Pablo Casado viaja a un pretérito imperfecto

Génova 13, sede del PP, donde había caja B.
Génova 13, sede del PP, donde había caja B.
Casado ha escenificado un inicio de curso político que ha sembrado inquietud en algunos de sus dirigentes regionales, y que marca una vuelta a posiciones propias de la antigua Alianza Popular, y a nostalgias de un pasado más pretérito e inquietante.
Pablo Casado viaja a un pretérito imperfecto

Pablo Casado acaba de celebrar una “ronda española”, llamada convención ambulante, por la que han deambulado algunos fantasmas del pasado, y que ha terminado desembocando, no sé muy bien si en la Hungría de Viktor Orban o en la nostalgia de una España pretérita y espero que caducada. En cualquier caso, viene a ser muy parecido.

Casado se fue de gira, por cierto, sin haber hecho los deberes constitucionales de contribuir a la renovación del Consejo General del Poder Judicial y de otras instituciones también pasadas de fecha. Y se ha ido encontrando con compañeros de viaje que le han ayudado a cincelar la estatua de sal que ha terminado exhibiendo en Valencia.

En la primera etapa le acompañó un M. Rajoy auto-reivindicativo, que parecía haber olvidado las aciagas causas de su salida del Gobierno, y las terribles consecuencias, para las clases trabajadoras y los sectores más desfavorecidos, de sus políticas de precarización laboral y social. Un Rajoy que se presentaba ante los seguidores del PP como si aquel “Luís sé fuerte” dirigido a Bárcenas, en lugar de ser un aliento a una etapa tenebrosa de la corrupción, hubiera sido un acto de apoyo frente a la injusticia. Un Rajoy que aún no parece haberse enterado de que bajo su mandato se produjeron los siniestros manejos partidistas de la policía política. Y un Casado, por cierto, que se desdecía con los hechos de sus afirmaciones de que “su” PP no tenía nada que ver con el pasado.

Anómalos compañeros de viaje

Se hizo acompañar después de un Nicolás Sarkozy ya condenado por los tribunales franceses por financiación ilegal de sus campañas electorales, y que al día siguiente de apuntalar a Casado recibía una segunda sentencia, también condenatoria, que venía como a desmentir el valor de su apoyo político. O -vistos los antecedentes con la presencia de Rajoy- confirmaba la querencia de la derecha por unos usos y costumbres más bien poco edificantes, y hasta poco democráticos. Parecen ser los signos de los tiempos.

Vargas Llosa también se apuntó a esa ronda, y contribuyó a la confusión de Casado, dando doctrina sobre cómo votar bien: para él votar bien es hacerlo por Keiko Fujimuri (a quien viene de apoyar en las elecciones peruanas), en libertad bajo fianza por casos de corrupción. Y no conforme con eso, llegó a quitar importancia al derecho de voto.

Una cadena de despropósitos, que no terminó ahí. Reapareció Aznar, que mantuvo el tono agresivamente hispanófilo que a la vez exhibía con descaro Ayuso en los Estados Unidos: eso sí, ante una más que exigua audiencia estadounidense. Y -como ella- también arremetió contra la actitud del papa Francisco por pedir perdón por las tropelías de la Iglesia de la conquista en México. Aznar defendió no pedir perdón. Con toda lógica: porque si no ha pedido aún perdón por las mentiras con las que nos metió en la guerra de Iraq, con decenas de miles de muertos civiles, y declarada con engaños y al margen de las Naciones Unidas, no tiene cuerpo para disculparse por tropelías de hace cuatro siglos. ¡Y viva España!

Para terminar el séquito “ejemplar” del recorrido ideológico-propagandista, Kurz, el canciller conservador austriaco, tuvo que cancelar su asistencia a la apoteosis final de Valencia porque, casualmente, debía ocuparse de la investigación por corrupción y falseamiento electoral que está llevando sobre él y su equipo de colaboradores la fiscalía de su país (que acaba de registrar la sede de su partido y otras dependencias). Pero no dejó pasar la ocasión y envió un video en el que se congratulaba de que Casado quisiera hacer en España lo mismo que él está haciendo en Austria. Vaya tropa.

Y, por fin, el reencuentro con Ayuso, que retornaba de “conquistar” las américas. Y que le dijo muy clarito que a ella lo que le importa es Madrid, por cuyo territorio dentro del PP está pugnando con el candidato de Casado, Martínez Almeida.

Y al final, todo un éxito, con “viva España” y con vuelta al ruedo de la derecha más descarnada, en una especie de auto-campaña electoral más que anticipada. Todo un esfuerzo para rescatar el voto que se les escapó hacia Vox. Por cierto, con Vidal Quadra -cofundador de Vox- nuevamente en nómina, abominando de la España de las Autonomías que fundamenta la Constitución, sin que nadie se lo hiciera notar.

Y, como con la emoción del triunfo de diseño que se fabricó, no se acordó de decirlo -tenía muchas promesas de abolición de leyes progresistas que enumerar- no pasaron veinticuatro horas antes de que declarara que, para gobernar, si lo necesitaba, se aliaría con la extrema derecha de Vox. Sin complejos, que es como hay que decir las barbaridades más solemnes.

Renuncia al centro-derecha

Una campaña electoral fuera de tiempo y de lugar, pero que ha tenido la utilidad de hacernos saber que Pablo Casado renuncia a ocupar el espacio del centro derecha, y que va a seguir echado al monte, sin responder a ninguna llamada de diálogo que reciba del Gobierno, y sin cumplir sus obligaciones constitucionales de colaborar a la renovación de los órganos institucionales que están más que caducados.

Por cierto, que en esa especie de rebeldía respecto a lo que debería ser el funcionamiento autónomo del gobierno de los jueces, y en el sostenimiento de un Consejo del Poder Judicial atado al pasado, así como de un Tribunal Constitucional en plena producción de sentencias inverosímiles, el presidente del Partido Popular exhibe una actitud de injerencia objetiva en el tercer poder, más cercana a las posiciones del gobierno polaco -censurado por el Tribunal de la Unión Europea- que a los gobiernos democráticos de la mayoría de los países miembro de la Unión.

Vamos, que Pablo Casado ha querido escenificar un inicio de curso político que ha sembrado mucha inquietud en algunos de sus dirigentes regionales, y que retrata ante la sociedad española una inequívoca vuelta a posiciones más propias de la antigua Alianza Popular, e incluso a nostalgias de un pasado más pretérito y más inquietante.

Y lo está ya demostrando con su reacción ante el anuncio por parte del Gobierno de normas para regular el derecho a la vivienda, que proclama la Constitución, y con sus anuncios -antes incluso de leer la propuesta del texto legal, e incurriendo en contradicciones con reivindicaciones propias- de recurrir al Tribunal Constitucional. Aprovechando la racha desconcertante de dicho tribunal, con sentencias (como la de la suspensión de sesiones parlamentarias cuando el confinamiento) en las que contradice su propia actuación, más drástica, incluso, que la que condena.

Todo un errático programa más propagandístico que de oposición seria y fundamentada, que es lo que se espera de cualquier partido que aspira a gobernar una Democracia real. @mundiario

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