El calor que quema la mente: cuando el verano se vuelve insoportable
Durante años se creyó que el verano era la estación del gozo, de las terrazas y de los planes al aire libre. Pero la experiencia contemporánea, marcada por olas de calor cada vez más frecuentes e intensas, ha convertido esa idea en una postal desactualizada. Hoy, cuando el mercurio se dispara por encima de los 40 grados, la vida se ralentiza, el cuerpo se agota y la mente se resiente. El malestar que genera el calor no es solo físico. La ciencia empieza a confirmar lo que la intuición y la experiencia cotidiana ya venían diciendo: el calor extremo también deprime.
Es fácil notarlo. La ciudad en plena ola de calor parece una distopía: calles desiertas, rostros irritables, ánimo por los suelos. Las personas se vuelven más apáticas, más agresivas o simplemente más tristes. La vida social se encoge, las noches se vuelven eternas por el insomnio, y lo que normalmente servía de refugio emocional —una conversación, una caminata, un rato de ejercicio— queda cancelado por la tiranía del sol. La canícula suspende los vínculos y, en ese silencio forzado, las emociones se desbocan.
El malestar es real, y los estudios empiezan a ponerle cifras. Un metaanálisis de 2023 publicado en The Lancet ya alertaba de un aumento de hospitalizaciones psiquiátricas y suicidios durante los periodos de calor extremo. Otro estudio más reciente, aparecido en Nature Climate Change, atribuye al calor casi un 2% de la carga en la aparición de enfermedades mentales como depresión, ansiedad o abuso de sustancias. En adolescentes, la vulnerabilidad es aún más pronunciada.
Este efecto no es casual ni anecdótico. Tiene raíces fisiológicas, conductuales y sociales. El calor afecta los ritmos hormonales, la calidad del sueño y las funciones cognitivas asociadas a la regulación emocional. Pero además, impide que hagamos justo lo que nos mantiene mentalmente estables: dormir bien, movernos, socializar. Y así se perpetúa el círculo vicioso.
No todos sufren igual
La crisis no es solo térmica, sino profundamente social. No todo el mundo padece el calor de la misma manera. En los barrios ricos, se sobrevive gracias al aire acondicionado, las piscinas y las casas con buen aislamiento. En los barrios pobres, en cambio, la exposición al sol es casi total. Ventanas sin persianas, bloques sin sombra, calles sin árboles. Allí, donde la vulnerabilidad ya es la norma, el calor multiplica su daño.
Según sostiene El País, la llamada “injusticia climática” no es un concepto abstracto: es una realidad palpable. Las personas con menos recursos no solo soportan temperaturas más altas, sino que también tienen menos acceso a atención psicológica o espacios que amortigüen el impacto emocional del calor. Para los sintecho, el verano puede ser incluso más cruel que el invierno. Sin cobijo, sin café refrigerado, sin duchas frías. Solo el ardor del aire, las miradas esquivas y la espera de una noche que tal vez no refresque.
Aceptar que el calor nos deprime no es exagerado, ni señal de debilidad. Es una forma de ponerle nombre a un sufrimiento que hasta ahora era invisible. Y también una llamada a repensar cómo habitamos nuestras ciudades, nuestras casas y nuestros cuerpos en tiempos de emergencia climática. @mundiario


