El doloroso mundo de Sebastiao Salgado en el documental La sal de la tierra
Sebastiao Salgado ha respirado el dolor de un pueblo muchas veces, pero no para utilizarlo en su provecho, sino para fundirse con sus entrañas, para comprenderlo.
La carátula del DVD informa que la duración de este documental es de 105 minutos aproximadamente, pero hay películas que no pueden medirse por la traslación a tiempo de su metraje, sino que exigen numerosos detenimientos, revisiones, vivirlas muy personalmente, en su interior. Es lo que he sentido al contemplar, conmocionado, La sal de la Tierra, un documental dedicado a la figura del inmenso fotógrafo Sebastiao Salgado, dirigido por su hijo, Juliano Ribeiro Salgado, y por el director alemán Wim Wenders.
Salgado estudió Economía pero, muy poco después, se le reveló su vocación verdadera. No sabía nada de fotografía. Fue su afán por descubrir el mundo a través de unas imágenes fijas lo que lo forzó a un aprendizaje técnico que se sumó a su aguda sensibilidad para percibir dónde estaban los mundos y cuáles eran las exactas perspectivas para captar la esencia sagrada del ser humano. Su mirada la ha puesto en el ser desvalido, en el hombre reducido por una exigua cultura, por un poder insignificante. Salgado observa los conglomerados humanos, los concurridos panales circulados por sus degradados congéneres. Se acerca a ellos, obteniendo la visión remarcada de sus almas, el relieve de sus derrotadas presencias, el involuntario resplandor de unos gestos atenazados por la dureza de sus vidas.
Mira al mundo antes de la cámara y después, a través de ella, se apropia de él, recoge su dolorida belleza, la transfiere al futuro, a los otros, a sí mismo. Nos acercamos a su trabajo a través de la hondura que sabe aplicar Wim Wenders. Nos traslada una mirada de serena consternación, admirativa, profunda. Lo que miramos es un documental, el movimiento - muchas veces ralentizado por la muestra de fotografías -, la voz, pero lo que Salgado captura es el ser detenido por un disparo que no mata, que detiene el transcurrir de la existencia, que preserva un elocuente momento del pasado.
El documental nos acerca al recorrido artístico del fotógrafo, desde el que siempre ha buscado completar la visión de un mundo que lo supera, denunciarlo por sus terribles injusticias pero también homenajearlo por su enorme belleza. Cada fase, cada época, es un descubrimiento que realiza a fondo, que nos acerca una exótica forma de existir, unas extrañas apariencias que dificultan la mirada, la cercanía. Y lo que precisamente busca es vencer esas barreras culturales, penetrar en el nudo que nos hermana a pesar de nosotros mismos.
Salgado recorre el nordeste de Brasil, su país. Y luego, descubre África, la enorme hambruna en el desierto del Sahel, las atrocidades de la guerra étnica en Ruanda. Sus fotografías nos añaden mundo, nos lo amplían, impregnado de una belleza triste, solemne. Se adentra en las desgracias masivas, en los mundos doloridos, en las injusticias silenciadas. Son catástrofes humanas; en torno a ellas, el cerco infranqueable de la indiferencia; y dentro, la onda expansiva del odio.
Desde su única propiedad de la tristeza, el ser humano nos mira cargado de inútil agotamiento. Salgado, desde sus inquietudes políticas de siempre, siente la desgracia de los demás como una injusticia evitable. “Son gente de una gran fuerza moral y física”, dice de los campesinos sin tierra de su país. En el Sahel, observa: “morir aquí es como una continuación de la vida. La gente se acostumbra a morir”. Hablando de Ruanda, recuerda: “¿Cuántas veces tiré al suelo la cámara para llorar por lo que veía?”. Ha visto a un padre dejar a su hijo muerto en lo alto de una pila de cadáveres y volverse hablando tranquilamente con un amigo. En situaciones extremas, muchos hombres se acercan a la peor animalidad, a la carencia de sentimientos. Por eso le deslumbra que, en medio de una desgracia irresoluble, pueda captar, en una fotografía, la alegre confianza de un bebé en su madre, una mujer dañada, que ya no es capaz de contagiarse del gozo de un hijo. Es un hermoso inicio que se truncará… Hay muy poca esperanza en la cordura del hombre influyente.
En el cobijo de la tienda, vemos, recortada en la oscuridad, la iluminada cara de Sebastiao. Es un hombre que ha respirado el dolor de un pueblo muchas veces, que ha ido a buscarlo, se ha mezclado con él, pero no para regodearse morbosamente, para utilizarlo en su solo provecho, sino para fundirse con sus entrañas, para comprenderlo, para denunciarlo, para colaborar, por ejemplo, con Médicos sin Fronteras. Nos habla con pena. Su rostro es de una inconmensurable tristeza, su voz es lo más próximo al llanto, su actitud es de una firme y serena desconsolación, de una incrédula desesperanza.
Las fotografías nos causan amor, compasión, nos recuerdan la horrenda e incólume crueldad de los privilegiados. A veces la cámara se quiere o se sabe invisible, se siente insignificante en las vidas de esos seres sufrientes; pero, otras veces, afirma su presencia, busca su mirada, quiere que nos sintamos interpelados por unos ojos que gritan débilmente, que quisieran expresar una exigencia modesta pero decisiva.
Como le oía decir a un profesional de la cámara hace unos días: “las fotografías son la inquietud de la quietud”. Las que hace Salgado no nos muestran el mundo como lo vemos. Son una realidad más potente, nos hablan de lo profundo que no alcanzamos a ver por su ocultación o nuestra indiferencia. Este fotógrafo maravilloso trabaja en la búsqueda, en la espera, en el sigilo, en la necesidad de extraer una intensa muestra de realidad sin adulterarla. La belleza está mezclada con la miseria. Las imágenes destellan una luz especial, como recién lavada; son poderosas de nitidez. Las fotografías son en blanco y negro, pero tienen más luz que el color y matizan la oscuridad con los estremecimientos de las almas.