El PSC ha revolucionado la campaña con el candidato Salvador Illa, el más valorado

Salvador Illa, en Nueva Economía Forum. / Mundiario
Salvador Illa, en Nueva Economía Forum. / Mundiario
El PSC ha revolucionado la campaña con el candidato Salvador Illa, el más valorado

A cuatro días de las elecciones catalanas, con más de veinte mil alegaciones para no formar parte de las mesas electorales, nadie parece en disposición de asegurar qué sucederá el próximo domingo en las urnas. En la política actual un día es un año; cuatro días, un siglo, así que no hay quien se atreva a pronosticar un resultado cierto, ni siquiera con la ayuda de las encuestas, más o menos fiables, que transitan por las redes sociales una vez prohibidos los canales tradicionales.

Pese a todo hay una cierta coincidencia en señalar tres hechos como más que probables para el próximo domingo: la abstención volverá a las cifras habituales y la votación quedará lejos del récord alcanzado en 2017 cuando votó el 80% del electorado; en segundo lugar, se vislumbra un triple empate técnico en cabeza, entre PSC, ERC y Junts per Cat, dibujando una difícil situación para tejer acuerdos y garantizar gobernabilidad. Finalmente, el tercer elemento es el denominado efecto Illa; tras años de calvario y pérdida de votos, el PSC ha revolucionado la campaña –y presumiblemente el resultado final– con el candidato Salvador Illa como el candidato más valorado y, por tanto,  convertido en blanco de todos los ataques.

Aragonés, Presidente accidental

El 14-F es el último –de momento– acto tras casi una década de caos político, división social y la práctica desaparición de las instituciones, fagocitadas por el debate eterno, el único debate posible, independencia si o no. De hecho, la cita electoral tendrá lugar este domingo tras una convocatoria técnica, tras la incapacidad de los nacionalistas para acordar una fecha electoral y superado el lapso legal que permitía a Aragonés actuar como President accidental, pero no le otorgaba competencias para retrasar la convocatoria.

Desde aquél 20 de septiembre de 2012 en que Mas se echó al monte, sólo la pandemia ha conseguido sobresalir por encima del debate secesionista. Y es precisamente la pandemia, y el hombre a quien le tocó lidiar directamente con ella, lo que que parece haber sacudido el tablero electoral con la fuerza suficiente como para modificar las estrategias de la práctica totalidad de los partidos políticos.

La Covid-19 dejó al aire, más si cabe, las costuras de una pésima gestión autonómica que en una década situó a Cataluña a la cola en todas las ratios que miden el bienestar. Mínima inversión en sanidad, listas de espera que no dejaron de incrementarse, desmantelamiento de los servicios de atención a la dependencia… ni siquiera el antaño prestigioso sistema educativo se ha salvado después de diez años de incomparecencia gubernamental. Si a esto sumamos la frustración de quienes habían confiado en las promesas de los partidos secesionistas, es fácil comprender que ahora sean otras las prioridades señaladas por el electorado catalán.

Illa, un socialista veterano

Salvador Illa, veterano socialista bregado en tareas institucionales y orgánicas, llegó al Ministerio de Sanidad como la cuota del PSC. Nada aventuraba lo difícil que iba a resultar su travesía, pero el virus lo cambió todo. Sánchez le confió el mando único desde el primer momento, pensando tal vez que ante una situación inédita vendría bien el talante de diálogo y cooperación del catalán. Un año después, pese a los miles de fallecimientos, las dificultades de coordinación, las certezas convertidas en dudas, las tres olas y las mil batallas –no todas ganadas- Illa aparece como el político más valorado para incomprensión de la derecha y desesperación de sus rivales electorales. Cómo es posible?, se preguntan unos y otros.

Superados los primeros meses, la segunda y tercera ola sirvieron para desmontar aquél lugar común de que éramos “los peores”. España era la peor gestionando, sin duda. Once meses después, el virus se ha encargado de ponernos a todos en el mismo lugar, el de la derrota. Así que ahora que ya sabemos que todos los países han transitado por la misma senda de contagios, incógnitas y muerte, el diálogo, la generosidad y la lealtad institucional que mostró siempre Illa aparecen como valores al alza.

Ni un reproche, ni una crítica ni un mal comentario

Sin duda, el ahora exministro de Sanidad fue el único político al que jamás se oyó un reproche, una crítica o un mal comentario acerca de los gobiernos autonómicos con quienes se reunía cada semana. Ni siquiera Ayuso le sacó de sus casillas –aunque a punto estuvo– y fue capaz de sobreponerse al guirigay diario y a las continuas deslealtades de quienes trataban de utilizarle para esconder sus propias calamidades. Quizás, en esta ocasión, los electores prefieren la política cooperativa y amable, en lugar del cinismo reinante.

Salvador Illa se sienta en los debates electorales para hablar de unidad, reencuentro y cohesión entre la ciudadanía catalana, profundamente dividida en estos años. Habla de sanidad, de invertir en investigación, de reflotar el sistema educativo, de poner en pie servicios sociosanitarios que merezcan tal nombre. Illa habla de ERTEs, de entendimiento entre los agentes sociales, de renta social, de inversión estratégica y de recuperar el liderazgo perdido. Habla de llegar a acuerdos, de hablar y, sobre todo, de escuchar. Habla, en fin, de no perder de nuevo una oportunidad.

Nadie sabe qué sucederá el domingo ni si el efecto Illa servirá para modificar el tablero político y procurar un gobierno más centrado en derechos y políticas sociales que en las banderas. En todo caso, el hoy candidato cambió el paso de la política, convirtió el diálogo en algo habitual y nunca se dejó llevar por la lucha en el barro. Sólo por eso ya habrá valido la pena. @mundiario

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