Anecdotario de un geólogo (II). El pez torpedo

Mi trayectoria profesional comenzó en un contexto singular, en la ría de Betanzos-Miño, bajo la tutela del renombrado profesor Heinz Beckmann.
Localización del trabajo con los alemanes. Se llevó a cabo, a bordo de una balsa, en la zona de la ría marcada en amarillo sobre la captura de pantalla. / Google Maps.
Localización del trabajo con los alemanes. Se llevó a cabo, a bordo de una balsa, en la zona de la ría marcada en amarillo sobre la captura de pantalla. / Google Maps.

Mi puesta de largo profesional fue en un estudio sedimentológico de la ría de Betanzos-Miño, dirigido por el prestigioso profesor Heinz Beckmann. Durante sus trabajos sufrí la primera y curiosa vivencia digna de ser relatada.

Por aquellos días, encontrar un trabajo de geólogo no era cosa sencilla, sino, bien al contrario, francamente difícil. No obstante, un golpe de suerte me permitió incorporarme, durante dos veranos, al equipo de geólogos —todos ellos de la alemana Universidad de Clausthal— dirigido por el ilustre y reconocido profesor Heinz Beckmann.

Se trataba de realizar un estudio sedimentológico de la ría de Betanzos-Miño; trabajo que, amén de sus objetivos temáticos, servía de campamento de prácticas a los alumnos más aventajados del profesor. El equipo estaba integrado, además de por la mente rectora (el repetido Beckmann), por: tres doctores en la especialidad, Aikov, Müller y Pedro Barbeito —este último, aunque coruñés, formado en Clausthal—; un escogido grupo de alumnos y un par de topógrafos, empleados de la universidad.

Medios, plan de trabajo y equipo humano

En los meses previos a la llegada del grupo, con el imprescindible apoyo de un carpintero de ribera y bajo la dirección de Barbeito (que, para esos temas, era un auténtico manitas), se construyó una almadía de seis a ocho metros de eslora; una embarcación sin la que hubiera sido imposible afrontar el estudio.

La balsa, que iba propulsada por dos potentes motores fuera de borda, estaba constituida por un entablamento elevado sobre cuatro flotadores —dos por banda— construidos a base de barriles de petróleo (naturalmente vacíos) soldados entre sí. Sobre la descrita plataforma se había instalado una cabina, adecuadamente cerrada con candados, en la que se guardaban los instrumentos de mayor precisión y valor; especialmente la sonda que registraba el perfil del fondo marino sobre el que navegábamos.

En línea con dicha cabina, es decir, en la crujía, cerca de la proa, la balsa disponía además de una especie de escotilla que, salvando el entablamento, permitía el descenso de la draga manual utilizada para obtener muestras del sedimento marino.

El plan de trabajo era simple y muy práctico. Desde la costa, con sus teodolitos, los dos topógrafos lanzaban una serie de visuales, ortogonales entre sí, que se cortaban en los puntos prefijados (sobre mapa) el día anterior. Cuando la balsa, en su navegar, alcanzaba cada uno de aquellos puntos, nos hacían llegar una señal visual a los embarcados. Y, entonces, de inmediato: se paraban los motores; con una botella de inversión, se tomaban datos de la temperatura del agua a varias profundidades; y, con la draga manual, muestras del sedimento marino. La información obtenida pasaba a engrosar la base documental que manejaban el profesor Beckmann y los doctores.

Por lo que respecta a mi relación con aquella gente, debo admitir que no era fácil. Yo, de alemán…, ni “pío” y, los alemanes, de castellano…, ni palabra. Así que la comunicación con ellos, inevitablemente muy gestual, se basaba fundamentalmente en mi pobre inglés. Sólo se hacía un poco más fluida con el profesor, quien, aunque tampoco sabía nada de español, había participado en la segunda contienda mundial en el frente de Italia, y se defendía en el idioma de aquella tierra, con el que, muy amablemente, solía dirigírseme.

Pues bien, aunque parezca extraño, a pesar de hallarme sumido en aquella auténtica Babel lingüística, en pocos días conseguí integrarme en el equipo, y me enteré de cual sería mi labor: debería encargarme de la toma de muestras con la draga manual, así como de la descripción litológica de las mismas.

El pez torpedo

Entregado a la rutina laboral descrita —de arduo trabajo para todos y, para mí, de beneficioso aprendizaje—, ya plenamente aceptado por los colegas alemanes y muy apoyado por mi paisano el doctor Barbeito, así como por el profesor Beckmann, fueron cayendo las hojas del calendario de aquellos dos veranos.

Nuestra base —no creo haberlo reseñado aún— se localizaba en el pueblo de Miño, a orillas de su ensenada interior y muy cerca del modesto muelle frente al que, diariamente, fondeábamos nuestra balsa.

En relación con dicha circunstancia, debo informarte, amable lector, de que yo había enseñado a aquella gente a jugar al “chinchimoni” y que el entretenimiento les encantaba. Fue por ello por lo que decidimos utilizarlo para establecer quién, cada mañana temprano (comenzábamos a trabajar sobre las ocho), debía lanzarse al agua — algo, ¡puedo asegurarlo!, poco agradable— nadar hasta la balsa, encender sus motores, acercarla al muelle y embarcar a los demás. Pues bien, un hermoso día del segundo verano…

Hacía un calor de mil diablos, y todos, a bordo, estábamos en bañador. Navegábamos al norte de Perbes, observando como la destreza del piloto gobernaba la balsa a lo largo de algunos de los perfiles más alejados de la base. La obligaba a recorrer, así, las muy escasas estaciones de toma de datos que, antes de finiquitar la campaña, nos faltaban por reconocer.

