Cuando es el perro quien cuenta la historia

Gran danés.
Gran danés.
Mi padre murió en un accidente que Tape, su gran danés, no sólo presenció sino que trató de evitar tirándosele encima para apagar las llamas que cubrían su cuerpo.
Cuando es el perro quien cuenta la historia

Bettina Perut e Iván Osnovikoff hicieron un documental sobre la vida de los adolescentes skaters que se instalan en el viejo parque de Los Reyes, en Santiago de Chile. Cuando iban por la mitad del rodaje decidieron cambiar de óptica, salir del antropocentrismo, bajar la cámara al suelo y enfocarlo desde el punto de vista de Fútbol y Chola, dos perros callejeros que conviven con ese mundo de insectos, motos y chicos en rebelión con los adultos. Los grabaron durante un año jugando con la pelota que los skaters les tiraban desde la rampa. Fútbol y Chola están más allá de conflictos, aceptan a sus amigos tal cual son, hay verdadera amistad, de esa que no juzga.

Serafín, en cambio, el perro narrador de “El niño pez”, la primera novela de Lucía Puenzo, cuenta la truculenta historia de una familia de clase alta de la zona norte del Gran Buenos Aires, con humor, ironía y sentido crítico.  Los personajes con los que convive tienen una realidad pour la galerie pero por dentro todo huele mal: una empleada paraguaya a la que le dicen Guayil,  abusada por el padre de Lala — un juez de gran prestigio— , una historia de amor entre las dos chicas que termina con el asesinato del padre, huida de ambas a Paraguay, una madre ausente que escapa con su amante a la India. Todo ese ambiente que indigesta hasta el hartazgo, sólo puede sobrellevarse por los comentarios de Serafín:

“Las únicas dos que se miraban eran la Guayil y Lala. Se rozaban. No dejaban de tocarse. Si ustedes supieran las cosas que pasaban ahí adentro. Para el mundo, los Brontë eran una familia más de San Isidro. Lala y Pep iban a un colegio privado, escocés. Volvían a las cinco y se encerraban en sus cuartos hasta la hora de la cena. Sasha había dejado la economía por el esoterismo. Se vestía con túnicas, curaba a los árboles rociándolos con Flores de Bach y estaba convencida de que me gustaba Animal Planet. El gordo solamente salía de su estudio para las entrevistas. Los domingos me sacaba a pasear por la bicisenda. Hacía sociales, planeaba cruzarme con perras frígidas, pero de buena familia, y aprovechaba para patearme el culo cada vez que me separaba de él.”

En la novela de Paul Auster, “Tombuctú”, no es Mr. Bones, el perro de raza indefinida, el que narra la historia.  Hay un omnisciente que se ocupa de eso, pero está metido en la cabeza de este can que no habla inglés sólo porque la anatomía de sus órganos vocales se lo impide. Sin embargo,  tantos años escuchando la verborragia de su amo, lo comprende a la perfección. Piensa e interpreta el mundo con una sensibilidad  perruna y una sintaxis muy humana.

Mr Bones vive con Willy Christmas, un excéntrico vagabundo y poeta errante sobreviviente de las guerras de los sesenta. Willy estuvo internado en un psiquiátrico después de meterse en el cuerpo cuanta sustancia se le cruzó. Al pretender regenerarse, la  reemplazó por el alcohol. En ese momento decidió compartir su vida con Bones que era muy cachorro. Vivió con él siete años, callejeando por Brooklyn, saliendo a la carretera y abrigándose mutuamente. Mr. Bones era  muy feliz con su amo porque tenía vida y corazón perrunos, aunque reconocía que habían vivido momentos muy difíciles. Y Willy estaba convencido de que Bones era un ángel metido en el cuerpo de un perro.

“¿Cómo interpretar si no, el celestial juego de palabras que resonaba noche y día en su cabeza? Para descifrar el mensaje, lo único que había que hacer era poner la palabra ‘dog’ delante de un espejo. ¿Había algo más evidente? ¿Con qué se encontraba uno? Con la verdad, ni más ni menos. El ser inferior contenía en su nombre la potestad del ser supremo.”

La salud de Willy se deteriora, el final se avecina.

“Mr. Bones sabía que Willy no iba a durar mucho. Tenía aquella tos desde hacía más de seis meses y ya no había ni puñetera posibilidad de que se le quitara.”

Le parecía ridícula la decisión de su amo de ir hasta Baltimore a buscar a su ex profesora Bea Swanson, con quien no tenía contacto desde hacía años, para confiarle sus dos tesoros más preciados: sus escritos y su perro, antes de dirigirse a Tombuctú, su último destino, como ellos lo llamaban.

