Qué hacer cuando el culto al bienestar se convierte en prisión
Vivimos rodeados de consejos que, en teoría, deberían hacernos sentir mejor: no fumes, no bebas, muévete más, duerme mejor, evita el azúcar, toma el sol pero poco, medita, respira, ayuna. La lista es interminable y cambia cada semana. Lo que ayer era superalimento, hoy es veneno. En esta vorágine de normas saludables se ha instalado una nueva forma de ansiedad: la del bienestar obligatorio.
No hablamos ya solo de salud, sino de una estética y un estilo de vida que hay que seguir casi con devoción. Una industria de seis billones anuales, más poderosa que la farmacéutica, se lucra vendiéndonos suplementos, rutinas, batidos y experiencias que prometen perfección física y paz interior. Pero lo que muchas veces generan es cansancio, frustración y culpa. Porque, por mucho que lo intentemos, la versión “óptima” de uno mismo siempre parece estar un paso más allá.
Los gurús del bienestar predican una disciplina casi religiosa: madrugar, hacer deporte, cuidar la microbiota, controlar el cortisol, monitorizar el sueño. Según el filósofo Slavoj Zizek, esta búsqueda de placer regulado no es otra cosa que “ascetismo hedonista”: una paradoja en la que uno se esclaviza a sí mismo para poder disfrutar. La espontaneidad, esa alegría de vivir sin cálculo, queda abolida. Incluso la felicidad se planifica.
El bienestar, que debería ser un fin, se convierte en un medio. Lo vemos en el mundo corporativo, donde las empresas ofrecen clases de yoga o mindfulness no para el bienestar del empleado, sino para aumentar su productividad. Lo vemos en las redes, donde la gente se mata en el gimnasio y se priva de todo placer para proyectar una imagen perfecta de salud y éxito. La baronesa Cavendish lo resumía con sarcasmo: “Para triunfar hoy hay que estar agotado… de tanto intentar vivir para siempre”.
Una ansiedad más profunda
Pero no se trata solo de narcisismo o postureo. Detrás de esta fiebre por estar bien hay una ansiedad más profunda: la de la muerte. Como advertía Zygmunt Bauman, hemos sustituido la fe en Dios por la fe en el estilo de vida saludable. Si comemos bien, dormimos bien y hacemos ejercicio, creemos que podremos retrasar lo inevitable. Y así, sin darnos cuenta, luchamos contra la muerte ocupando cada minuto con tareas “útiles”, como si el control absoluto sobre el cuerpo pudiera ahorrarnos el destino común de todos los humanos.
El filósofo Javier Gomá alertaba del “totalitarismo del bien”: cuando incluso lo deseable —como la salud o la belleza— se convierte en un mandato, deja de liberarnos y empieza a oprimirnos. La vida se planifica hasta el último rincón, se monitoriza cada bocado y se cronometra cada siesta. Pero la vida, nos recuerda Gomá, es incontrolable, y pretender dominarla por completo conduce al agotamiento y al fracaso.
¿Qué hacer, entonces, cuando cuidarse se vuelve una carga? Tal vez la respuesta esté en lo que propone Liv Strömquist: rebelarse, aunque sea de vez en cuando. Declararse en huelga de uno mismo. Salir a tomar el aire sin reloj, sin pulsera inteligente, sin pensar si es cardio o no. Comer sin remordimientos. No buscar la versión “mejorada” de uno mismo, sino simplemente ser.
Aceptar que envejeceremos, que enfermaremos, que no siempre estaremos bien. Dejar de competir por ver quién es más guapo, más zen o más resiliente. Porque en esa aceptación de lo finito y lo imperfecto puede que esté el verdadero bienestar. Uno que no se compra ni se mide, pero que se siente. @mundiario


