Rubalcaba es alérgico a la moción de censura al Gobierno de Mariano Rajoy
El sueño de Pedro Jota es cazar a un Presidente del Gobierno. Es el trofeo que le falta para pasar a la posteridad como el gran cazador blanco mediático español. Hubo un tiempo en el que este señor soñaba con ser ministro de la transición y la cosa cuando fuese mayor. Pero, chico, le robaron la cartera tras ponerle la miel de los labios, como después le sucedió a su querido enemigo Baltasar Garzón, ¿recuerdas?, y nunca sabremos si España perdió dos exóticos miembros de sucesivos Consejos de Ministros, pero ha quedado claro que dio a luz a dos Rambos que se echaron al monte de la libertad de expresión y de la justicia por libre.
Ahora, miradle, persigue ese Grand Slam informativo con el mismo tesón que Ballesteros su primer Open Británico o Nadal su primer Roland Garros. Cada ego es que tiene sus íntimos e inescrutables delirios de grandeza, oye. A Fraga le iban el corzo y el urogallo, que todavía está por ver si el viejo león de Vilalba no se habrá cargado el último ejemplar de la especie. Franco, paradójicamente, disparaba a todo lo que se movía, a pesar de ser el más ferviente y expeditivo defensor del Movimiento. Y en ese panorama de la Escopeta Nacional que ya dejó esbozado Berlanga, al Rey le van los elefantes, que vienen siendo como Presidentes del Gobierno de la sabana. Sólo que a Juan Carlos I, en una trascendente cuestión de Estado, se le ha retirado la licencia por iniciativa mediática y popular. Pero está claro que, salvo el Rey, que pidió perdón y no está claro que haya sido perdonado, en España se puede practicar la caza mayor a discreción.
El nuevo instinto magnicida de palabra
Cierto es, señores del jurado, que por lo menos ahora se practica exclusivamente el atentado oral o escrito. O sea, el magnicidio de palabra, de pancarta, de escrache, de incontinencia verbal en una tertulia, en un parlamento o en un artículo de opinión. O sea, cuando un presidente de derechas estorba, por razones distintas y distantes, sale enseguida un líder minoritario, un portavoz del principal partido de la oposición, un fanático mediático, un indignado, un disidente aferrado a su última “Esperanza”, pidiendo su cabeza. Si el presidente es de izquierdas, en cambio, tiene la ventaja de contar con la proverbial paciencia de los Cayolara, los Cañameros, las Colau, los esquerrarepublicanos, los Cándidoméndez y demás figuras emergentes entre el discreto encanto de la progresía. Como mucho, clama en el desierto la voz de un Jiménez Losantos y se escucha en la tribuna del Congreso el mantra estridente y agudo de algún joven Aznar decidido a ganar por agotamiento del contrario: ¡váyase, señor González!. Eso sí, en cualquier circunstancia, al margen de que el Presidente sea progre o conservador, siempre estuvo, está y estará Pedro Jota intentado que al inquilino de La Moncloa se le venga el mundo encima, con comillas y sin ellas.
Lo intentó hasta la extenuación cuando Felipe se le puso a tiro con el GAL y la cosa; volvió a la carga con Aznar, cuando se les rompió el amor de tanto usarlo, ay, tras aquella célebre luna de miel en el balcón de Carabaña; rastreó como un sabueso las huellas de los mil y un pasos en falso de Zapatero; y ahora, desarbolado por un gallego que no se sabe si sube o baja las escaleras, ni todo lo contrario, se ha puesto “El Mundo” por montera y ha decido entrar a matar. Este chico es que tiene hambre de cortar orejas y salir a hombros por la puerta grande. Lleva tantas décadas conservando un hueco en la pared del salón de su casa, ay, con la ilusión de poder mostrarle a las visitas la cabeza de un presidente, que se aferra a cualquier atisbo de esperanza: la de Bárcenas, con e minúscula de especulación, o la de Aguirre, con E mayúscula de remota Expectativa.
El viejo instinto magnicida de obra
Mira, por lo menos algo hemos salido ganando. Hemos enterrado aquella España del magnicidio físico y cruento, que empezó con Prim, siguió con Cánovas, Canalejas y Dato y acabó enviando a Carrero Blanco de Madrid al cielo, y hemos pasado al intento de magnicidio mediático, popular e incruento, que sólo pretende enviar a los presidentes a su casa. España es que, en magnicidios propiamente dichos, tenía uno de los mayores ratios de la historia per cápita y per siglo.
La fama se la lleva EE UU. Pero allí cayeron cuatro presidentes (Lincoln, Garfield, McKinley y JFK) en el mismo espacio de tiempo que consumimos aquí en deshacernos de cinco por la vía rápida. Esa peculiaridad, junto a otras muchas a lo largo de nuestra historia, forma parte de los síntomas colectivos que deberíamos hacernos mirar, como se dice ahora.
¡La moción de censura es higiénica, Don Alfredo…!
De todas formas, al margen de la afición a la caza mayor de Pedro Jota, resulta más llamativa la afición de Rubalcaba por sembrar el coto de caza de trampas y de minas personales, oye. Que no salga nunca a pecho parlamentario descubierto, introduzca en la recámara una moción de censura y dispare al pianista del BOE ante Dios, la historia, sus señorías, la opinión pública y la opinión publicada. ¡Aunque sólo sea por higiene democrática, hombre!
Felipe le disparó una vez a Suárez, ¿recuerdas?, y aguantó el sofocón de que se le escapase la pieza herida. Dos años después, desde aquella cima del Sinaí en el balcón del Hotel Palace, anunciaba urbi et orbi la inminente entrada de su tribu ideológica en la tierra prometida del BOE, de la gobernanza, del coche oficial y de la moqueta.