Calor extremo en junio, la alerta sanitaria que España no puede ignorar
El calor no solo abrasa: también mata. Este junio está marcando un antes y un después en la historia climática de España. Según los datos proporcionados al diario El País por la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet), todo apunta a que será el mes de junio más caluroso desde que hay registros. Y eso no es solo una estadística: es una advertencia.
Los termómetros, una vez más, son el espejo donde se refleja el fracaso climático. Y este espejo está roto. En lo que va de mes, todos los días salvo tres han contado con avisos de riesgo para la salud activados por el Ministerio de Sanidad debido al calor extremo. No es un episodio aislado, ni una ola puntual. Es un síntoma de algo mucho más profundo: el colapso climático que ya ha comenzado a cobrarse facturas en vidas humanas, sistemas sanitarios saturados y un país que empieza a acostumbrarse a lo que jamás debería ser normal.
Ahora bien, no es solo que las temperaturas sean altas; es que lo son demasiado pronto. Desde finales de mayo, vivimos atrapados en un verano anticipado que no da tregua. Las previsiones para el resto del mes no auguran alivio. Aunque una dana podría suavizar brevemente el ambiente en el norte y oeste peninsular, Aemet advierte que: el récord está casi asegurado. La temperatura media de este junio podría incluso superar a la de muchos julios de años anteriores.
Y esto no es una rareza del clima. Es una consecuencia directa del calentamiento global provocado por la actividad humana. Las emisiones de gases de efecto invernadero siguen batiendo récords, y el dióxido de carbono en la atmósfera alcanzó el pasado mayo su mayor concentración histórica: 430,6 partes por millón. Cada ppm es un gramo más de calor retenido. Cada récord, una línea más en la crónica de un desastre anunciado.
Calor que enferma y mata
Más allá de la incomodidad, el calor extremo tiene consecuencias letales, así lo demuestran los miles de muertos en Europa durante los veranos de 2003 y 2017, los dos junios más calurosos hasta ahora junto con este. Y así lo confirman los datos sanitarios: el sistema de avisos por calor del Ministerio de Sanidad, que se basa en la temperatura a partir de la cual aumenta significativamente la mortalidad en cada región, está funcionando a pleno rendimiento.
No todas las zonas de España reaccionan igual al calor, y los umbrales de alerta varían hasta en 11 grados dentro de una misma provincia. Pero la tendencia es clara: los avisos sanitarios se han convertido en rutina. El calor ya no es una excepción, es la nueva norma. Y su impacto es acumulativo, silencioso y desigual: golpea más a las personas mayores, a los trabajadores al aire libre, a quienes no pueden pagar aire acondicionado.
Uno de los efectos colaterales más invisibles del calor extremo es el aumento del ozono troposférico. Este contaminante, que se forma cuando las emisiones industriales reaccionan con la luz solar, es un irritante poderoso para los pulmones y agrava enfermedades respiratorias y cardiovasculares. El sistema Copernicus de la Comisión Europea ha detectado desde el 9 de junio un aumento inusual de estos niveles en toda la cuenca mediterránea. Lo que se respira también se ha vuelto tóxico.
Un sistema sanitario bajo presión constante
Los centros de salud ya no solo lidian con pandemias, infecciones respiratorias o enfermedades crónicas. Ahora también con olas de calor. Y lo hacen sin haber sido diseñados para ello. Los planes activados por el Ministerio de Sanidad desde 2004 ayudan a prevenir muertes, pero son cada vez más insuficientes ante un fenómeno que se agrava año tras año. ¿Cuánto más puede resistir un sistema sanitario que opera al límite, mientras el calor se convierte en una amenaza permanente?
Uno de los mayores riesgos de este junio abrasador no es solo su impacto inmediato, sino el efecto psicológico que produce: acostumbrarnos. Que dejemos de alarmarnos cuando el mercurio marca 40 grados en primavera. Que miremos con resignación los avisos sanitarios como quien mira el parte del tráfico. Esa normalización es peligrosa. Porque mientras nos adaptamos emocionalmente al calor, el clima sigue mutando. Y las consecuencias serán cada vez más difíciles de revertir.
España está en el epicentro de un cambio climático que ya no es futuro: es presente. Los datos de Copernicus y Climate Central son un martillo constante que golpea sobre la misma verdad: sin una reducción drástica de las emisiones, no habrá tregua. Y aunque algunos se aferren a la promesa de tecnologías aún en fase experimental como la captura de carbono, la única vía realista es abandonar cuanto antes los combustibles fósiles. @mundiario


