Ayuno intermitente: entre la ciencia y el postureo digital

En tiempos donde la salud se mide en seguidores, el ayuno intermitente ha pasado de ser una práctica médica a convertirse en una doctrina estética.
Ayuno intermitente. / RR. SS.
Ayuno intermitente. / RR SS.

En las redes sociales, la salud se muestra como un ideal brillante, esculpido y vestido con lycras ajustadas. Quienes hablan de alimentación o estilo de vida desde sus perfiles suelen hacerlo con una convicción absoluta, sin fisuras ni matices. Y eso vende. Especialmente si el mensaje viene acompañado de abdominales marcados o tops deportivos. Así es como el ayuno intermitente ha alcanzado una popularidad desmedida, como si fuera la fórmula secreta para lograr el cuerpo perfecto. Pero la realidad es, como siempre, más compleja.

El ayuno intermitente no es una dieta en el sentido estricto, sino una organización del tiempo en torno a la comida. En su modalidad más común, se alternan 16 horas de ayuno con 8 de alimentación. Esto puede implicar saltarse el desayuno o la cena, según la rutina y preferencias del individuo. Durante el ayuno, no se ingiere nada calórico: agua, infusiones y café solo están permitidos. Y no, tomar un café con mantequilla rompe el ayuno... y probablemente el estómago también.

La lógica fisiológica detrás del ayuno es que, al no recibir alimentos durante un periodo prolongado, el cuerpo primero utiliza el glucógeno almacenado y luego recurre a las grasas para obtener energía. Esto, a nivel metabólico, puede favorecer ciertos marcadores como la sensibilidad a la insulina, la presión arterial o el perfil lipídico. Incluso se ha sugerido que podría ayudar en la prevención de enfermedades cardiovasculares y metabólicas, aunque las evidencias aún no son concluyentes.

Pero no todo es tan idílico como lo pintan en Instagram. La revisión de Nutrimedia y la Universidad Pompeu Fabra, por ejemplo, concluye que gran parte de la pérdida de peso atribuida al ayuno se debe, simplemente, a que se come menos. Menos horas para comer equivale a menos comida, y eso reduce el aporte calórico total. Fin del misterio. La franja horaria también importa: parece ser más efectiva si la alimentación se concentra entre las 7:00 y las 15:00.

Una regla rígida

El verdadero problema surge cuando el ayuno se impone como una regla rígida, especialmente en personas con una relación complicada con la comida. Para quienes sienten culpa al comer, o piensan constantemente en la próxima ingesta, el ayuno puede convertirse en un desencadenante de ansiedad o desórdenes alimentarios. Tampoco es recomendable para personas con diabetes, mujeres embarazadas o quienes han atravesado trastornos alimentarios. Y aun sin patologías, convertir el ayuno en una obligación puede ser más perjudicial que beneficioso.

Ahora bien, el ayuno solo funciona sin efectos negativos cuando encaja de manera natural en el ritmo de vida de una persona. Algunos simplemente no desayunan porque no tienen hambre. Otros, por sus turnos laborales, ya hacen largos periodos sin comer. Para ellos, no se trata de forzar una estrategia, sino de ponerle nombre a un hábito ya existente.

Pero cuando leo en redes sociales preguntas como “¿rompe el ayuno un chicle sin azúcar?” o “¿puedo tomar una cucharada de aceite de coco en ayunas?”, surge la pregunta de si no estamos perdiendo el norte. Si convertir cada acción cotidiana en una amenaza para nuestro cuerpo ideal no es, en el fondo, una forma de castigo disfrazado de autocuidado.

El ayuno intermitente puede ser útil, pero no es mágico. Y sobre todo, no es para todos. Antes de seguir a cualquier influencer en ropa ajustada, valdría la pena seguir un consejo más básico: escucha a tu cuerpo y consulta a profesionales, no a algoritmos. Porque al final, vivir no rompe el ayuno… pero obsesionarse con él, sí que puede rompernos a nosotros. @mundiario

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