Encuentro entre dos tiempos

Vicky Rego.
Vicky Rego.
Espléndido viaje en el tiempo de mano de la autora, quien se encuentra con ella misma en Madrid, en los setenta.
Encuentro entre dos tiempos

Voy por Princesa hasta la Moncloa y me interno en Ciudad Universitaria. Quiero volver a ver el Colegio Mayor donde viví a principios de los setenta. No soy buena con la orientación espacial, me equivoco de calle, retomo el camino. Los edificios de los Colegios Mayores son más modernos. Me cruzo con algunos estudiantes. Me animo a preguntarle a uno de ellos si voy bien para el Colegio de Santa María de la Almudena. Me dice que no tiene la menor idea. Rarísimo, era casi el más conocido. Me paro frente a uno, onda castillo medieval, como era el que recuerdo, pero hay cosas que no encajan, no era así el ingreso, tampoco la puerta de entrada. Sigo, estoy segura de que voy en la dirección correcta. Me cruzo con una chica, baja, flacucha, con pollera kilt y mocasines. Yo debo tener pinta de vieja excéntrica, con anteojos de sol y boina. Me mira y me dice que una amiga suya, colombiana, a las gorras como la mía les dice “cachucha”. Que ella tiene una verde, con visera, que usa mucho cuando viaja.  Nos reímos porque las dos sabemos que en Argentina eso significa algo muy distinto. Nos enganchamos con el tema de las palabras.

Repito la pregunta sobre el colegio. Dice que vive ahí, que siga derecho por la calle por la que voy. Habla con acento porteño, y va apurada. Busco su mirada. No me reconoce. Tengo el pelo casi blanco, y arrugas que ni sueña verse nunca en el espejo. Decido acompañarla. Le gusta la idea. Me cuenta que va al Correo Central, en la Cibeles, a llevar unas cartas. Que lo hace todos los días. Que no puede gastar en medios de transporte porque tiene su mensualidad limitada por una beca. Que está estudiando Psicología en la Complutense. Que sí, que vive en Buenos Aires y que las cartas tardan casi quince días en llegar. Que tiene un novio celoso que las espera a diario. También me cuenta que vivir en la Almudena es un horror y que se quiere ir a Paris, me habla del “Prohibido prohibir”, del Mayo francés y de que está harta del Generalísimo… De repente frena, mira para todos lados con temor y me dice que bueno, a lo mejor yo pienso distinto. Quiero abrazarla, abrazarme, contarle. Pero le temo al efecto mariposa. Me propongo, a mi pesar, no alterar ni un segundo de su vida. Hablamos de literatura, el tema de la represión nos lleva a 1984, de Orson Welles. Invento que estoy leyendo otra, que no recuerdo el nombre, que habla de un futuro más lejano en el que los hombres van a ser manipulados por la electrónica. Que te van a ubicar donde estés, que sabrán cuánto ganas y si tus impuestos están al día. Dice que no me lo crea, que eso es ficción, que nunca llegará.  Le sigo contando que, según la novela, todas las personas van a tener un teléfono portable desde donde podrán comunicarse, enviar cartas y hablar desde cualquier parte del mundo, gratis. Dice que no le gustaría vivir en esa época,  porque su novio la volvería loca. “No habría libertad, ¿no? No puedo vivir sin libertad, por eso ya no aguanto estar acá. No se puede hablar en ninguna parte, si te juntás con cuatro o cinco en la facultad, ya sos sospechoso…” Ella se refiere al régimen franquista y yo pienso que en plena democracia hemos perdido la libertad de actuar sin ser observados. Y lo que es peor, la propia exigencia de éxito, de felicidad, de comunicar cada acto de nuestras vidas, de esperar ansiosamente un like en cada publicación, de eternizar la juventud, de mirar la vida perfecta de otros en las redes y creer todo lo que muestran, de haber perdido el sabor de la espera, de la lentitud, de tomarnos el tiempo de profundizar cuando leemos algo y no quedarnos sólo en los títulos, y estar sometidos a un autoritarismo de un ser al que no vemos, pero que dirige nuestras vidas, peor que Franco.