En el tercero de los puntos en que, desde la costa, nos detuvo el topógrafo, cada cual —siguiendo nuestra rutina— se entregó a su tarea: tomó uno los datos de posicionamiento y deriva de la nave; el encargado de hacerlo, sumergió la botella de inversión y se dedicó a sus mediciones; y yo, mientras tanto, tensé las mandíbulas de la draga manual, las inmovilicé con su presilla y, a través de la escotilla practicada al efecto, la lancé al agua, esperando a que llegase al fondo.

Cuando lo hizo —la sonda nos había indicado poco más de veinte metros de profundidad— el cabo del que pendía se aflojó, la presilla (con el impacto) saltó, y sus dentadas mandíbulas se cerraron de golpe.

Yo, de inmediato, me puse a tirar de la cuerda, al objeto de subir a la balsa la muestra de sedimento marino que —se supone— había obtenido. Pero, en aquel caso, algo no discurría con normalidad… El artilugio, dentro del agua, soportaba extrañas sacudidas y algún que otro brusco tirón. Por fin, cuando conseguí sacarlo a superficie y depositarlo sobre el entablamento, entendí lo que pasaba. Las mandíbulas de la draga no se habían cerrado completamente, y, entre sus dientes, sujetaban un cuerpo extraño, de color marrón y con vida —¡se movía!—, que peleaba por liberarse de la opresión de su metálico captor.

Rodeado de mis compañeros, que se acercaron al ver mis gestos, conseguí, forzando el muelle del aparato, librar al intruso. Era un pez ancho y plano, de unos cuarenta centímetros de largo y aspecto de raya, que lucía sobre su dorso un par de llamativos y oscuros discos.

Observábamos las convulsiones terminales del bicho, cuando la curiosidad y la imprudencia —«¡eso no se debe hacer nunca!», me amonestó más tarde el profesor— me llevaron a agacharme y tocar uno de aquellos discos... En ese mismo instante, perdí el sentido.

De lo siguiente que tuve conciencia fue de que me encontraba tumbado sobre el entablamento; muy mareado, algo dolorido y recuperándome de un desmayo. Con mucho gesto y sus chapurreos, los geólogos del equipo consiguieron hacerme entender que, al tocar al pez, este había soltado una descarga —eléctrica, desde luego— que me había hecho dar un salto brusco y desplomarme como un muñeco.

Averiguamos después que se trataba de un pez torpedo (también llamado tembladera), y que, al parecer, dichos ejemplares no son raros en aquella costa.

Lo cierto es que anduve todo el día muy molesto y bajo el dominio de una sensación extraña. Mis colegas alemanes, al darse cuenta de mi estado, decidieron animarme invitándome a cenar, lo que acepté agradecido, aunque…, ¡nunca debiera haberlo hecho!

Terminada la jornada laboral, saltando las vallas de algunas huertas junto a las que pasábamos, se fueron aprovisionando de patatas y cebollas, y, ya en su piso, se pusieron a freír unas y otras; las segundas a auténticas sartenadas. ¡Zwiebel guten!, me encomiaban, muy alegres, las virtudes del bulbo; mientras se ponían ciegos de aquello.

Yo, que no soy nada remilgado en dichos trances, hice lo que pude y, educadamente, cuando me sirvieron el segundo plato, me disculpé

—«es tarde, tengo que volver a La Coruña», alegué—, y los dejé entregados a su gratuito festín.

Desagravio y despedida

El trabajo se terminaba, y el profesor, todo un caballero, enterado de la “cebollera” cena —aún me repetía— con que me habían agasajado sus paisanos, quiso desagraviarme, invitándonos a comer, en un buen restaurante, a mi novia (la que hoy es mi mujer) y a mí.

Y no contento con eso, durante el aperitivo, añadió el detalle de obsequiar a Mary Cruz con una cinta, grabada por él, que tituló “Sinfonía para gaviota y carro”.

Haciendo honor a la verdad, he de decir que se trataba de una insoportable sucesión, de unos diez minutos, de graznidos de gaviota superpuestos al característico ruido de las ruedas de un carro del país desplazándose. Pero, lo meritorio, no estaba en la faceta artística del regalo, ¡ni mucho menos!, sino en el hecho de que, para la grabación, había desperdiciado más de una hora de su valioso tiempo; y, eso, era algo que le agradecí de veras.

Antes de abandonar nuestra tierra, aquel buen hombre y prestigioso científico me entregó un Certificado de Trabajo (arbeitsbescheinigun) notablemente encomiástico; tanto, que cuando lo presenté en la embajada de Alemania, en Madrid, se quedaron impresionados.

Se ofrecieron a sufragarme los gastos y enviarme de profesor ayudante a Clausthal; pero, eso sí, el primer año debería pasarlo en una Goethe Shule, aprendiendo el idioma.

La propuesta, aunque tentadora, me hacía perder mucho tiempo de potencial ejercicio profesional, así que, tras profunda reflexión, renuncié a ella. Y, por suerte, finalizando ese mismo año (1972), conseguí trabajo en Madrid, en la firma de estudios geotécnicos IBERGESA. @mundiario

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