Podemos utiliza a los secesionistas para derribar el sistema de 1978
Pablo Iglesias no pierde oportunidad para pregonar “¿para qué nos sirve el Rey?” y vocear consignas contra la Constitución. Acciones propias de quien quisiera ‘coronarse’, por aclamación de los suyos, con una Carta Magna hecha a medida.
La sublevación en toda regla del Gobierno de la Generalitat de Cataluña contra el orden constitucional ha contado desde el primer momento con el apoyo, disfrazado de indulgencia mediadora, de Podemos, formación que aglutina una mezcolanza de grupos antisistema que en las últimas elecciones generales recaudó 5.049.734 votos, situándose como tercera fuerza política, a corta distancia del PSOE. Pero el soporte que presta Podemos al nacionalismo radical catalán no tiene una motivación independentista, sino que responde a un plan más exhaustivo, que fijan a medio plazo: subvertir el sistema de 1978, minar la Monarquía parlamentaria y sembrar el republicanismo en las masas más permeables.
El propósito es tan firme que incluso no reparan en que su trucada afiliación a los secesionistas pueda restarles miles de votos en otras regiones, como sería lógico, quizás porque fían su suerte a la desmemoria y alentada visceralidad de sus seguidores y de los que habitualmente votan contra lo establecido.
Pablo Iglesias no responde al arquetipo nacionalista, lo suyo es puro travestismo coyuntural, como tampoco el nacionalismo tradicional catalán participa de las tesis ‘podemitas’. Si ya resulta inaudito que la burguesía nacionalista haya cedido distintos aposentos de poder a ERC y a los descamisados extremistas de la CUP, convencida de que podrá apartarlos cuando convenga dada su hegemonía económica y su presumible ventaja electoral, una alianza con Podemos representaría firmar su propio aniquilamiento, al menos durante un largo periodo.
Coinciden en el método, caminan ahora en paralelo, pero su relación es oportunista y con fecha de caducidad porque los objetivos finales son opuestos, como en el fondo lo son también las estrategias, aunque a simple vista puedan no parecerlo.
La izquierda en el poder es poco o nada contemplativa con los movimientos subversivos. Basta recordar que, en 1989, por motivos de rebeldía fiscal, el Gobierno de Felipe González amenazó con aplicar en Canarias el artículo 155, y nadie se rasgó entonces las vestiduras, pero la izquierda europeísta que representaba el PSOE, incluso el PCE, dista mucho de esa nueva presunta izquierda que simboliza Podemos, escorada en comportamientos propios del totalitarismo revolucionario.
Pablo Iglesias no pierde oportunidad para pregonar “¿para qué nos sirve el Rey?” y vocear consignas contra la Constitución. Acciones propias de quien quisiera ‘coronarse’, por aclamación de los suyos, con una Carta Magna hecha a medida.
¡Pies para qué os quiero!, que también diría un republicano con dos dedos de luces y un ligero conocimiento de nuestra historia.