Hemos perdido el sabor de la espera, de la lentitud, de tomarnos el tiempo de profundizar cuando leemos algo y no quedarnos sólo en los títulos, y estar sometidos a un autoritarismo de un ser al que no vemos, pero que dirige nuestras vidas, peor que Franco.

Llegamos al Palacio de la Cibeles por donde yo estuve hace un rato y me encontré con el Ayuntamiento. Ella entra y despacha las cartas, como si nada. La espero afuera. Al salir me dice si quiero que tomemos un café, que en eso sí puede gastar. Acepto encantada y vamos a uno muy antiguo, de por ahí. Ella se pide un descafeinado con leche y le pone muchos terrones de azúcar. Yo un expreso con edulcorante. Me cuenta que todas sus amigas, tanto argentinas como el resto de las sudamericanas llegaron a Madrid en barco y que demora como un mes. Pero que su novio se opuso — mucha joda en el barco— y ella le hizo el gusto y viajó en avión. Que lamenta haberse perdido ese plan.

Pienso en la diferencia de la valoración del tiempo. Hoy todo el mundo, sin límite de edad, opta por el medio más rápido para viajar. Pasar trece horas en un avión para cruzar el Atlántico nos parece interminable. No se elige otro tren que no sea el TGV. Los velocímetros de los autos van a lo máximo permitido.

Me cuenta que viaja por España haciendo autostop. Que se ponen en la carretera de a dos con las amigas y pactan encontrarse  con otras dos en la Catedral de tal o cual ciudad, con un límite de horario de espera. Sin prisa. Si no se da es porque decidieron cambiar de destino. No tienen forma de avisarse, ya se contarán cuando regresen a Madrid por dónde anduvieron. Y se mostrarán las fotos cuando las revelen, si tienen plata. Si las piden urgente salen muy caras. Que casualmente tiene que retirar unas por ahí cerca, si la acompaño, me las muestra.

Pienso en el celular que tengo en mi cartera y en sacarnos una selfie. Sería histórico, casi ciencia ficción. Tal vez sólo saldría yo en la foto.

Envidio su falta de apuro y me da nostalgia su cuerpo, su belleza, su inocencia, su esperanza.

Le gusta hablarme de moda y me cuenta de la gran diferencia entre lo que usan las chicas en Buenos Aires y en Madrid, tan recatadas. Que trajo unos mini-shorts y unos tapados largos que usa con botas de taco alto, hasta la rodilla, que acá no se los puede poner. Que toda su ropa se la hace su madre, en base a diseños que a ella se le ocurren.  Tal vez en Paris o en Londres… Pienso en la globalización y las tiendas que se repiten hoy  en todas las ciudades, y en la necesidad imperiosa de viajar y vivir bien, consumir, sin que nada nos perturbe el placer. La gratificación debe ser constante.

Algo debo haber dicho sobre ese tema porque empezó a hablarme de la maravilla de “la píldora”. Del alivio de poder tener una vida sexual sin riesgos. Y que su madre no se entere, “tan chapada a la antigua”. No puedo hablarle del SIDA, la protejo como a una niña a la que se la quiere seguir haciendo creer en Papá Noel.

Prefiero seguir contándole de la supuesta novela futurista que estoy leyendo. El tema la atrae. Le digo que los protagonistas viven estresados por las interrupciones. Los teléfonos esos portables mandan mensajes mientras están publicando algo en una red. Le cuesta seguirme. No es fácil de entender, el caso es que en ese mundo digitalizado de la novela es casi imposible vivir y para colmo les cayó un virus que no les permite más viajar ni contactarse, ni tocarse, ni respirar cerca de otros seres humanos. Andan todos con barbijo.

“No leas más esas novelas… ¿cómo era tu nombre?” “Vicky” “¿De verdad?, ¡como yo! Pero el mío es trucho, ya te contaré otro día de dónde viene. Te decía, Vicky, que esas novelas te hacen mal, y a tu edad… ¿Te vas a quedar a vivir en Madrid?”  “Si puedo hacerlo a tu lado, por supuesto que sí”. @mundiario

Encuentro entre dos tiempos