La vacunación infantil se estanca y amenaza con revivir enfermedades del pasado

Los países ricos relajan sus estrategias de inmunización y los virus lo aprovechan: polio, sarampión y difteria vuelven a abrirse paso.
Un bebé recibe una vacuna. / OMS.
Un bebé recibe una vacuna. / OMS.

En junio de 2015, un niño de seis años murió en Olot, Girona, por una enfermedad que muchos creían cosa del pasado: la difteria. Según señala El País, este fue el primer caso registrado en España desde 1987. El pequeño no estaba vacunado, por decisión de sus padres, y su historia se convirtió en un símbolo brutal del precio que puede llegar a pagarse por abrazar teorías negacionistas. Diez años después, aquel drama no solo no ha desaparecido de la agenda de salud pública: hoy cobra más sentido que nunca.

La vacunación infantil, una herramienta que ha salvado más de 150 millones de vidas en el último medio siglo, se estanca o incluso retrocede en países desarrollados. Y el resultado, como advierte una reciente investigación publicada en The Lancet, es la reaparición de enfermedades que deberían estar superadas: difteria en Venezuela, sarampión en Europa, polio en Pakistán.

El fenómeno es, en cierto modo, paradójico: las vacunas han sido tan eficaces que muchas personas ya no temen las enfermedades que previenen. “Cuando hay ausencia de enfermedad, hay disuasión de la vacunación”, reflexionaba Boi Ruiz, exconsejero de Salud de Cataluña, recordando el caso del niño fallecido por difteria. Es una lógica perversa. Cuanto mejor funcionan las vacunas, más olvidamos su necesidad. El problema no es solo individual, sino colectivo: cuando una parte significativa de la población baja la guardia, todos estamos en riesgo.

El último informe internacional, que analiza datos de 200 países, lanza una señal de alarma clara: entre 2010 y 2019, 21 países de altos ingresos —entre ellos España, Francia, Alemania, Reino Unido, Japón o EE UU— registraron caídas en sus coberturas vacunales infantiles. Aunque en algunos casos los descensos han sido leves, los efectos ya se dejan notar. El sarampión, considerado erradicado en varios países, ha vuelto con fuerza. En Europa se han multiplicado por diez los casos en lo que va de 2024, alcanzando cifras no vistas desde 1997. Y en EE UU, donde el debate antivacunas ha cobrado fuerza tras la pandemia, el primer fallecimiento por sarampión infantil en una década ocurrió este año.

No es una crisis, es una advertencia

No estamos, todavía, ante una crisis sanitaria global. Pero sí en una encrucijada. El estancamiento en las coberturas vacunales coincide con la proliferación de bulos, el descrédito de la ciencia y las cicatrices sociales y emocionales que dejó la pandemia de covid-19. Según los autores del estudio de The Lancet, la confianza en la vacunación rutinaria ha sufrido daños que tardarán años en repararse. En EE UU, las tasas de exención de vacunas en preescolares alcanzaron en 2024 su máximo histórico. Y en Europa, crecen las comunidades que rechazan sistemáticamente la inmunización infantil, alimentadas por la desinformación.

Este fenómeno no distingue ideologías: puede partir de un esoterismo mal entendido, de una desconfianza visceral hacia el Estado o de un individualismo radical. Pero las consecuencias sí son universales. Cuando se pierde inmunidad colectiva, resucitan enfermedades que no solo son graves, sino letales para los más vulnerables: bebés, personas inmunodeprimidas, ancianos. Es una cuestión de solidaridad y de responsabilidad.

El espejismo del progreso continúo

En las últimas décadas, la humanidad ha tendido a asumir que la historia solo avanza en línea recta. Que siempre iremos a mejor. Las vacunas, símbolo de esa modernidad científica, parecían un éxito irreversible. Pero ahora vemos que no hay avances eternos si se descuida su mantenimiento. Entre 1980 y 2019, los niños no vacunados en el mundo se redujeron de 58,8 millones a 14,7. Sin embargo, en 2021 la cifra volvió a subir hasta 18,6 millones. En 2023, había aún un millón más de menores sin vacunar que en 2019.

A esto se suman los efectos de decisiones políticas cortoplacistas, como los recortes a la OMS o la retirada de fondos a alianzas internacionales como Gavi. Estados Unidos, bajo la presidencia de Donald Trump, dio la espalda a estos organismos. Y aunque el daño se nota más en países con sistemas de salud frágiles, también deja cicatrices en Occidente.

El precio de olvidar

España mantiene una cobertura vacunal infantil elevada (96,7% en 2023), pero también ha bajado ligeramente desde 2019. ¿Es preocupante? Sí, porque cada décima cuenta. Porque ya ocurrió en Girona y podría repetirse. Porque mientras los movimientos antivacunas ganan adeptos en redes, los responsables de salud pública callan o no encuentran el tono adecuado. Como sociedad, estamos perdiendo el miedo a enfermedades peligrosas sin haberlas vencido del todo.

La vacunación no es solo una opción médica. Es un pacto social, una muestra de responsabilidad con quienes no pueden vacunarse. Que un niño muera en 2025 por sarampión o difteria no es solo una tragedia familiar. Es un fracaso colectivo. @mundiario

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