El ataque de Boelter y la amenaza soterrada contra la política democrática en EE UU
La noticia sobre el asesinato de la congresista demócrata Melissa Hortman y su esposo, así como el intento de asesinato del senador estatal John Hoffman y su mujer, sacude a Estados Unidos no solo por su crueldad, sino por lo que implica. Vance Luther Boelter, el atacante de 57 años, no actuó por impulso ni fue un lobo solitario desorientado: fue, según han documentado los fiscales, un hombre que planificó con frialdad una serie de asesinatos políticos, se disfrazó de policía, manipuló aparatos electrónicos, y confeccionó listas con decenas de cargos públicos como potenciales blancos.
El relato de los hechos estremece. No por lo cinematográfico del operativo, sino porque se inscribe en una tendencia preocupante en la política estadounidense: la conversión del adversario ideológico en enemigo vital. En su coche, Boelter llevaba rifles de asalto, pistolas, una placa falsa de policía y un listado con nombres de congresistas, médicos y activistas pro derechos reproductivos. Las víctimas no fueron elegidas al azar: todas tenían en común su ideología demócrata y su compromiso con políticas sociales o progresistas. Este detalle, que el fiscal se resiste a catalogar de motivación política formal, tiene un peso indiscutible.
Resulta hipócrita seguir considerando este tipo de atentados como casos individuales de desequilibrio mental o desafección social. Estados Unidos asiste desde hace años a una radicalización subterránea que ya no es exclusiva de foros oscuros de internet ni de milicias marginales. El fanatismo ha permeado segmentos de la sociedad que encuentran en el odio ideológico no solo una válvula de escape, sino una razón de ser. Boelter, identificado como cristiano evangélico extremista, actuó precisamente el mismo día en que se celebraban protestas contra Donald Trump, lo que añade una dimensión simbólica y contextual que no debe obviarse.
La reacción de las autoridades ha sido contundente, sí, pero el fondo del problema no puede resolverse solo con medidas policiales o procesos judiciales. El fanatismo armado que prende en sectores de la población estadounidense está íntimamente ligado al discurso público, a la normalización del odio en redes sociales, a la permisividad con las armas de fuego y a la ambigüedad moral de determinados líderes políticos que, cuando no azuzan directamente la violencia, la justifican con eufemismos.
Más allá del hecho criminal, lo que verdaderamente aterra es la arquitectura del atentado: listas de objetivos, vigilancia previa de domicilios, disfraces para pasar desapercibido, tácticas de asalto… todo ello acompañado por una narrativa belicista, como lo demuestra el mensaje que envió Boelter a su familia: “Papá fue a la guerra anoche”. Esta frase, que podría parecer grotesca o absurda, resume de forma trágica una mentalidad en la que la política se transforma en un campo de batalla literal.
Frente a esto, no basta con lamentar los hechos. Es urgente que las instituciones, los partidos y los medios asuman su responsabilidad en el rebrote de esta violencia de raíz ideológica. La polarización no es inocua: alienta el rencor, alimenta el miedo y, en última instancia, deshumaniza al rival. La deshumanización es el primer paso hacia la violencia.
Boelter no fue un perturbado cualquiera. Fue, como otros antes que él, el producto final de un sistema roto, donde la libertad de expresión se confunde con el derecho a odiar, y donde la Segunda Enmienda se usa como coartada para blindar arsenales particulares capaces de ejecutar masacres.
En Europa, con frecuencia se mira con perplejidad lo que ocurre en Estados Unidos, como si de una anomalía cultural se tratase. Pero el caldo de cultivo que alimenta a personajes como Boelter no es exclusivo del otro lado del Atlántico. La política del odio también gana terreno en nuestras democracias. La lección de Minnesota es clara: cuando se normaliza el fanatismo, los extremos dejan de estar en los márgenes y comienzan a llamar a la puerta. Con pistolas. Y listas de nombres. @mundiario
