En presencia de la ausencia de paz

Guerra. / Archivo
Guerra. / Archivo
Hace poco las calles de Ucrania eran como las nuestras. Hoy, campean por los barrios de sus ciudades la guerra, la miseria y la aflicción.
En presencia de la ausencia de paz

En quince días, estamos teniendo un máster acelerado de realismo. Las generaciones que no vivieron en directo la guerra española ni la segunda mundial, están viendo una de cerca.

Desde 1945, no ha habido paz en muchos sitios, pero sí muchas otras guerras, todas más lejos: en Corea,  Vietnam o Camboya; en un Oriente Medio que no ha parado de pelear todavía, en Israel-Palestina, en Irak y Siria, en todo el Golfo, en Yemen y Afganistán. En el transcurso de la descolonización de África y las neocolonizaciones que siguieron, tampoco han acabado; en Etiopía y Libia siguen muy presentes, y en muchos otros países nos sorprenden con intermitencias continuas. En Sudamérica -“el patio de atrás” de la “doctrina Monroe”-, han sido incontables los golpes de Estado, y las guerras in-civiles no han dejado de cambiar de rostro; la crisis de los misiles en Cuba, las represalias dictatoriales en Chile o Argentina, San Salvador o Panamá, la Nicaragua mutante o la invasión de la isla de Granada –tan parecida a la de Perejil-; las guerras urbanas del narcotráfico y las favelas siguen desangrando las venas abiertas de ese gran continente, que decía Eduardo Galeano.

Demasiadas “guerras justas”

Simplemente con las guerras posteriores a la Segunda Mundial, hay material para una larga enciclopedia que ayudaría a la flaca memoria a recordar pasajes del pasado inmediato, con muertos, calamidades y horrores que superan a los que produjo esa gran guerra del siglo XX; sus primeros pasos, según reconocidos historiadores, se anduvieron en el conflicto incivil español de 1936. Después de la Guerra Fría, los reajustes en las fronteras de la antigua URSS,  después de la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989, no han acabado; a las guerras de Yugoslavia ente 1991 y 2001, las de Chechenia y Crimea son solo episodios recientes y, en esa secuencia, hace quince días que tenemos otra guerra más cerca, a tres horas de avión y con los bolsillos temblando por los costes que apenas hemos empezado a pagar.

La indignación que produce ver el desastre que está produciendo al preciado bienestar europeo es inmensa. Cada día que pase iremos viendo que los horrores colaterales que la acompañan tardarán en ser subsanados. La verdad, por ejemplo, empieza a ser difícil de gestionar; se obnubila toda racionalidad a causa de la atosigante “guerra de propaganda”; nos retrotrae a cómo nos han manipulado en tantas otras guerras, y descreemos del marketing comercial y de las tomaduras de pelo de las app que andan por nuestros móviles. Y ya en esa onda, la carga emocional de que se revisten las peleas partidistas nos parecen tomadura de pelo; las opiniones ambiguas de muchos políticos, sus preguntas y parlamentos, reproducidos por supuestos emisores de “buena” información, nos sumen en la misma ignorancia que la propaganda. Cuando algunas instituciones excelsas tratan de encubrir sus trapos sucios a cuenta de supuestas bondades, ya no las creemos, tampoco los apaños y masaje de sus mensajes –que diría Mc Luhan-, con que subsistan en sus enclenques pies de arcilla. En fin, que esta guerra pone patas arriba buena parte de las confianzas que teníamos en la racionalidad tranquila de nuestras vidas. Nos toca de cerca y deja temblando bastantes de las seguridades democráticas a que habíamos encomendado la vida colectiva.

Esta sensación de mentira permanente, que remueve esta mentirosa, pero real, guerra de Putin en Ucrania es uno de sus más graves efectos. La irritación con nosotros mismos, más que con quienes emplean el cainismo para sus propósitos de dominio y subordinación de otras personas y territorios, aumenta cuando vemos los agravios históricos y bondades morales o patrióticas que invocan para justificar sus desmanes. Para los historiadores y quienes siguen sus investigaciones por oficio literario o docente, o por mero afán de enterarse de lo acontecido, es un engorro; el ser humano no aprende casi nada de los errores del pasado, y tropezar en las mismas piedras que sus ancestros forma parte de su genética. De nada valen las supuestas enseñanzas de la maestra de la vida, que dicen es la Historia; la Biblia, muy sabia, tras el supuesto pecado original, ya situó el odio mortal de Caín contra su hermano Abel, antes de la cantidad de guerras a que aluden muchos de sus otros libros.

Magistra vitae

Los buenos historiadores suelen ser buenos profetas de lo que ya ha sucedido; los otros, los revisionistas en especial, ni eso: sesgan las razones que, como siempre que hay guerra, asignan una bondad intocable a uno de los contendientes y ponen a caer de un burro las del contrario, siempre culpable. Cuando no sabemos ni quién ha inventado a Putin –ni las tensiones que le han dado aliento a su aventurerismo-, lo más grave es que, en este momento, las buenas razones de quienes no queremos esta guerra -y que perdemos mucho con ella-, no son suficientes para parar las razones pragmáticas de quienes la han puesto en marcha y la defienden. Su guerra, con toda la capacidad de destrucción, matanza y desconcierto que está generando, avanza  irrazonable e inmoralmente delante de nuestros ojos.

Metidos en un proceso que no hemos buscado, parece que estemos aprendiendo algo, pero para muchos problemas es tarde, y en bastantes otros, pese a una guerra que denostamos, ni reconoceremos habernos equivocado. Los repetiremos a escala más doméstica como si no tuvieran remedio y, como mucho, se quedarán para el lamento sus consecuencias. La Unión Europea sí parece haber aprendido que su federalismo sigue incompleto en muchos aspectos estratégicos y en su solidez interna. Nuestros políticos, sin embargo, ni eso; acaban de echarse a la cara la guerra, esta mañana, como quien tira una piedra a su adversario por ver si le rompe la crisma: todo les vale -también la pandemia-, para mostrar su enojo por no se sabe qué. Les importa poco que, en una perspectiva amplia, este sea un episodio más de reestructuración de la geopolítica mundial, sangriento e indiferente, como lo han sido la gran mayoría de los acontecidos más lejos de nuestras casas. Al margen de este provincialismo de tanto enfadado aparente, la interdependencia en que se ha construido la globalización económica acabará imponiendo su ley, mientras padecemos restricciones, inflación e inestabilidad.

Es altamente improbable que los contendientes –y quienes ejercen como tales ante los micrófonos o en el Congreso de Diputados- hayan leído a Kant y sus alegaciones acerca de la paz. Es más probable que las leyes del mercado, más que las de la ética o los Derechos Humanos, sean las que acaben poniendo final a esta guerra en Ucrania… y en España.  Oyendo a tanto patriota convencido meterse a guerrear, poco convincente con cuanto oponente consideran culpable,  hace recordar a un jurista y docente como Francisco Tomás y Valiente. En el memorial levantado en la Autónoma de Madrid después de su asesinato en 1996, enseña: “Tal vez la tolerancia de nuestro tiempo haya de ser entendida como el respeto entre hombres igualmente libres”. @mundiario 

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