Cada sábado la misma imagen: jóvenes que buscan en el alcohol desinhibirse

Es cierto que son jóvenes, que están en edades de experimentar, de saltarse las reglas del juego, de rebelarse ante un sistema que les viene impuesto y del que todavía no han sido partícipes.

 

Jóvenes practicando el botellón. / Foto de Leticia Rodríguez
Jóvenes practicando el botellón. / Foto de Leticia Rodríguez

¿Quién no ha escuchado en alguna ocasión eso de “es imposible que mi hijo haya hecho eso, son sus amigos quienes lo han llevado por el mal camino”?

Ante afirmaciones de este tipo, yo sólo podría contestar: “Perdone, su hijo es tan imperfecto como el hijo del vecino. Nadie obliga a nadie a hacer nada en contra de su voluntad. No valen las disculpas de que si no lo hacía me excluían del grupo. Eso es mentira. Si el fin de semana estaba en la plaza emborrachándose no era porque sus amigos lo habían obligado, era, por mucho que le duela, porque él lo había decidido. Si usted lo considera adulto y responsable como para poder estar un sábado a las tres de la mañana fuera de casa, ¿por qué no lo considera igualmente maduro para decidir si beber o no?”

Reconozco que sería contundente pero, sinceramente, no comprendo como pueden existir padres tan ingenuos e inocentes, padres que defienden a ultranza a sus propios hijos, acusando y señalando con el dedo índice a sus amistades como las incitadoras de que sus vástagos adopten ciertos comportamientos considerados socialmente como inadecuados. Por mucho amor que se profese a un hijo, hay que ser consciente de que no está libre de cometer errores. Salvaguardarlos de este modo no hace más que incrementar su confianza al saberse capaces de manipular a sus progenitores. Con esa actitud elevan su autoestima y sus ansias de libertad, lo que les proporciona la seguridad y el arrojo suficiente para experimentar con lo prohibido. Si un adolescente cuenta con el apoyo incondicional de sus progenitores, si éstos no asumen su rol de padres y se posicionan a favor de su hijo ante cualquier situación, entonces, ¿por qué no seguir incumpliendo las normas?, al fin y al cabo, ¿a quien van a creer?

Cada vez son más las investigaciones con cámara oculta que nos muestran la forma de divertirse de los adolescentes. Lo que este tipo de documentales nos enseña no es la excepción, es la realidad que se palpa cualquier fin de semana. Es rara la ciudad que cada sábado noche no congregue a decenas de jóvenes cuyo único propósito es el desfase y la desinhibición provocados por el consumo de alcohol en exceso y algún que otro estupefaciente. Está a la vista de todos los que lo quieran ver, porque ellos, tan engreídos, ni tan siquiera se molestan en esconderse. Claro que, no hay peor ciego que el que no quiere ver. Además, los que ya hemos dejado atrás la adolescencia no debemos olvidar que también hemos sido tentados con tabaco, alcohol y otras drogas. Sabíamos cómo y dónde conseguirlas. Cada uno tomó su propia decisión. Lo curioso es que, a medida vamos cumpliendo años, olvidamos que esas tentaciones estaban a nuestro alcance, e incluso nos sorprendemos de que esas mismas tentaciones sigan estando al alcance de menores de edad.

Los que nos consideramos adultos somos en parte responsables de que esta lacra se extienda entre los jóvenes. Aseguramos ser conscientes de los peligros que los acechan pero no hacemos absolutamente nada por presentarles alternativas. Permitimos con total impunidad comportamientos y actitudes demasiado arriesgadas sin medir sus consecuencias. Es cierto que son jóvenes, que están en edades de experimentar, de saltarse las reglas del juego, de rebelarse ante un sistema que les viene impuesto y del que todavía no han sido partícipes. No obstante, ¿no son esos los argumentos que ellos mismos utilizan para justificarse?, ¿no son palabras semejantes las que emplean para defenderse y acusar a los demás de sus decisiones? Si es así, ¿somos, en última instancia, responsables de sus actos?

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