La prisión de Cerdán sacude al Gobierno y pone en jaque su credibilidad
Cuando Pedro Sánchez llegó a La Moncloa en 2018, lo hizo con una promesa rotunda: limpiar la vida pública de la corrupción que había minado al Partido Popular. La moción de censura que tumbó a Mariano Rajoy fue más que un trámite institucional; fue la cristalización de una esperanza cívica. Hoy, esa esperanza tiembla, sacudida por la imagen demoledora de Santos Cerdán cruzando las puertas de Soto del Real acusado de cohecho, organización criminal y tráfico de influencias. No es un caso más. Es el símbolo de una fractura moral que golpea en el corazón del propio PSOE.
Pedir perdón es lo mínimo, y el Gobierno lo ha hecho. La ministra portavoz, Pilar Alegría, ha calificado de “desgarradora y decepcionante” la escena, admitiendo el error de haber depositado confianza en quien, supuestamente, se aprovechó del poder para lucrarse. Sin embargo, las palabras, por bien intencionadas que sean, llegan con un problema de fondo: suenan demasiado tarde y demasiado vacías. Porque lo que hoy está en juego no es solo la imagen del Ejecutivo, sino la propia narrativa del sanchismo, construida sobre una supuesta superioridad ética frente a sus adversarios.
El caso Cerdán no solo erosiona la credibilidad del PSOE: también somete al Gobierno a una prueba de resistencia institucional en pleno desgaste político. Tras años de crisis encadenadas —pandemia, inflación, polarización y alianzas incómodas—, el Ejecutivo se enfrenta ahora a su Talón de Aquiles: la corrupción propia. Porque si Gürtel fue el principio del fin para Rajoy, esta nueva trama puede ser el principio del declive definitivo para Sánchez.
Desde Moncloa insisten en la idea de “resistir es vencer”, como si la mera supervivencia fuese suficiente. Pero la sociedad española, ya escarmentada por décadas de escándalos, espera más que aguante: exige explicaciones, transparencia y medidas estructurales. Es aquí donde el Gobierno empieza a naufragar. Porque mientras Alegría proclama contundencia y colaboración con la justicia, el anuncio de nuevas viviendas del banco malo queda sepultado por el fango de la corrupción. El mensaje político no fluye cuando la ética institucional se tambalea.
Yolanda Díaz, visiblemente indignada, lo ha dicho sin ambages: “Hay que actuar ya”. Su intervención no solo refleja el hartazgo de la parte de la izquierda que quiere una política limpia, sino también las grietas dentro del propio Gobierno. Porque lo que para el PSOE es una crisis a gestionar, para Sumar es una amenaza existencial a la idea misma de regeneración democrática. Díaz no está dispuesta a que la indignación quede en un comunicado de prensa; exige reformas, respuestas y consecuencias.
En el trasfondo, el temor es doble. Por un lado, que la trama vaya más allá de Cerdán y salpique al partido en su conjunto. Por otro, que el deterioro de la imagen del Gobierno sea irreversible y allane el camino a una derecha que, con sus propias contradicciones, ve ahora la oportunidad de capitalizar el descrédito ajeno. El PP, aunque sin los apoyos necesarios para una moción de censura efectiva, ya ha iniciado su ofensiva, explorando alianzas y exhibiendo músculo parlamentario.
El PSOE se defiende exhibiendo datos: 1.054 votaciones ganadas en el Congreso esta legislatura, una treintena de leyes aprobadas, subidas del salario mínimo, revalorización de pensiones. Pero la eficacia parlamentaria no basta cuando la sombra de la corrupción planea sobre los despachos. Porque no se trata solo de gobernar, sino de cómo se gobierna. Y si algo ha quedado claro es que no basta con auditar las cuentas cada año o presumir del Tribunal de Cuentas: hay que reconstruir la confianza desde las bases.
La reunión de este miércoles entre PSOE y Sumar en la comisión de seguimiento del pacto será clave. Más allá de la agenda social que se pondrá sobre la mesa, lo que realmente se juega en ese encuentro es la legitimidad moral del Gobierno. Díaz no ha ocultado su enfado. Quiere garantías, quiere respuestas. Y, sobre todo, quiere que el Ejecutivo reaccione con la firmeza que exige una sociedad cansada de tramas, sobres y favores.
El episodio Cerdán es mucho más que una caída individual. Es un espejo incómodo que devuelve una imagen poco halagadora de la cultura política que aún persiste en ciertas esferas del poder. Si el Gobierno pretende sobrevivir políticamente, no podrá hacerlo con simples gestos o maniobras tácticas. Necesita un giro real, profundo y ejemplarizante. No solo para salvar la legislatura, sino para honrar el compromiso que lo llevó a gobernar: que la corrupción no podía volver a ser parte del sistema.
Hoy, más que nunca, se impone una pregunta esencial: ¿seguirá el Gobierno creyendo que resistir es vencer o entenderá, por fin, que solo regenerar es gobernar? @mundiario


