Menos sueño hoy, más enfermedad mañana

Dormir menos de lo necesario ya no es una elección individual, sino una tendencia colectiva con impacto directo en la salud. La neurociencia alerta de que el estrés, las pantallas y los ritmos actuales están alterando procesos cerebrales clave, debilitando el sistema inmune y afectando a la memoria y al bienestar mental.
Una mujer con su antifaz para dormir. / iStock.
Una mujer con su antifaz para dormir. / iStock.

Dormimos aproximadamente un tercio de nuestra vida y, aun así, seguimos tratando el sueño como un lujo prescindible. No es solo una contradicción cultural, es un error sanitario de gran calado. El neurocientífico Luis de Lecea, catedrático en la Universidad de Stanford, lleva años insistiendo en una idea incómoda para esta época de prisas y pantallas encendidas. Dormimos poco y dormimos mal, y eso no sale gratis.

El sueño no es un interruptor que se apaga y se enciende. Es un proceso activo y complejo que permite al cerebro reparar neuronas, reorganizar circuitos, reducir la inflamación y consolidar la memoria. También refuerza el sistema inmunológico y protege frente al deterioro cognitivo. Dicho de forma sencilla, dormir bien es una de las herramientas más eficaces que tiene el cuerpo para mantenerse sano sin necesidad de fármacos.

Estrés pantallas y dopamina

Si el sueño es tan importante, por qué lo estamos sacrificando. La respuesta no es única, pero hay un factor que pesa más que los demás. El estrés. Nuestro cerebro interpreta el estrés como una señal de peligro y, en ese modo de supervivencia, dormir pasa a un segundo plano. A esto se suma un entorno que no ayuda. La luz artificial constante y el uso compulsivo de pantallas mantienen activados los sistemas de alerta del cerebro.

Las redes sociales, el correo electrónico o los vídeos infinitos no solo emiten luz. También disparan la dopamina, el neurotransmisor asociado a la motivación y la recompensa. Para dormir, la dopamina tiene que bajar. Si no lo hace, el cerebro no entra en la fase previa al sueño, esa especie de desaceleración que prepara al organismo para descansar. Es como intentar frenar un coche sin soltar el acelerador.

De Lecea advierte de que con estos hábitos estamos dañando una fase especialmente placentera del sueño, la anticipación. No es un detalle menor. Sin esa transición, el descanso pierde calidad, aunque pasemos horas en la cama.

Un problema público no individual

A menudo se presenta el mal dormir como una cuestión de disciplina personal. Acuéstate antes, deja el móvil, haz ejercicio. Todo eso ayuda, pero el enfoque es insuficiente. La falta de sueño es ya un problema de salud pública. Afecta al sistema cardiovascular, al sistema inmune y a la salud mental. Además, no se compensa durmiendo más el fin de semana. El cuerpo no entiende de calendarios laborales y esos cambios bruscos generan más estrés fisiológico.

El sueño es también una metáfora de nuestra forma de vivir. Una sociedad que no descansa es una sociedad que no se repara. Seguir estirando los límites biológicos tiene consecuencias, aunque no siempre sean inmediatas. La ciencia todavía no sabe exactamente para qué sirve cada fase del sueño, pero sí sabe qué ocurre cuando faltan. Y lo que ocurre no es bueno.

La solución no pasa solo por consejos individuales, sino por repensar horarios, ritmos de trabajo, uso de la tecnología y educación en salud desde edades tempranas. Dormir mejor no es volver atrás, es avanzar con más inteligencia. Porque cuidar el sueño no es un capricho, es una inversión colectiva en bienestar y futuro. @mundiario

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