Demon´s dance, de Jackie MacLean, lírica improvisada para los amantes del jazz

Pintura de Bob Vanosa que sirvió para la  portada de Demon´s dance, grabado en 1967.
Pintura de Bob Vanosa que sirvió para la portada de Demon´s dance, grabado en 1967.

Al abrigo de Charlie Parker, el gran Jackie McLean nos demuestra el valor de la improvisación para alcanzar las cotas más altas de la poesía dentro del jazz.

Demon´s dance, de Jackie MacLean, lírica improvisada para los amantes del jazz

Al abrigo de Charlie Parker, el gran Jackie McLean nos demuestra el valor de la improvisación para alcanzar las cotas más altas de la poesía dentro del jazz.

 

Melódica fantasía de ese Jackie McLean que nos vuelve a mostrar que el virtuosismo es transcendental para alejarse de esas rutinas previsibles que organizan nuestra vida. Demon´s Dance es un prodigioso manejo de la improvisación, a la sombra de Parker, sin renunciar a esa entregada forma de ponernos la piel de gallina cuando la grabación está pensada como si de un directo se tratase. El soberbio manejo del saxo de McLean y su acompañamiento orquestal convierten nuestra vida en esa eterna banda sonora que, como suceda con trabajos de Charlie Mingus, está condenada a no morir, a resistir todas las modas y tendencias, a que cada tema siga sonando como un estímulo inédito. Una danza tribal que no pertenece a este mundo, porque ha nacido en la marginalidad, en la confrontación social entre blancos y negros, bajo el auspicio de la creativa ebriedad que sucede en humeantes antros de los fondos más chabacanos.

    Un ritmo trepidante y fluido en algunos temas como Boo Ann´s Grand o Demon´s Dance contrasta con unos pausados y destacados solos de saxo en Toyland o Floogeh, así que el músico y su diálogo personal con el instrumento destacan sobre la complejidad del tema en su conjunto. La banda, aunque sea magnífica, es lo de menos. De acuerdo a las maneras del bebop, lo que prima es la elocuencia del saxo y su versatilidad. El piano de Lamont Johson, impresionante en algunos momentos de Boo Ann´s Grand, ilustra esa osadía que tiene McLean de enfrentarse a un terreno insondable como es el de apurar las posibilidades instrumentales del saxo. Sin duda, se trata de una valiente exploración del silencio y de ese vértigo que experimenta el jazz cuando busca lo que no existe, lo que no se conoce, mostrándolo como un lenguaje que, en el caso de este disco, recuerda momentos que no hemos vivido todavía.

  Al abrigo de la música de ese Harlem siempre decadente que lo vio nacer, McLean reproduce la dicha de quien apuesta todo por resistir a la desesperación enfermiza de quienes no encuentran su lugar en el mundo. Como describe el bloguero José Ángel González, se trata de un saxo alto blanco con el sonido más negro que se haya escuchado. Sin renunciar a la vanguardia de Mingus, Demon´s Dance me sigue pareciendo providencial para ligar el jazz, no sólo con la poesía, sino con la vida. Me cuentan que anda por ahí un disco inédito de McLean con Tete Montoliú. Quizá el Santo Grial existe.

 

Demon´s dance, de Jackie MacLean, lírica improvisada para los amantes del jazz
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