Yo también le hablo a Sancho, mi Shitzu de un año. Me escucha pensar en voz alta todo el día y estoy convencida de que no se le escapa palabra. Hasta acepta todos los sobrenombres que le pongo, inclina la cabeza para comprenderme mejor y me mira con los ojos miel más expresivos del mundo:

“De ser como somos, te hablo. ¿Querés ir al fondo del jardín esta noche?  Ya sé, hace un frío tremendo, pero juntos y con un Baileys, la pasamos bomba. Uy fijate, hoy hay olor a asado, vos bien que te lo comerías, Sanchí, pero ¿viste que yo no como carne?. Hoy no tuve un buen día y te diste cuenta. Vos no sabés de estar triste, ya sé. Es algo que pasa cuando a uno le falta mucho algo, y cuando no entendés que la vida se termine. Quiero ser como vos, dale vamos al fondo y abracémonos. Todo es tan fugaz, Sanchí, Pipí, Pipuchí…”

Me mira con mucha atención cuando escribo en mi Mac. Por ejemplo ahora. Tal vez mis cursilerías lo empalagan. A lo mejor una noche de estas, cuando yo suba  a mi cuarto y él se quede abajo cerca de mi mesa de trabajo, se suba a la silla y teclee contando nuestra vida en común, poniéndome en ridículo. Es posible que ya lo esté haciendo y lo haya archivado en una carpeta que desconozco.

Pienso en Blondi, la ovejero alemán de Adolf Hitler. Qué visión distinta a la del mundo entero debió tener de él, que le prodigaba toda  la ternura que ningún ser humano supo despertar.  Eva Braun la celaba horriblemente. La perra creía y confiaba en Adolf, porque de él sólo recibió amor, hasta su último y trágico destino.

En el bunker donde el líder se había instalado sabiendo que no tenía salida se respira tensión. Uno de sus médicos aparece, llevando varias pastillas de cianuro destinadas al suicidio del Führer y su mujer. Blondi también se iría con ellos, su amo no iba a consentir que fuera vejada por los soviéticos.

La perra pelea, no quiere tragar. Su lucha acaba pronto, su aliento se apaga y muere. Hitler ordena entonces dispararles a los cuatro cachorros recién nacidos de Blondi. Su crueldad al eliminarla de una manera dolorosa la justifica argumentando que era necesario utilizarla como prueba para el veneno destinados a él y su pareja. Ella no llega a ver lo que hizo con sus hijos. Tal vez, su ciega lealtad lo habría perdonado. Tantas dudas hay sobre si Hitler murió en el bunker o huyó a Sudamérica, tantas las historias fantásticas y la única narradora que nos podría contar la verdad es Blondi. Ella conocía todos sus secretos.

Estoy segura de que el oído musical de Martha, la perra pastor inglés de Paul Mc. Cartney, fue educado en la música como el de Mr. Bones en el lenguaje.  Vivió con Paul desde cachorra hasta su muerte, quince años después, en una granja que el Beatle tenía en Escocia. Lo acompañaba a todos los conciertos y ensayos y la canción que él le dedicó: “Martha, My Dear”, se pensó que había sido inspirada por su novia del momento, pero Martha sabía que esa modulación suave a través de varias escalas musicales iba dedicada a ella. Y cuando él le decía “You and me we were meant to be for each other. Silly girl”  (Tú y yo estamos destinados a estar juntos, niña tonta) sólo hablaba del intenso romance que ellos vivían.

Martha, my dear
You have always been my inspiration
Please, be good to me
Martha, my love
Don't forget me
Martha, my dear

(Martha, querida, siempre fuiste mi inspiración. Por favor sé buena conmigo, Martha, mi amor, no me olvides, Martha, querida).

El experimento a lo Frankestein que hizo el Profesor Filip Filipovich, el protagonista de “Corazón de perro”, la gran novela de Mijail Bulgákov, dejó bien a las claras que, si al cuadrúpedo se le introducen una glándula pituitaria y testículos humanos, el ser resultante es un fracaso. Mientras Shávik fue un perro callejero recogido y sanado de sus heridas, se sentía “el perro de un caballero”, tanto era lo que agradecía y admiraba a su amo. En cuanto empezó a adquirir forma humana, lejos de ser el pretendido “nuevo hombre soviético”, fue un delincuente que estafaba, robaba y abusaba de las empleadas domésticas. Por suerte se pudo revertir la operación, Shárikov desapareció y volvió a ser el perro fiel escudero de su señor, de quien conocía hasta el último de sus secretos.

Fido, el perro mestizo de Abraham Lincoln, lo acompañaba a todas partes y lo esperaba afuera cuando iba a la peluquería. Pero cuando Lincoln ganó la presidencia, su vida cambió. Ya no le podía dedicar tiempo, su rutina se desarmó y fue a parar a la casa de John, un viejo amigo de la familia. Tenían hijos, Fido se llevaba bien con los chicos y vivió con ellos algunos años.

Un día, después del asesinato de Lincoln, Fido se puso a jugar en la calle con un borracho y le apoyó sus patas sucias. El tipo se enfureció y lo apuñaló. Sin duda, el hilo que unía los destinos de Fido y Abraham fue indestructible.

Mi padre murió en un accidente que Tape, su gran danés, no sólo presenció sino que trató de evitar tirándosele encima para apagar las llamas que cubrían su cuerpo. Quedó tan trastornado que cada vez que veía fuego, enloquecía. Hubo que sacrificarlo porque se puso peligroso. Era más bueno que Lassie, pero su vida ya no tuvo más sentido.

Tengo su retrato que alguien dibujó en mi cuarto. Sé que nadie mejor que él me hablaría de papá. @mundiario

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