El impulso que se impone: la cara oculta de la cleptomanía

El caso de Winona Ryder fue el espejo deformado en el que muchos miraron por primera vez la cleptomanía. Lo que se retrató como un escándalo era, en realidad, el reflejo de un trastorno psicológico.
Clientes en un centro comercial. / RR SS.
Clientes en un centro comercial. / RR SS.

En el año 2001, las cámaras enfocaron con fruición a una de las actrices más queridas de Hollywood: Winona Ryder. No era una alfombra roja ni el rodaje de una película lo que capturaban, sino su detención por hurto en unos grandes almacenes. El juicio público fue implacable. Más allá de las sanciones legales, fue condenada al escarnio y la burla. Aquello no fue solo un episodio mediático; fue también una ocasión perdida para que la sociedad abordara con seriedad la cleptomanía, un trastorno mental que aún hoy se trata más con desprecio que con comprensión.

La cleptomanía no es simplemente “robar por vicio” ni un capricho del que puede zafarse quien quiera. Es un impulso patológico, una tormenta interna que arrastra a quien lo sufre a actuar en contra de sus propios valores, para luego sumirse en la culpa más corrosiva. No hay beneficio material, no hay disfrute. Hay alivio momentáneo, seguido de dolor duradero. Y sin embargo, seguimos juzgando a estas personas como si fueran ladronas sin principios, cuando en realidad están atrapadas en una espiral invisible.

Lo más preocupante es que este juicio social no solo desinforma, también desactiva. Nadie quiere admitir que padece algo que provoca risa o indignación en los demás. Por eso, la cleptomanía es un trastorno que llega a la consulta tarde, mal y arrastrado por la fuerza de otros problemas colaterales. El estigma es una barrera tan alta que impide a muchos recibir ayuda a tiempo, lo que empeora el pronóstico y dispara el abandono de los tratamientos.

Y aquí llega la gran paradoja: en una era en la que presumimos de visibilizar la salud mental, seguimos ridiculizando lo que no comprendemos. ¿Por qué nos resulta tan difícil aceptar que la mente humana también puede fallar en el control de impulsos? ¿Por qué seguimos infantilizando o criminalizando trastornos como la cleptomanía o la piromanía, en vez de investigarlos a fondo?

No se trata de voluntad sino de incapacidad

Estudios recientes, como el liderado por Lucero Munguía desde el Idibell de Barcelona, muestran avances importantes: se está empezando a perfilar la diferencia entre pacientes con rasgos más impulsivos y aquellos con perfiles compulsivos. Se comienza a hablar, por fin, de tratamientos diferenciados y abordajes terapéuticos más precisos. Pero aún queda un largo camino. Sobre todo, uno que implique un cambio cultural profundo: dejar de ver la cleptomanía como un chiste o una excusa.

No se trata de justificar delitos ni de negar la necesidad de consecuencias. Pero sí de entender que, en muchos casos, no hablamos de voluntad sino de incapacidad. No de codicia, sino de dolor. La cleptomanía es una forma de regulación emocional malograda, una respuesta fallida al malestar. Y como tal, necesita menos morbo y más empatía; menos juicio sumario y más escucha.

Tal vez ha llegado el momento de preguntarnos qué tipo de sociedad queremos construir: una que se ríe de quien sufre o una que tiende la mano para comprender. Porque mientras sigamos ignorando la espiral incomprendida de la cleptomanía, muchas personas seguirán cayendo en ella... sin que nadie mire más allá del titular fácil. @mundiario

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