Sánchez busca una purga en el PSOE sin soltar el poder
Pedro Sánchez ha vuelto a situarse en el ojo del huracán político, y esta vez ni la experiencia ni el instinto parecen bastar para disipar la tormenta. El escándalo de corrupción que ha acabado con Santos Cerdán, su ex mano derecha, entre rejas, no es un caso más. Es un golpe demoledor que no solo ha dejado al PSOE herido, sino que ha puesto en cuestión el crédito ético del Gobierno en su conjunto. No es casual que las miradas estén puestas ahora en los próximos movimientos del presidente, especialmente en el comité federal del PSOE de este sábado, y en su esperada comparecencia del 9 de julio en el Congreso.
Sánchez, fiel a su estilo hermético y calculador, escucha pero no se precipita. Sin embargo, todos en su entorno asumen que habrá una “sacudida”. No solo se trata de tapar el hueco que deja Cerdán, sino de evitar que la gangrena de la corrupción se extienda por un cuerpo ya debilitado por las sospechas, las encuestas adversas y una oposición al acecho. Lo que se espera no es una simple reestructuración de nombres, sino una revisión de fondo: del código ético, de los mecanismos de control internos, de la cultura política en el seno del PSOE.
Se habla incluso de aplicar mecanismos de compliance —normas de cumplimiento y vigilancia propias del mundo empresarial— como si el partido necesitara un comité de crisis permanente. Hay quien considera estas medidas como pasos necesarios para recuperar la credibilidad; otros las ven como un parche tardío, cuando el daño ya está hecho y la confianza pública gravemente erosionada.
Sumar, por su parte, ha endurecido el tono. Consciente de su debilidad electoral pero también de su posición clave en la estabilidad del Ejecutivo, Yolanda Díaz y su equipo han decidido tensar la cuerda. Exigen explicaciones claras, reformas contundentes y un giro social que rescate las promesas del acuerdo de Gobierno que han sido arrinconadas en la práctica legislativa. Este miércoles, la reunión de coordinación de la coalición será cualquier cosa menos una formalidad. Sumar no está dispuesta a seguir amortiguando el desgaste del PSOE sin condiciones.
La formación liderada por Díaz quiere marcar perfil propio en un momento en que la corrupción puede arrastrar al conjunto del Gobierno. Insiste en que la comparecencia de Sánchez del 9 de julio no puede ser un monólogo socialista, sino un momento clave del Ejecutivo de coalición. Y reclama medidas concretas: desde sanciones ejemplares hasta el relanzamiento de políticas sociales paralizadas. En su hoja de ruta se incluyen permisos de conciliación retribuidos, una prestación universal por crianza y la depuración efectiva de responsabilidades.
El escenario recuerda peligrosamente al que vivió la izquierda portuguesa con António Costa: un primer ministro que dimitió por un escándalo que acabó en nada, pero cuya renuncia precipitó la victoria de la derecha y la fragmentación del espacio progresista. Sánchez, que ha tomado nota de esa lección lusa, no contempla la rendición. Su entorno insiste: no habrá adelanto electoral, ni moción de confianza, ni sucesor a la vista. El presidente seguirá al mando, con el convencimiento de que entregarle el poder a la derecha en este momento sería una irresponsabilidad.
La Moncloa observa, no sin cierta satisfacción, que ni el PNV ni Junts han mordido el anzuelo del PP, que intenta pescar apoyos para una eventual moción de censura. Pero la estabilidad no se garantiza solo con la falta de alternativa parlamentaria. La erosión interna y el desprestigio público pueden desgastar más que una ofensiva opositora. Y la situación del PSOE es alarmante: ver a uno de sus máximos dirigentes en la misma prisión que Bárcenas ha supuesto un mazazo psicológico para una organización ya castigada por anteriores escándalos.
El debate interno está servido. Algunos barones y cuadros medios reclaman un congreso extraordinario para renovar liderazgos y cerrar filas. Otros temen que ese movimiento desate una guerra fratricida como la que siguió a la retirada de Zapatero y la designación de Rubalcaba. De momento, Sánchez conserva el control orgánico, pero su margen de maniobra política se estrecha cada día. La sensación de que la legislatura puede zozobrar si no hay una reacción firme es compartida, incluso entre los más leales.
Pilar Alegría, portavoz del Gobierno, verbalizó la desolación que se respira en el Ejecutivo: “Es profundamente desgarrador y doloroso ver entrar en prisión al señor Cerdán por unos hechos bochornosos”. Pero el gesto no basta. La ciudadanía y los socios esperan respuestas más allá del lamento.
En esta crisis, Sánchez se juega más que una legislatura: se juega el legado político de la izquierda que apostó por resistir frente a la derecha y por construir un bloque progresista que hiciera reformas estructurales. Si fracasa, no solo caerá el Gobierno. Puede arrastrar con él la posibilidad de que en España se vuelva a formar una mayoría progresista en muchos años.
El tiempo apremia. Este sábado, el PSOE deberá comenzar su catarsis. El miércoles, la coalición tendrá que decidir si está dispuesta a mantenerse unida ante la adversidad. Y el 9 de julio, Pedro Sánchez deberá rendir cuentas no solo ante el Congreso, sino ante el país. Si quiere mantenerse en pie, tendrá que ofrecer mucho más que un relato: tendrá que tomar decisiones que demuestren que su liderazgo sigue teniendo sentido. @mundiario



