Fuimos felices siendo libres como los pájaros

El relato está referido a una época de posguerra y amistad que se mantuvo luego dentro del contexto de guerra de los aciagos años ochenta del siglo pasado en Nicaragua.

foto amigo
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Otrora fue el Colegio Francisco Morazán, los años mozos de la secundaria en el instituto Telcor ubicado contiguo al Parque las Piedrecitas, cerca de la laguna de Asososca en donde un día bajé a explorar para poder ver a la serpiente emplumada que se encuentra pintada en una roca volcánica desde la época precolombina.

En ese centro de estudios nos conocimos, venía yo de haber participado en la lucha contra la dictadura de Somoza y de la gran Cruzada Nacional de Alfabetización que impulsó la revolución cuando triunfó. Ahí en ese instituto nos conocimos y fuimos felices estudiando y jugando al básquet  volibol y la carrera; fumando o escuchando música en la roconola del bar cuando salíamos de clase,  ebiendo cerveza  o simplemente platicando, jodiendo o caminando por el frondoso y verde parque luego de un examen, con la novia de la mano o escondidos entre los árboles.

Pasábamos toda la tarde metidos en el instituto y cuando terminaban las clases salíamos directo al parque que se encontraba contiguo al instituto Telcor. Como olvidar las fiestas de los fines de semana que iniciaban desde el viernes en la casa del gordo Manuel Sandoval en Miraflores, en donde la libido propia de la edad que teníamos daba rienda suelta a la emoción, pasión y colorido, porque todo estaba mezclado con la música disco y electrónica de la época. Las luces de color y la pelota de vidrio te daban el toque mágico para que los sentidos se desbordaran hasta ponerte a sudar a chorros, porque, por ejemplo, cuando el disc jockey o Manuel te ponía el tema "El Hombre de Megatron", mi primo César conocido como "El Cholo", era el centro de atención de todos los invitados con su fascinante baile break dance. En varias ocasiones asistí con Gabriela a estas fiestas y admiramos con gran emoción las habilidades rítmicas de César, además de su peculiar vestimenta de cholo al estilo portorriqueño newyorkino. En otras ocasiones con la resaca a flor de piel  escuchaba a los Beatles o a los Rolling Stone con Gerardo y Will en el anexo de la casa de Manuel y su añorada familia, doña Rosa, Carmen y Julito, que por cierto ya no es tan gordo, y nosotros los flacos ya no somos tan delgados como fue John Lennon o John Travolta en su momento.

Por su parte Juan Campos, el chavalo controversial, intolerante y travieso que siempre andaba detrás de Rioncito y el Gordo Manuel congeniando con ellos o tocando en la banda de guerra del instituto, imitando o adulando al gordo por sus habilidades y destrezas con los números, ellos eran los que se ponían de acuerdo para conseguir o compartir chavalas y  hacer travesura, lo cierto es que eran un trío inseparables, mientras el resoluto y romántico del negro Luis Manuel Ríos Pozo ,quien vivía llorando sus idilios platónicos por Urania,  o por la otra, era uno de los más apasionados en política.

Israel por su parte era más metódico y conservador con su inseparable e incipiente religiosidad, porque de todas formas siempre nos acompañaba en nuestras francachelas y lo disfrutaba tanto que hasta a una isla de sus padres llamada Filipinas, en el Gran Lago de Granada, nos llevó una Semana Santa inolvidable de vacaciones, en donde el Chaparro Wilfredo Bermúdez, que era jefe de un grupo llamado Los Pitufos en ese momento en el instituto, llegó  a formar parte por aquellos años de nuestro grupo por su nata iniciativa y voluntad, con el transcurso de los meses se convirtió en mi sincero confidente. Con Will recuerdo que escuché y miré los conciertos de Rock en la tv en blanco y negro marca Elca mientras fumábamos yerba en mi casa al caer el sol detrás de los cerros de las tres torres. Cómo olvidar a los Marvin-es Espinoza-s uno blanco y el otro moreno que sin decir palabra alguna un día desaparecieron a como lo hizo Walter el chavalo conservador y metafísico que siempre me confesaba que un día tendría poderes mentales, porque estaba metido en un curso de parapsicología. 

Fuimos felices siendo libres como los pájaros, fieles a nuestros sueños y vagancias junto con el singular Gerardo García el integrante más tímido de todos, mejor conocido como "presión baja" porque cada vez que tomaba cerveza se le bajaba la presión arterial y Luis Pozo fue el que un día lo bautizó como presión baja, por ese Instituto que luego se llamó Héroes y Mártires de Batahola y después Alfonso Cortés y hoy a dejado de  existir, porque hace poco el nuevo dictador lo demolió para poder construir una importante vía automovilística , pues por lo visto para el gobierno la educación puede seguir esperando ; aunque algunos no perdemos la esperanza que lo vuelvan a reconstruir al igual que el histórico y afamado parque ¨Las Piedrecitas¨.

