70 años de Auschwitz: cómo hemos hecho soportable aquella demostración del mal
Lo que conmueve de la historia de Auswichtz no son los testimonios o la literatura de Primo Levi, sino la belleza perpetua de los bosques.
Lo que conmueve de la historia de Auswichtz no son los testimonios o la literatura de Primo Levi, sino la belleza perpetua de los bosques.
De nada vale que yo defienda a partir de lo ensayístico un hecho de asesinato que transpasa cualquier concepción antropológica de lo macabro como experiencia personal. Lo que más me ha conmovido sobre el exterminio hasta ahora no han sido los testimonios de los supervivientes, ni la literatura de Primo Levi o Imre Kertész, tampoco el documental de Lanzmann, sino la perpetuidad de los bosques que rodeaban al campo de Auswichtz o al de Treblinka, la belleza ensoñada, idílica, de aquellos parajes, un reflejo incandescente en cualquier cuento de Hoffmann.
Lo que me produce más pavor ese extatismo que la naturaleza con su verdeante llama representaba cerca de los crímenes en masa, donde se hizo por primera vez evidente que algunos seres humanos son capaces de fabricar cadáveres. Las palabras, los testimonios, las voces, los llantos, los edificios, los hechos en sí son estremecedores, pero me hunde en la mayor de las incertidumbres el silencio del bosque, la evidencia del crepúsculo, la indiferencia de la yerba que pisaban los animales nocturnos alrededor de los pabellones y crematorios. Cómo era posible que, tras el mutismo de esa belleza inmensa y poderosa, tras su sigiloso ritmo de vida, nada inquietara a nada, que todo siguiera igual bajo el asilo de una luz benigna y recóndita.