El cambio climático pone en jaque a los parques nacionales de Doñana y Garajonay

La UICN alerta del deterioro de los parques naturales de Doñana y Garajonay, asfixiados por el cambio climático y la desidia.
El parque nacional de Garajonay. / RR. SS.
El parque nacional de Garajonay. / RR. SS.

España presume de su riqueza natural, pero los datos cuentan otra historia menos triunfal. El último informe de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), presentado en su congreso mundial en Abu Dabi, advierte de una realidad incómoda: los seis lugares españoles declarados Patrimonio Mundial Natural por la UNESCO se encuentran exactamente igual que en 2020. Sin avances. Sin mejoras. Y con dos joyas ecológicas —Doñana y Garajonay— al borde del colapso por una gestión insuficiente frente a amenazas cada vez más devastadoras.

El diagnóstico es rotundo. La UICN califica como “bueno” el estado del Parque Nacional del Teide y el de los Pirineos-Monte Perdido, pero sitúa en una “preocupación significativa” a Doñana, Garajonay, Ibiza y los hayedos primarios europeos. En estos enclaves, el cambio climático no solo agrava los problemas preexistentes, sino que ha desplazado a las especies invasoras como la primera causa de deterioro. A eso se suman patógenos y enfermedades que ya afectan al 9% de los espacios evaluados, frente al 2% de hace cinco años.

En el caso de Garajonay, en La Gomera, el informe dibuja un escenario desolador: sequías cada vez más largas, incendios recurrentes y la presión constante de herbívoros asilvestrados como las cabras, que degradan sin tregua la laurisilva, un bosque relicto que sobrevivió al Terciario. Lo que fue un vestigio vivo de la prehistoria vegetal corre el riesgo de convertirse en un recuerdo fósil. La ecuación es sencilla: más calor, menos agua y una gestión insuficiente que no logra revertir el daño.

Doñana, por su parte, sigue siendo el símbolo de una tragedia anunciada. El humedal más emblemático del país, clave para miles de aves migratorias, sufre una reducción continua del agua. Los pozos ilegales, las extracciones agrícolas y la falta de decisiones contundentes han convertido al parque en un ejemplo de cómo el patrimonio natural puede morir de sed en pleno siglo XXI. Mientras el acuífero se agota, la biodiversidad se marchita.

La enfermedad de la inacción

El informe de la UICN no solo describe síntomas; señala causas y responsables. El cambio climático es el gran villano global, pero la desidia política y la falta de gestión efectiva son los cómplices locales. Solo la mitad de los 271 espacios analizados en todo el mundo cuentan con protección y gestión adecuadas. En España, esa cifra se traduce en una evidencia incómoda: el país mira más a su patrimonio cultural que al natural, y los ecosistemas pagan el precio.

En los últimos cinco años, el porcentaje de sitios con buena perspectiva de conservación ha caído del 62% al 57%. En paralelo, las enfermedades emergentes —como la quitridiomicosis en anfibios o la gripe aviar— aumentan su alcance. Lo que antes era una amenaza marginal ahora se extiende como una plaga silenciosa que desestabiliza cadenas ecológicas enteras.

El espejismo de la protección

Que un espacio figure en la lista del Patrimonio Mundial no garantiza su salvación. Garajonay, Doñana o Ibiza son testigos de ese espejismo: reconocimientos internacionales, pero presupuestos insuficientes, burocracia lenta y ausencia de estrategias preventivas. El turismo descontrolado, la presión agrícola y el cambio climático han formado un cóctel que ni las etiquetas más prestigiosas consiguen neutralizar.

Mientras tanto, otros países africanos demuestran que sí es posible revertir el deterioro. Reservas en Camerún, Senegal o la República Democrática del Congo han mejorado sus perspectivas de conservación gracias a una combinación de inversión dirigida y participación local. El mensaje es claro: la protección del patrimonio natural no depende de la cantidad de informes, sino de la voluntad política y del compromiso con el territorio.

La UICN lo resume con una advertencia que debería retumbar en los despachos: “Prever cómo responderán las especies invasoras y los patógenos bajo posibles escenarios de cambio climático es difícil, pero esencial”. España, sin embargo, sigue reaccionando tarde. Doñana y Garajonay no solo reflejan los efectos del calentamiento global, sino también los límites de un modelo de conservación pasivo. @mundiario

Comentarios