Adicción a las pantallas: el enemigo invisible de la salud mental juvenil
La escena es cada vez más común: un adolescente con los auriculares puestos, la mirada fija en el móvil y el mundo real convertido en un molesto ruido de fondo. Es fácil pensar que se trata solo de una generación más tecnológica, pero el problema va mucho más allá de la nostalgia adulta. La adicción a las pantallas no solo modifica hábitos o rutinas; está reconfigurando, de forma peligrosa, la salud mental de los jóvenes. Lo dicen los estudios, lo alertan los expertos y lo evidencian los datos: ansiedad, depresión y autolesiones están creciendo al calor azul de una pantalla.
En una sociedad que celebró la llegada del primer smartphone como un avance sin precedentes, nadie imaginó que una década después muchos adolescentes preferirían quedarse en casa aislados, deslizando el dedo por TikTok, antes que salir a la calle con sus amigos. Tampoco que esa conexión constante —aparentemente inofensiva— acabaría por actuar como una droga invisible, capaz de anestesiar el sufrimiento emocional o, peor aún, de amplificarlo hasta el límite. La sobreexposición digital está teniendo consecuencias devastadoras en el cerebro y la autoestima de los menores, y lo peor es que el entorno adulto parece no estar preparado ni dispuesto a asumir su responsabilidad.
Un reciente informe elaborada por la Organización Mundial de la Salud (Health Behavior in School-aged Children, HBSC), revela que un 11% de los menores ya ven alteradas sus vidas por el uso problemático de móviles, consolas y ordenadores. Pero hay otro 32% que está en la frontera, un umbral difuso que separa el entretenimiento de la dependencia. Y ese es el mayor riesgo: no se ve venir. La línea entre el placer digital y el deterioro emocional es delgada y, cuando se cruza, muchas veces ya es tarde. Lo advirtió también la psiquiatra infantojuvenil Abigaíl Huertas: el contenido que consumen y cómo los algoritmos lo presentan afecta directamente al estado de ánimo y la percepción de uno mismo. Es decir, Instagram y YouTube no solo distraen, moldean.
En las consultas de salud mental crece una figura preocupante: la del adolescente que se autolesiona porque no sabe cómo expresar lo que siente, porque sufre en silencio tras horas de compararse con vidas perfectas en redes, o porque siente que nadie —ni en casa ni en clase— está disponible emocionalmente. Según El País, en palabras de la psiquiatra Lucía Torres, la autolesión aparece como un intento desesperado de recuperar el control, un gesto de dolor físico que apaga, por un momento, un sufrimiento más profundo. Y funciona. Al menos, a corto plazo. El cerebro libera endorfinas, dopamina y otros químicos que crean alivio. Pero también crean adicción. Y ese círculo, cuando se instala, cuesta romperlo.
Hiperconexión y vacío: un cóctel explosivo
El problema no es solo el número de horas frente a la pantalla. Es lo que ocurre mientras tanto. El algoritmo selecciona lo que los adolescentes ven, empujándolos hacia contenidos que muchas veces refuerzan la ansiedad, la presión estética o el sentimiento de inferioridad. Se construyen identidades digitales basadas en la validación externa, los “likes”, las visualizaciones. Todo lo que no genera respuesta inmediata se percibe como fracaso. Y ese fracaso no se queda en el móvil: cala en la autoestima, en la motivación, en el vínculo con el cuerpo.
Por eso, las mujeres jóvenes son especialmente vulnerables. La investigación de 2024 Estudio exploratorio sobre las afectaciones a la salud por la sobreexposición a redes sociales y pantallas con perspectiva de género, elaborado por la red de atención a las adicciones (UNAD) y la Federación Española de Jugadores de Azar Rehabilitados (FEJAR) y realizado entre marzo y noviembre de 2023, ha demostrado cómo la exposición prolongada a redes sociales se relaciona con trastornos de alimentación, baja autoestima, ansiedad y autolesiones. Todo en nombre de una conexión que, en realidad, aísla. Porque mientras más tiempo pasan conectados, más se debilita la vida real: menos conversaciones cara a cara, menos deporte, menos sueño, menos tiempo para estar con la familia. Menos todo.
¿Qué se puede hacer?
Lo primero es mirar el problema de frente. Reconocer que el smartphone no es solo una herramienta útil, sino también una fuente potencial de sufrimiento. Hablar con los adolescentes, no desde el miedo ni el reproche, sino desde la empatía. Enseñarles cómo funcionan los mecanismos de adicción, cómo identificar el malestar emocional y cómo pedir ayuda. Pero también formar a padres, docentes y profesionales de la salud para que puedan ofrecer ese soporte emocional que tanto se echa en falta.
El proyecto Control Z, liderado por Mar España, ha comenzado a dar pasos en esa dirección, reuniendo a expertos en salud mental para diseñar estrategias que frenen esta escalada de hiperconexión. Pero hace falta mucho más. Hace falta, sobre todo, voluntad política, recursos públicos y una implicación seria por parte de las plataformas digitales, que no pueden seguir lucrándose a costa del equilibrio emocional de los más jóvenes. @mundiario

