Continuismo y cambio durante la pandemia

Coronavirus. / Mundiario
Coronavirus. / Mundiario
Existe un contraste muy llamativo entre las demostraciones de solidaridad cívica y la pésima pedagogía realizada por la mayoría de las élites políticas y judiciales.
Continuismo y cambio durante la pandemia

Pocas semanas después de comenzar la pandemia, diversos analistas se atrevieron a formular pronósticos sobre los impactos de la crisis sanitaria en los comportamientos sociales y en las estructuras económicas y políticas existentes en los ámbitos estatal, nacional e internacional.

Dado el poco tiempo que había transcurrido, aquellas reflexiones no disponían de soportes empíricos solventes que hubiesen permitido establecer conclusiones suficientemente contrastadas. Algunas eran consecuencia de una construcción mental teóricamente irreprochable: si estábamos viviendo un fenómeno mundial inédito desde el final de la II Guerra Mundial resultaba congruente pensar en la verosimilitud de mutaciones muy relevantes en las dinámicas sociales vigentes hasta ese momento. Otras disquisiciones operaban más en el territorio de los deseos: la gravedad del sucedido constituía una oportunidad para revisar las lógicas dominantes y transformar la orden social en una dirección más respetuosa con el bienestar de las personas y de las colectividades.

¿Hemos aprendido de lo sucedido?

Pasado año y medio de los primeros casos registrados en el territorio chino, podríamos hacernos algunas preguntas pertinentes: ¿hemos aprendido de lo sucedido?; ¿mudaron significativamente los hábitos de la ciudadanía y de sus representantes?; ¿existen más deseos de cambiar las estructuras precedentes o estamos, más bien, ante la pretensión de recuperar, lo antes posible, el “modus vivendi” anterior?

Con las reservas asociadas a un horizonte temporal en el que aún no se percibe el final definitivo de la crisis del coronavirus, podemos afirmar la presencia de elementos muy contradictorios a la hora de hacer una evaluación global. El gran avance que representa la obtención -en un tiempo extraordinariamente corto- de vacunas efectivas en la prevención de la pandemia va acompañado de la persistencia de un viejo problema: la radical desigualdad entre los distintos países provoca muertes y sufrimiento en las poblaciones que habitan en África, América Latina y en algunas zonas de Asia. La industria farmacéutica no quiere renunciar a los millonarios beneficios que le proporciona la situación actual y los mandatarios de los Estados más poderosos carecen de la voluntad requerida para romper la lógica infernal que coloca a una parte de la humanidad en un intolerable estatus de inferioridad ante esta tragedia sanitaria.

De todos los organismos internacionales que resultaron interpelados durante estos meses, solo la OMS y la UE hicieron algunas aportaciones positivas en la gestión de la crisis, aunque se puedan considerar limitadas dada la envergadura del problema que se está padeciendo. No combatir la inercia que considera normal los esfuerzos en la vacunación que se realizan en Europa, EE UU, Canadá o China y el simultáneo abandono que se practica en otras áreas del planeta no solo impugna la catadura ética del mundo desarrollado, sino que desprecia el efecto boomerang que puede provocar un virus descontrolado sobre las propias sociedades que ahora comienzan a sentirse protegidas. Se dirá que este fenómeno del profundo desequilibrio en el bienestar a nivel mundial ya tenía carta de naturaleza antes de enero del 2020. Ciertamente es así, pero ahora existen unas circunstancias excepcionales que exigirían un cambio, siquiera parcial, de semejante estado de cosas.

En el ranking de los despropósitos, los primeros puestos para PP y Vox

Adoptando una perspectiva analítica más ceñida al Estado español, se puede constatar un contraste muy llamativo entre las continuadas demostraciones de solidaridad cívica protagonizada por las personas encargadas de prestar atención sanitaria y apoyo social a la gente afectada por la pandemia y la pésima pedagogía realizada por la mayoría de las élites políticas y judiciales. En el ranking de los despropósitos ocuparon los primeros puestos el PP y Vox. Obsesionados por derribar al gobierno presidido por Sánchez no dudaron en postular medidas contradictorias dependiendo de su posición en cada uno de los ámbitos institucionales y, al mismo tiempo, trataron de judicializar una buena parte de las decisiones gubernamentales que no contaban con su apoyo. La reciente decisión del Tribunal Constitucional sobre el estado de alarma constituye un ejemplo paradigmático de las actitudes extraordinariamente beligerantes adoptadas por la derecha política y judicial.

Aunque los indicadores que miden los cambios sociales no se deben reducir a las variaciones registradas en el campo electoral, resulta evidente a trascendencia de los poderes políticos en la evolución de los países y, por tanto, la importancia de la orientación programática de los gobiernos que se formen a partir de la voluntad popular. En este sentido, el comportamiento de los votantes en las cuatro citas electorales celebradas desde julio del año 2020 (Galicia, Euskadi, Cataluña, Madrid) revelan poca propensión al cambio a pesar de que, en algunos de los casos, la gestión gubernamental que se juzgaba era manifiestamente defensora del viejo orden anterior a la pandemia. @mundiario

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