Amanecer en África, de 'Pasos de baile y otros relatos', en MUNDIARIO

(...) Te encontrabas feliz, consciente de haber presenciado el más bello amanecer de tu vida: ¡Tu madre estaba viva! Así concluye este relato de una nueva colaboradora de MUNDIARIO.

Portada del libro Pasos de baile y otros relatos.
Portada del libro Pasos de baile y otros relatos.

Relato del libro 'Pasos de baile y otros relatos' (Ediciones Beta III), titulado 'Amanecer en África', que hemos adaptado con el visto bueno de la autora, que debuta hoy en MUNDIARIO.

 

Miraste al reloj. Tu madre no había tenido fiebre esa noche y se encontraba animada. ¡Gracias a Dios, había superado el período crítico! Te sonrió cuando le diste un beso de despedida. La mañana era húmeda y fría. Comenzaste a recorrer a paso ligero las avenidas del hospital hacia la puerta de salida. El lugar iba despertando: sanitarios que se incorporaban a sus puestos, un taxi circulando silencioso, una ambulancia que se alejaba… Las farolas encendidas y los edificios altos te impedían observar el amanecer, que llegaba desganado y sin que te dieses cuenta. Vino a tu memoria la postal de un bellísimo amanecer africano que te envió tu padre en tu décimo cumpleaños y la fascinación que te había producido. Parecía que estabas viéndola. En primer término, una llanura de tierras pardas y grisáceas salpicada de arbustos y matorrales; al fondo, varias montañas azuladas y, detrás de ellas, otras de color rosa intenso fundiéndose con el naranja del cielo, que iba derivando hasta el azul celeste en su parte más alta. Un impresionante fogonazo de luz asomaba tras una montaña dándole una viva tonalidad turquesa.

Tu padre viajaba con frecuencia a África, por asuntos de negocios. A su regreso, la vida familiar se convertía en una fiesta. Llegaba cargado de regalos: collares, brazaletes, telas estampadas de alegres colores, esculturas de ébano… Tenía una relación especial contigo, su hija mayor; eras su ojito derecho y lo sabías. Le gustaba acompañarte y, de camino al colegio, te hablaba de los niños nativos, de leones y jirafas, de los viajes en avión... Todo era fantástico y le sucedían más aventuras que a los padres de los demás niños. Era el más cariñoso, el más guapo y el más divertido; el mejor padre del mundo.

Aquel verano no pudo venir porque se le complicaron las cosas, y pasasteis las vacaciones en la costa con tu mamá y los abuelos. Estabas triste por su ausencia, lo mismo que tu madre, a quien sorprendiste más de una vez llorando en silencio. Dejaron de llegar sus cartas, sólo algún sobre grande con documentos, y hubo cambios importantes en vuestras vidas. Comenzasteis el curso en un colegio público, se suspendieron las clases de ballet y tu mamá se puso a trabajar en una oficina.

Guardabas la tarjeta postal en tu caja de secretos y la mirabas y releías de vez en cuando: “Felicidades, princesa mía. Algún día te traeré a África y contemplaremos juntos un amanecer como este. Te quiero mucho. Papá”. Hasta aquella tarde, a la salida del instituto, en que lo viste. Te quedaste paralizada, con el corazón latiendo desbocado, sin saber qué hacer o decir. Caminaba de frente, acercándose a ti: guapísimo, bronceado, con algunas canas en las sienes y menos alto de lo que recordabas. Traía de la mano a una niña mulata, algo mayor que tu hermano pequeño, con la que conversaba muy animado. Por un instante, su mirada se cruzó con la tuya, sin reconocerte, y pasó de largo. Al llegar a casa, rompiste la postal en mil pedazos y permaneciste mirándolos hasta que fueron engullidos por la descarga de agua de la cisterna. Nunca se lo contaste a tu madre.

La mañana volvió a ti. ¡Qué ganas sentías de correr y saltar, de cantar y gritar por aquellas avenidas del hospital! Se apagaron las farolas cuando llegaste a la puerta de salida y la ciudad, bañada por la tenue luz matutina, te acogió con una sonrisa. Te encontrabas feliz, consciente de haber presenciado el más bello amanecer de tu vida: ¡Tu madre estaba viva!

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