Por ese demolido instituto anduvo también Yadira Collado la recalcitrante joven de la juventud sandinista que a veces me molestaba mucho con su perorata partidaria; la soñolienta Yolanda a quien siempre la miré toda relax con Jazmina y que le gustaba mucho que la besara a hurtadillas de vez en cuando; la morena de Maritza Jarquin con sus hermosas trenzas y sus interesantes y furtivas miradas  y su hermano Mario a quién algunos lo apodaron "el científico loco" porque siempre andaba leyendo cosas que para muchos resultaban ininteligibles. Estos hermanos un día me invitaron a una fiesta en Ciudad Sandino, porque su hermano mayor había venido graduado de Libia como ingeniero, ese mismo día nos tomaron una foto en su casa cuando bailaba con ella, y en esa misma foto aparece Gerardo García.

Por ese entonces era novio de mi querida y adorada Mayra Doña, que un día partió para irse a vivir a Venezuela con su familia y a quien mis amigos la apodaron ¨La Playera¨, por vivir en el populoso y marginal barrio Acahualinca que se encuentra cerca del lago Xolotlán de Managua, o mi dulce , fascinante y desaparecida Jazmina quien se enamoró locamente por un tipo que la maltrataba y al que le decíamos Pedro Navaja como el tema del cantante panameño Rubén Blades, o la traviesa Debby y su hermano el Patón a la que nunca logré entender y que me hacía pasar  horas de horas sentado en una grada de concreto de su casa ubicada en residencial Las Brisas platicando hasta por los codos, como dicen algunos, hasta muy entrada la noche. Todavía recuerdo al gordo fachento presumido y hoy ciudadano canadiense de Figueroa, a Cara de Vieja, al delicado de Silvio, así como al ecuánime amigo salvadoreño, quien me enseñó a disfrutar bajo la sombra de algún árbol las melodías en  su flauta de madera a  Juan Sebastián Bach.

Eran los años de la posguerra y los inicios de la triunfante Revolución nicaragüense la protagonista de nuestra amistad. Por ese entonces la vida transcurría entre tropiezos ideológicos y políticos y necesidades  básicas, pero que de ninguna manera logró separarnos hasta que vino la noche trágica a nuestras vidas, y luego del bachillerato partimos tres al servicio militar. Dos se convirtieron en militares permanentes, el gordo regresó a los testigos de Jehová, Israel desapareció al igual que Jazmina e Israel, mientras Gerardo se las arregló a como pudo para no prestar el servicio militar obligatorio y el inolvidable y reservado Carlos Álvarez que llegó a titularse  de Ingeniero civil y don Juan, también desapareció.

Desde aquella aciaga época ya nada fue igual, a pesar del bloqueo económico y la penetración ideológica de la extinta URSS y Cuba logré todavía  cultivar una amistad muy peculiar con Mauricio Lacayo, un excelente orador y lector y llegó a ser mi amigo burgués más intelectual que conocí por ese entonces en tercer año y quien de forma sapiencial me hizo comprender qué era lo que realmente estaba pasando en nuestro país, hasta que un día se despidió de mi dejándome un bonito obsequio, no sin antes recordarme que nuestro deplorable  país solo era un satélite más de las grandes potencias mundiales. Mauricio se fue a vivir a  California en donde lo volví a encontrar un día convertido en un reconocido pastor evangélico bautista, me confesó que era feliz porque había encontrado el verdadero camino.

Lo cierto es que los amigos de  ayer ya no somos los mismos, muchas cosas han cambiado, otras ya no existen y otras nunca volverán, pero la amistad con algunos de ellos permanece indeleble  a pesar de los años y las vicisitudes de la vida, mientras tanto el tiempo transcurre su marcha. El tiempo pasa y nadie lo puede evitar, unos siguen desapareciendo, otros se siguen casando y separando,  y otros se  encuentran enamorados de su esposa como yo, como Luis o como Wilfredo. La verdad que por insistencia de Juan Campos y Marvin Javier Espinoza López y una pequeña ayuda espiritual de mis otros amigos me propuse escribir estas cuatro letras en honor a nuestra amistad ¿Por qué es tan largo el recuerdo y tan corto el amor?

El tiempo pasa, sigue su rumbo y nadie lo puede evitar, ¿nadie puede? Nadie puede como un día lo logró hacer el bíblico Josué en Gabaón o como el Canto de Roldán en Roncesvalles con Carlos Magno. La vida a veces es una bala circular que gira y rueda buscando a quien herir, retribuir o desaparecer en este mar de las generaciones que fluyen y refluyen en el disco duro de la fatalidad y del destino que cada uno de nosotros nos ha tocado vivir. Debemos de asumir antes de partir hacia el otro lado de la calle, en donde la realidad es más real que la realidad misma.

Mientras tanto, la vida sigue, sigue  su marcha hacia otras latitudes, mientras logramos alcanzar la esperanza que cada uno guarda en su corazón para poder alcanzar al Ser, al Verbo hecho hombre, al logos o lo inefable. Continuamos caminando por el empedrado camino de las percepciones espirituales que a cada uno le ha tocado vivir, mientras tanto el tiempo pasa, la vida pasa, nada permanece, todo se transforma en esta realidad que es como una pantalla de cine en blanco y negro y color que es de todos y que al final no es de nadie, con los años, he comprendido que entre el Ser y el Tener, lo único que realmente permanece es el Amor. @mundiario

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