El accidente de Angrois pone en primer plano el sentimiento de solidaridad

Familiares de víctimas de la tragedia ferroviaria de Santiago / Xurxo Lobato
Familiares de víctimas de la tragedia ferroviaria de Santiago / Xurxo Lobato

Galicia sigue llegando con más de veinte años de retraso a los avances del transporte ferroviario y paga un alto precio por los desajustes de adaptaciones parciales.

El accidente de Angrois pone en primer plano el sentimiento de solidaridad

Los medios de transporte circulan cada día a mayor velocidad y las medidas de seguridad aumentan cada día. Nunca se viajó tanto, tan deprisa y con tantas medidas de seguridad, al menos en los países con un nivel aceptable de desarrollo. Y, sin embargo, nunca se ha reclamado más velocidad y más medidas de seguridad como ahora. Lo que en otros tiempos se hubiese aceptado con más o menos desesperación, pero casi siempre con cierta resignada fatalidad, hoy es objeto de análisis minuciosos, reclamaciones exhaustivas y críticas a todos los niveles.

En el desgraciado accidente ferroviario ocurrido en Angrois, a cuatro kilómetros de la estación de Santiago de Compostela, en la víspera del día del Apóstol (y del Día de Galicia o de la Patria Galega), se ha puesto de manifiesto que, en eso de los niveles de velocidades y de seguridades, todavía hay diferencias entre las diferentes zonas de España. Con independencia de que la generalización de la alta velocidad sea una opción discutible, sobre todo si se sigue manteniendo el diseño radial en torno al ombligo madrileño, está claro que Galicia sigue estando en el furgón de cola. 

Ya tardó en incorporarse al transporte ferroviario. Hasta 1873 no se inauguró el primer ferrocarril en tierras gallegas, el que hacía el trayecto Santiago-Carril, veinticinco años después de que comenzara a circular, en 1848, el primer ferrocarril en España, entre Barcelona y Mataró. Y hasta 1883 no se enlazó con el “exterior”, en este caso no muy exterior porque se trataba de la capital berciana, Ponferrada. El enlace sur, con Zamora, fue retrasándose hasta los años cincuenta del siglo pasado.

Cuando hace ya más de veinte años que se inauguró la primera línea de AVE en España (la de Sevilla-Madrid, como complemento de la Expo-92), todavía no se sabe cuándo se terminará la línea de alta velocidad en Galicia. En uno de esos tramos en los que se pierde la absoluta modernidad y los mecanismos de seguridad bajan un grado, aunque sea medio grado, puede sobrevenir la tragedia. Nunca es un solo factor, sino una conjunción de azares, imprevisiones y errores. Hay un trabajo de investigación que desarrollar para aclarar todas las circunstancias. Mejor esperar a sus conclusiones que especular con el apocalipsis terrorista o con la pornografía catastrofista, como han hecho algunos medios de comunicación. 

Seguro que la investigación de ahora va a ser más fiable que la manipulación del régimen franquista con la información sobre el accidente ferroviario más grave de la historia de España, el que afectó el 3 de enero de 1944, en Torre del Bierzo, al correo expreso Madrid-Coruña. Oficialmente, sólo se reconocieron 78 muertos, pero en el libro de récords Guinnes figuró, hasta 1972, como el accidente ferroviario más grave del mundo, aunque colocando entre interrogantes un cálculo de muertos entre 500 y 800. Quienes han estudiado el asunto con más sosiego creen que la cifra real estaría alrededor de los doscientos.

En estos tiempos de vértigo tecnológico, en que los grandes avances científicos y técnicos lo mismo mejoran la calidad de vida que hacen más sofisticados los mecanismos de control y de destrucción, este tipo de accidentes brutales nos recuerdan ciertos límites, en las prioridades o en las capacidades, con responsabilidades de fondo en mayor o menor grado. Pero sirven también para dejar en segundo plano, aunque sea provisionalmente, esas miserias que corrompen la convivencia ciudadana.

Sirven, sobre todo, para sacar al primer plano esa parte genética de la condición humana que configura su lado altruista, el que compensa su individualismo disgregador y que ha permitido una evolución equilibrada. Ante ese dolor colectivo, un sentimiento generalizado de solidaridad, canalizado a través de esos servicios públicos absolutamente necesarios, como se demuestra en ocasiones como esta, y que una tendencia hoy dominante –frívola e irresponsable– se empeña en desmantelar.

El accidente de Angrois pone en primer plano el sentimiento de solidaridad
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