Alergias sin tregua en España con un sistema de salud saturado

El cóctel de cambio climático, hábitos urbanos y sobreexposición a contaminantes ha propiciado una tormenta perfecta para los alérgicos. Con millones de afectados, el sistema sanitario afronta un nuevo reto estructural.
Una mujer con alergia. / RR. SS.
Una mujer con alergia. / RR SS.

La primavera de 2025 ha sido, para muchos españoles, una auténtica pesadilla respiratoria. Más allá de las floridas estampas y las temperaturas agradables, lo que ha traído este año es una temporada de alergias sin precedentes, con niveles de polen calificados como “históricos” por los especialistas. Sin embargo, no se trata de un simple exceso puntual de partículas vegetales en el aire: estamos ante una tendencia en escalada que amenaza con cronificarse y que deja entrever las carencias de nuestro sistema de prevención y atención a enfermedades alérgicas.

Las lluvias abundantes de marzo, un invierno especialmente benigno y la llegada prematura del calor han acelerado los procesos de floración, generando niveles altísimos de polen de gramíneas, olivo y otras especies que, en conjunto, han saturado el aire. Lo grave es que no solo han sufrido quienes ya estaban diagnosticados. Esta temporada ha servido como detonante para que muchas personas que no se habían visto afectadas anteriormente experimenten, por primera vez, una rinitis alérgica de alto impacto. En otras palabras, la alergia está dejando de ser un problema de unos pocos para convertirse en un asunto de salud pública de primer orden.

Las zonas más afectadas han sido, una vez más, Andalucía y Extremadura con el olivo, y el centro peninsular con las gramíneas. Pero prácticamente ningún rincón del país ha escapado al fenómeno. Lo preocupante es que las causas de este incremento no son coyunturales, sino estructurales. El cambio climático no solo multiplica los niveles de polinización, también alarga las temporadas en las que los alérgenos permanecen en el ambiente. De hecho, hay pacientes que comienzan a presentar síntomas ya en invierno con el ciprés, continúan en primavera con el plátano de sombra o el olivo, y llegan al verano con nuevas oleadas de pólenes, como las amarantáceas o las salsolas. Este encadenamiento convierte la alergia en un mal casi perenne.

A todo esto se suman los efectos de la contaminación urbana. Las partículas de diésel, el ozono troposférico o las calimas actúan como catalizadores de los síntomas, agravando los cuadros clínicos. La exposición prolongada a productos químicos en espacios interiores —detergentes, cosméticos, pinturas o resinas— deteriora las mucosas respiratorias, facilitando la entrada de alérgenos y desencadenando respuestas inmunológicas cada vez más severas. Paradójicamente, la propia “higienización” del estilo de vida urbano está jugando en contra del sistema inmunológico. Como apuntan algunos especialistas, la reducción de infecciones graves por la mejora de las condiciones sanitarias podría estar provocando una reorientación del sistema defensivo hacia estímulos ambientales banales, pero persistentes.

Desde el punto de vista asistencial, los centros de salud han sido desbordados con consultas por rinoconjuntivitis y crisis asmáticas. Aunque los antihistamínicos y los tratamientos sintomáticos permiten un alivio temporal, no ofrecen una solución a largo plazo. La inmunoterapia —es decir, las vacunas específicas para alérgenos concretos— se presenta como una alternativa eficaz, pero su acceso es limitado y muchas veces se complica por el hecho de que la mayoría de los pacientes no son monosensibles, sino que reaccionan a múltiples tipos de polen, lo que dificulta su abordaje terapéutico.

Además, hay una brecha asistencial importante: en el sistema público, los especialistas en Alergología no pueden diagnosticar con precisión durante la temporada alta, ya que los medicamentos enmascaran los síntomas y alteran los resultados de las pruebas. Eso significa que muchos pacientes serán citados varios meses después, una demora que reduce la eficacia del tratamiento y alimenta el malestar.

La cuestión de fondo es si estamos preparados para asumir que las alergias, lejos de ser una molestia estacional, se están convirtiendo en un fenómeno crónico con impacto directo sobre la calidad de vida, la productividad laboral y la sostenibilidad del sistema sanitario. Según la Sociedad Española de Alergología, uno de cada cuatro españoles ya sufre algún tipo de alergia, y la tendencia sigue al alza. Sin medidas de prevención ambiental, mejora diagnóstica y campañas de educación sanitaria, seguiremos atrapados en este ciclo.

Mientras tanto, los consejos básicos siguen siendo los más eficaces: uso de mascarillas FFP2 en días críticos, gafas de sol, ventanillas cerradas en el coche, duchas al llegar a casa y lavados nasales y oculares. Es un protocolo sencillo, pero cada vez más imprescindible para millones de personas que viven pendientes del parte de polen como si se tratara de un aviso de tormenta. Porque, en el fondo, eso es lo que representa la alergia hoy: una tormenta invisible que ha venido para quedarse. @mundiario

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