El Rey llama a recuperar la concordia de la Transición ante la polarización
España vive hoy una tensión política que erosiona los puentes más básicos de convivencia. Ese es el escenario que Felipe VI quiso enfrentar este viernes durante el acto institucional por el 50º aniversario de la restauración de la Monarquía. El Rey, consciente de la fractura social y del clima de desconfianza institucional, buscó una referencia fundacional capaz de interpelar a todos: el espíritu de diálogo, cesión y respeto mutuo que vertebró la Transición democrática. En un Salón del Trono cargado de símbolos, y ante una audiencia dividida por ausencias significativas, el Monarca llamó a retomar la palabra frente al grito y el acuerdo frente a la imposición, recordando que la democracia española nació precisamente del encuentro entre adversarios.
Su discurso, sobrio pero inequívocamente político, se convirtió en un mensaje dirigido a un país atrapado en dinámicas de confrontación. Felipe VI no evitó las aristas: reconoció que “la Transición no fue perfecta”, que estuvo marcada por incertidumbres y riesgos. Pero insistió en que, sin el respeto mutuo que guio aquel proceso, España no habría construido un marco democrático capaz de sostenerse medio siglo. En un tiempo en el que el desacuerdo —como él mismo subrayó— “se expresa con crispación”, el Rey quiso recuperar una evidencia incómoda para la política actual: que los grandes avances de la historia reciente no nacieron del ruido, sino de la negociación.
El escenario del acto reforzó su mensaje. La ausencia del rey emérito —a quien sí reconoció explícitamente por su “contribución decisiva” al camino hacia la democracia—, las ausencias políticas derivadas del clima judicial y la tensión territorial, y la proximidad del aniversario de la muerte de Franco dotaron al discurso de un peso simbólico mayor. La Corona, apostó Felipe VI, debe volver a ser un elemento de estabilidad en momentos convulsos, como lo fue en los años más turbulentos de la Transición.
El público también aportó lecturas. Solo algunos presidentes autonómicos acudieron; los partidos que sostienen al Gobierno brillaron por su ausencia; tampoco asistió Vox. La fotografía institucional reflejó, de hecho, esa España fragmentada a la que el Rey parecía dirigirse con un mensaje más pedagógico que conmemorativo.
La referencia a una Transición que aún interpela
Al reivindicar el clima de pactos de los años setenta y ochenta, el Monarca abrió un debate incómodo: ¿por qué aquella cultura política basada en la cesión es hoy inalcanzable? Su mención al “gesto político revolucionario” que supuso priorizar el acuerdo frente al enfrentamiento apuntó, sin nombrarlo, a un estilo de política actual cada vez más dependiente del bloqueo, el ruido y la descalificación pública.
Un mensaje dirigido especialmente a los jóvenes
Una de las frases más reveladoras fue la dirigida a quienes, como sus hijas Leonor y Sofía, han nacido en una democracia consolidada. Según una reciente encuesta de 40dB. para EL PAÍS, casi una cuarta parte de los jóvenes de entre 18 y 28 años cree que ahora puede ser preferible un sistema no democrático. Esa interpelación generacional buscó conectar con quienes no vivieron el miedo, la violencia ni la fragilidad institucional de la Transición, pero que hoy cuestionan las bases del sistema en el que crecieron.
A lo largo de su intervención, Felipe VI insistió en que la Corona acompañó —y acompaña— un proyecto “de todos y para todos”. No fue una frase inocente: en un momento en que se reabren debates sobre la legitimidad y el sentido de la institución, el Rey quiso situar a la Monarquía como un eje de cohesión ante la fragmentación. Sin estridencias, pero con firmeza, subrayó que la estabilidad democrática no puede darse por sentada, y que el respeto mutuo sigue siendo la única base sólida para cualquier proyecto compartido.
El mensaje final, aunque no explícito, fue claro: España se encuentra ante un punto de inflexión. Volver al espíritu de la Transición no significa idealizar el pasado, sino rescatar las herramientas que hicieron posible superar un abismo mucho mayor que el actual. Si entonces se pudo pactar entre irreconciliables, hoy —vino a decir el Monarca— no hay excusa para que la crispación sustituya al diálogo. Porque, en última instancia, la democracia no se sostiene por inercias, sino por decisiones. Y la primera de ellas, recordó Felipe VI, es elegir la palabra antes que el grito. @mundiario
