerón

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Cubierta del libro de José Luis Zerón: Espacio transitorio
Cubierta de Espacio transitorio, el último poemario de José Luis Zerón. Cubierta del libro de José Luis Zerón: Espacio transitorio

Tanta veteranía en un poeta, podría ser signo de redundancia. Pero no es el caso de Zerón, quien, en cada nuevo libro, nos obliga a resituarnos frente a su obra

Sobre Espacio transitorio, la ineludible mirada poética de José Luis Zerón

Con la publicación de Espacio transitorio, en Huerga & Fierro editores, excelentemente prologado por Jordi Doce, José Luis Zerón amplía su ya extensa obra poética; y lo hace, según nos ha aclarado el mismo autor —en la interesantísima entrevista que le ha hecho Ada Soriano—, no con sus más recientes creaciones, sino con poemas que mayoritariamente fueron escritos entre los años 2012 y 2013.

Tanta veteranía en un poeta, podría ser signo de redundancia. Pero no es el caso de Zerón, quien, en cada nuevo libro, nos obliga a resituarnos frente a su obra. Y no es que no apreciemos en ella sus valiosas constantes —sus consolidadas percepciones, la hondura de sus esenciales sentimientos, las palabras clave— sino que estas se ensamblan en un armazón suficientemente novedoso, enriquecido por las nuevas perspectivas que va descubriendo en la atenta escucha, en la escrutadora mirada que dirige a los silencios de la vida. Pues hay que intentar rebatir esa genérica confesión de solipsismo que se expresa en el poema Los otros 2: “Nosotros no escuchamos su silencio, / hace tiempo que no sabemos escuchar”.  

Me ha llamado la atención, en este libro, el tono elevado de algunos de sus poemas, el grito que son, el desbordamiento de emociones claras que se expresan a través de unos versos, a menudo extensos, casi siempre exhortativos; y que buscan la revulsión de las actitudes que se resignan a las inherentes trampas de la vida. Por otro lado, me he encontrado con una amplia diversificación de miradas. Hay, en gran parte de este poemario, una más concreta asignación del sufrimiento. Aquí, la expresión del discurrir humano, de su penar indefenso, se personaliza, bien en un singularizado ser, bien en la atención a un anónimo colectivo de hombres y mujeres apartados de los supuestos festines de la vida.

Encontramos poemas que nos revelan diáfanamente su motivo, que parten de las impactantes  imágenes de ese mundo que también es el nuestro, aunque estemos a salvo de sus agresiones, indiferentes a su latido. Así los poemas La niña de Srebrenica o Después de ver una fotografía que muestra a los niños asesinos en Hula (Siria). Pero también encontramos un puñado de composiciones que se sumergen en  distintos universos pictóricos, así  los titulados: El grito,  El golpe maestro de Dadd, Paisaje con Orion ciego buscando el sol y Campo de trigo con una alondra.

Como decía, la mirada a los otros está más presente, incluso la que se dirige hacia aquellos con quienes, probablemente, no podríamos compartir sino la más escueta hermandad en el dolor. Son los excluidos, los injuriados por una vida que se desentiende de sus demoledores confinamientos, a los que no osamos mirar, para no arriesgarnos a que su existencia pueda alterar nuestras fortificaciones. Es una mirada que tiende a revertirse, que plasma lo externo en lo interior, y viceversa. Son esos transeúntes que comparten con nosotros el estar caídos en la vida sin saber: “Lo cierto es que ni ellos, / los que han perdido su propio paisaje y habitan en los umbrales, / ni nosotros, los que nos extraviamos en su propio jardín, / sabemos cuál es nuestro papel en este mundo”.

Y, al volvernos hacia nosotros mismos, al escuchar nuestras mal acalladas voces interiores,  encontramos las propias variantes de aquella primaria desazón. Lo constatamos en esos poemas dedicados a los oscuros adversarios de la paz interior, a esos ineludibles componentes de la presencia de la vida, esos enemigos íntimos que es preciso combatir sin tregua, pues nunca renuncian a su aleve misión. Así, en ese poema, Soy tu miedo: “Soy el hábito oscuro de tus sueños. / Soy tu miedo”. Un miedo que insiste en la depauperación de la vida: “En esta tierra sin paz no hay paraísos / ni supermercados de la felicidad. / Soy tu miedo, acéptame. / Entrégate a mí / y te enseñaré a vivir sin plegarias”. No se puede pretender la absoluta aniquilación de las inherentes propiedades que desajustan el ser.

En Metástasis, no cabe más que reconocer esa otra presencia recurrente: “Cómo creces, dolor / cómo me rodeas, / cómo me amenazas taciturno”. Un dolor que se trata de reducir con el ansioso acopio de memoria: “Trae todos los instantes / sin horror que he vivido”. O en esa tristemente jocosa Oración a San Orfidal, ansiolítico al que uno se encomienda: “Concédeme la paz / amigo, te lo ruego. / Concédeme la incierta esperanza”.

En No te he llamado, prosiguen esos diálogos con las desavenencias que nos habitan, que nos abruman con esas altas y ominosas barreras alzadas para expulsar la luz de nuestro mundo. Los enemigos de la paz nunca se marchan del todo, permanecen agazapados, esperando que le ofrezcamos nuestros resquicios de debilidad para acapararnos: “No me hables de este mundo / saturado, sacudido, desdichado, no ahora. / Deja que mis gritos sigan tejiendo / la realidad para nombrarla.” Porque la vida es difícil: “No encontraremos asiento / en nuestra infatigable caminata, / escasas certidumbres nos sostienen / en el murmullo vibrátil de esta tarde anodina / con sus desabridos fulgores”. Pero: “Venturosos los que no se instalan en la herida / ni se pierden en los desfiladeros del grito”. Pues ese grito tan repetido, es solo recurso puntual pero no estancia deseable.

El poeta observa el camino sobre el que transitan esos hombres que son diferentes, pero por otra parte iguales en la ignorancia de lo decisivo; aquellos que se dirigen hacia la incierta completud a través de un recorrido tantálico. Se les ve arrastrar los pies por las indefiniciones, someterse a la continua tentación del retroceso, del repliegue urdido por la inmisericorde condición humana. Y ahí están esas miradas sojuzgadas por las amenazas que llevamos dentro, que forman parte del todo; las amenazas que, a pesar de las evidencias, hay que tratar de subvertir: “Se hace necesaria, por inútil, la insurrección”. Para ello hay que armarse de los escasos componentes sólidos, no traicioneros, que también nos conforman.  

Y así, el poeta se subleva, inquiere, grita la luz del escuetísimo presente, la convoca frente a la conspiración de las sombras extensas. Y expone esa irrebatible razón de emerger en el desnudo momento, ante las argumentaciones del mal agüero: “Tú que sufres y padeces / tú que has nacido para interrogar al vértigo / y adoleces víctima de arritmias imprevisibles, / pide un espacio de perdón para el presente continuo”.

Espacio transitorio, desde su aquilatada diversificación, es otro profundo, intenso y bello libro de José Luis Zerón, en el que sigue afinando esa nunca saciada visión de lo que verdaderamente nos constituye, esa intrusión de la naturaleza en nuestra mente irredenta; y lo hace, esta vez, con poemas que no eluden la vehemencia; y con una dolorida mirada que dirige a los que se sienten golpeados por la más arbitraria humillación, aquella que proviene del orden ignoto. Somos extraviados transeúntes en un mundo que —a pesar de todo— ansiamos vivir, pues es la indómita correspondencia de nuestro ser más íntimo: “Mundo, eres sórdido; pero te amo”. @mundiario 

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