Una legislatura sostenida por hilos cada vez más finos

Pedro Sánchez y Yolanda Díaz. / RR SS.
El presidente del Gobierno salva el primer gran envite parlamentario tras la tormenta de corrupción que sacude al PSOE, pero lo hace con un respaldo frágil, lleno de advertencias y con sus aliados marcando distancias.

Pedro Sánchez ha logrado lo que necesitaba con urgencia: tiempo. No ha habido dimisiones forzadas, ni demandas de elecciones anticipadas, ni ruptura inmediata con sus socios parlamentarios. Pero si el presidente del Gobierno creía que el pleno monográfico sobre la corrupción iba a ser una catarsis definitiva, la jornada le devolvió a la cruda realidad: no se ha cerrado ninguna crisis, sólo se ha abierto una tregua vigilada.

La intervención inicial del líder socialista, marcada por un tono solemne y autocrítico, sirvió para contener momentáneamente la sangría de apoyos. Sánchez pidió perdón, reconoció errores, asumió responsabilidades y desplegó un paquete de 15 medidas contra la corrupción. Sin embargo, evitó el paso que algunos esperaban —una cuestión de confianza— y dejó claro que su horizonte sigue siendo 2027. Tirar la toalla, aseguró, “sería lo más fácil”, pero no está en sus planes. El mensaje era claro: resistir, incluso herido.

Sin embargo, sus socios parlamentarios no le ofrecieron un respaldo sin condiciones. Podemos fue directo al choque, con Ione Belarra verbalizando el hartazgo de una parte de la izquierda que ya no se siente interpelada por el PSOE. Desde el otro extremo del espectro progresista, el PNV afinó su tono institucional para lanzar una advertencia nada velada: “la confianza va camino de la UCI”. Junts, que juega su propia liga, volvió a recordar que Sánchez vive en una prórroga permanente, y que ellos no están para apuntalar gobiernos ajenos. Ni cañas, ni afectos: sólo resultados para Cataluña.

El gesto más simbólico vino, sin duda, de Yolanda Díaz. En una jornada marcada por el luto personal tras la muerte de su padre, la vicepresidenta optó por no sentarse en el banco azul del Ejecutivo, sino en la bancada de Sumar. Desde ahí, equilibró afecto personal con exigencia política. Afirmó creer en la honradez del presidente, pero no en la suficiencia de su respuesta. Le pidió un giro social, un cambio de rumbo que dé oxígeno no sólo al Gobierno, sino al bloque progresista. "Gobernar no es resistir", le recordó con firmeza.

ERC, EH Bildu, el BNG y Compromís reforzaron esa misma demanda: menos retórica y más hechos, sobre todo en políticas sociales, vivienda y blindaje de derechos. No están por la labor de entregar un cheque en blanco a un presidente debilitado. Sus apoyos se revalidan día a día y están sujetos a resultados tangibles.

En la bancada de la derecha, el espectáculo fue de otro orden. Alberto Núñez Feijóo convirtió su intervención en un ajuste de cuentas sin matices. Tildó a Sánchez de político “destruido”, le acusó de encabezar una “trama criminal” y reclamó elecciones inmediatas. Recuperó el “y tú más” en clave electoralista, con el marcador de casos de corrupción bailando de un lado a otro del hemiciclo. La desmesura alcanzó cotas personales inaceptables cuando insinuó que el entorno familiar del presidente tenía vínculos con la prostitución. Una estrategia que busca erosionar no ya al líder socialista, sino su legitimidad misma.

Santiago Abascal fue aún más previsible. Acumuló su intervención y las réplicas en un único turno para marcharse del Congreso sin escuchar más. Para Vox, la crisis del PSOE no es más que una oportunidad para competir con el PP en la demolición del sistema democrático tal como lo conocemos. Abascal no perdona a Feijóo su moderación táctica y le acusa de blanquear el bipartidismo.

En ese campo de minas, el discurso de Sánchez se sostuvo sobre tres pilares: su convicción personal de estar limpio, su compromiso con la legislatura y su fe en que el proyecto del Gobierno va más allá de su figura. Pero lo que quedó claro es que esos argumentos ya no bastan para mantener la cohesión del bloque. Los socios quieren más: políticas sociales, reformas estructurales y un relato coherente de regeneración.

La sesión no fue un punto final, sino un punto y seguido. Sánchez ha ganado tiempo, pero no autoridad. Tiene margen para actuar, pero cada paso será escrutado. Si hay más escándalos, si la justicia avanza sobre las estructuras del partido, si la calle pierde la fe en su discurso, la caída podría ser rápida y sin red.

Mientras tanto, los partidos que sostienen al Ejecutivo han activado el modo de vigilancia. No han roto, pero están listos para soltar amarras si el deterioro se acentúa. La confianza no es infinita. Y como le recordó el PNV, el tiempo corre. Cada minuto que pasa sin medidas concretas, sin avances legislativos, sin transformaciones visibles, es un minuto más cerca del abismo. @mundiario