45 años, una honda película sobre la vejez, con un enorme trabajo de Charlotte Rampling

Tom Courtenay y Carlotte Rampling en una escena de la película 45 años.
Tom Courtenay y Carlotte Rampling en una escena de la película 45 años.

El director, Andrew Haigh, logra introducirnos en esa atmósfera de lento acabamiento, de demoledoras miradas hacia el enigmático e irresoluble pasado, de sentimientos duraderos que acaban tambaleándose.

 

45 años, una honda película sobre la vejez, con un enorme trabajo de Charlotte Rampling

El film 45 años nos invita a asistir a la tardía fractura de la solidez de una anciana pareja. La acción transcurre durante una semana que terminará el sábado con la celebración del 45º aniversario de su boda. Esa proyectada exhibición social de su añejo idilio se verá ensombrecida por una noticia en forma de carta que recibe él: el cadáver congelado de una antigua novia ha sido descubierto en un glaciar de los Alpes. Este repentino e inesperado afloramiento del pasado, lo alterará profundamente, lo sumirá en una actitud retrospectiva. Reviven en él antiguos sentimientos, ese temprano amor, una relación que pudo ser la de su vida pero que quedó truncada por la muerte de esa joven alemana.

Ella sabe que ese amor fue previo a que ellos se conocieran. Lo reconoce así, no quiere concederle importancia, pero el secretismo de su marido, que ahora se va desvelando, hace que sienta como si ese hecho pasado hubiera estado transcurriendo en su mente durante todos esos años en que él lo ha silenciado. En el desván, junto a otros objetos de su juventud, él conserva las reliquias de aquella relación: los cuadernos, los billetes de tren, las fotografías, las diapositivas que revelan secretos. Ella, en su progresiva inquietud, en su hiriente sospecha, sin que él lo sepa, accede a esos documentos. Él sigue callando. De ello se deduce la importancia que le da a ese pasaje de su vida, su inopinada vigencia. De ahí, nace en ella una desconfianza del todo imprevista, una revisión doliente de sus días.

La consistencia de su relación se ha resquebrajado. Ella siente cómo él se va extraviando, reencontrándose en los remotos rincones de su biografía, haciéndose cada vez más extraño. Él se da cuenta, pero no puede evitarlo. Cada noche, cuando cree que ella está durmiendo, sube al desván, se recrea en la rememoración de un tiempo frustrado. En algunos momentos, intenta contrarrestar su distancia con aproximaciones que rebasan lo usual, pero ella duda de que él esté íntegramente presente en esos gestos. Y no se equivoca. El pensamiento de él, sus impulsos, vagan muy lejos, y solo su achacosa senectud lo disuade de coger un vuelo y acudir a contemplar la intacta imagen de su pasado bajo una limpia, transparente capa de hielo.

La película resulta un magnífico retrato de unos ancianos vencidos por una sensación de finitud. La casa en la que viven parece detenida, ya solo alberga objetos raídos por el tiempo, discos que evocan el terco anclaje en un pasado excluyente; una casa oprimida por el silencio, por la negativa a explorar nuevos caminos, a esforzarse en vislumbrar renovadas metas. Él repite su intento de leer a Kierkegard por tercera vez, aunque nunca pase del segundo capítulo; acude a una comida organizada en la empresa en la que trabajaba y su oscura y prejuiciosa conclusión es abiertamente reprobatoria de todos los cambios que se han producido.

Ella tampoco espera nada nuevo de la vida. Su única pretensión es intentar solventar ese último periodo con dignidad, sin sobresaltos. Pero, toda esa plácida, aunque desvaída y triste expectativa, se ha truncado. Poco a poco, irá descubriendo la importancia que tuvo para él aquella joven, la probable condición de sustituta que durante todos esos años ha significado ella misma. Cuando llega el día de la fiesta, él se esfuerza en volatilizar ese aplastante deterioro que se ha introducido en sus vidas, todas esa larga sombra que alcanza hasta sus inicios, pero ya no es posible.

Charlotte Rampling nos ofrece una gran interpretación, plena de austeros matices. Tom Courtenay compone convincentemente ese personaje maltrecho por los años, herido por la incompatibilidad de las posibles bifurcaciones de la vida. El director, Andrew Haigh, logra introducirnos en esa atmósfera de lento acabamiento, de demoledoras miradas hacia el enigmático e irresoluble pasado, de sentimientos duraderos que acaban tambaleándose. Si, al principio, parece que pisa peligrosamente los aledaños de lo que hubiera sido un desdeñable terreno ternurista, después se mueve en el más contundente espacio de una realidad tozudamente inquietante, elaborando una profunda penetración en la avaricia humana por los recuerdos, por la propia imagen; en definitiva, por el acumulado capital de lo vivido – aunque pueda ser severamente cuestionado -, en detrimento de las necesarias fuerzas para reemprenderse desde una siempre necesaria sed de futuro.

45 años, una honda película sobre la vejez, con un enorme trabajo de Charlotte Rampling
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