El deber moral del sí: Colombia, a un paso de aprobar la paz con las FARC

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El SÍ necesita un mínimo de 4.6 millones de votos e imponerse a la opción del NO.

Los colombianos decidirán el próximo domingo si refrendan el acuerdo de paz más completo y ambicioso de los nueve que se han realizado desde 1953.

El deber moral del sí: Colombia, a un paso de aprobar la paz con las FARC

Nunca he votado, ni siquiera en los años del colegio I.S.B. de La Salle de Bogotá cuando elegíamos al representante estudiantil. A la hora de acudir a las urnas siempre he sido apático, incrédulo, escéptico, indiferente y perezoso. No lo considero un deber ciudadano; para mí es sólo una decisión. De hecho, tampoco creo que lo haga en las elecciones presidenciales de 2018 en Colombia, cuando se elija al Ejecutivo que deberá dar continuidad a la implementación de los acuerdos de La Habana que acaban de suscribir el Gobierno de Juan Manuel Santos y la guerrilla de las FARC, la cual, para entonces, ya participará de la política institucional como un partido más.

Sin embargo, este domingo 2 de octubre será diferente. Por primera vez en mis 14 años de vida electoral, marcaré la papeleta asignada y la depositaré en la urna. Mi voto será uno de los tantos que refrendarán el acuerdo firmado esta semana en Cartagena de Indias y que, de alcanzar la mayoría, abrirán un nuevo escenario para nuestro país: el de la posibilidad de expresar nuestras diferencias sin matarnos.

Han sido 54 años de conflicto armado con las FARC, es decir, un larguísimo período en el que han nacido nada más y nada menos que dos generaciones de colombianos, quienes de alguna u otra forma se han habituado a vivir en guerra.

Han sido 54 años de conflicto armado con las FARC, es decir, un larguísimo período en el que han nacido nada más y nada menos que dos generaciones de colombianos, quienes de alguna u otra forma se han habituado a vivir en guerra. No sabemos lo que es la paz. La violencia se convirtió en nuestra forma de vida, en un sentimiento colectivo que ha guiado gran parte de las decisiones que hemos tomado en este último medio siglo. La férrea oposición de ciertos sectores a este proceso lo demuestra: para ellos, que no son pocos, la guerra es algo tan normal como la paz.

Votaré «sí» en el plebiscito aun cuando tengo claro que no todo lo pactado en La Habana se cumplirá. Sería iluso pensar lo contrario. Primero porque, tal como afirma el académico irlandés Padraig O’Malley, experto en resolución de conflictos, se trata de un acuerdo demasiado ambicioso para que pueda ser implementado en su totalidad. Y en segundo lugar, porque Colombia, pese a tener un largo historial de procesos de paz —9  negociaciones desde 1953—, nunca ha sabido atajar las causas que alimentaban las confrontaciones. Salvo algunas excepciones, siempre han predominado los incumplimientos y la falta de voluntad, algo que por regla general nos ha conducido a peores escenarios. Es cierto que esta vez existen más garantías, sí, pero no por ello debe uno creer en una aplicación literal de lo que dice en el papel. La paz es un enorme reto al que tardaremos décadas en llevar a la práctica.

Aun así, es el mejor acuerdo posible en este momento. Las FARC admiten su fracaso en la lucha armada y el Estado, en representación del Gobierno de Santos, reconoce las causas estructurales de un conflicto que es, ante todo, social y político. También pone en el centro del diálogo a las víctimas, algo que ningún otro proceso de paz había hecho hasta la fecha, y garantiza el acceso a la verdad y la reparación con la puesta en marcha de un modelo de justicia transicional que impide la impunidad.

Al reconocer que es un conflicto de raíces políticas —los primeros guerrilleros de Marquetalia, en 1964, eran liberales disidentes—, el Estado garantiza la participación de los líderes de las FARC en sus instituciones. Así pasó con el M-19 y con la Unión Patriótica en su momento, y así será esta vez.

Además, al reconocer que es un conflicto de raíces políticas —los primeros guerrilleros de Marquetalia, en 1964, eran liberales disidentes—, el Estado garantiza la participación de los líderes de las FARC en sus instituciones. Así pasó con el M-19 y con la Unión Patriótica en su momento, y así será esta vez. Aunque muchos colombianos nunca votemos por ellos, será una experiencia gratificante ver a sus representantes participando en la política nacional con las herramientas de la democracia. Contrario a lo que aseguran algunos alarmistas desde la extrema derecha, ni Timochenko será presidente el 3 de octubre ni las FARC llegarán de la noche a la mañana a los altos cargos del Estado, sobre todo si su idea es insistir en un comunismo trasnochado y sin sentido práctico. Tendrán que esforzarse mucho para ganarse la confianza de los ciudadanos para consolidarse como partido político a largo plazo.

Los acuerdos también suponen un avance en términos de participación política para las comunidades más afectadas por el conflicto. Habrá 16 circunscripciones regionales para que las víctimas de las zonas más apartadas puedan elegir a sus representantes en la Cámara. A su vez, se reforzarán los mecanismos de política local y regional con el objetivo de disminuir la desconfianza hacia las instituciones. Esto será fundamental para construir una ciudadanía más activa y responsable.

Pero, por encima de todo, hay una razón esencial que me impulsa a votar «sí» el próximo domingo en el plebiscito: el deber moral. No es cualquier elección; no se trata de votar por Santos o en contra de él. Es una decisión de mucha más relevancia: con ella trazaremos el rumbo que tomará nuestro país en los próximos 20 o 30 años. Será una forma de decidir si optamos por la paz o por la perpetuación del conflicto en el sentido en que lo expresaba la moral de Kant: el bien o el mal. Y el bien, en este caso, se traduce en evitar que nuestros jóvenes se sigan matando en las montañas y las selvas, en ofrecerles a los campesinos una vida digna, en permitir que las víctimas conozcan la verdad y puedan mirar al futuro. Todo eso es el bien que supone este proceso. La opción del «no», en cambio, es un gran interrogante: lleva implícito el inmovilismo, el anclaje en el odio y el resentimiento y, en el peor de los casos, el retorno a la guerra. El «sí» es un «sí» a lo que nos hace mejores. El «sí» es un deber moral.

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