Las revoluciones sociales en el mundo árabe reflejan el papel de la juventud en la sociedad

En el caso del mundo musulmán, sobre todo después de la Primavera Árabe, los jóvenes deberían buscar fórmulas para compaginar varios componentes, según este analista de MUNDIARIO.
Jóvenes árabes / Fines.org
Jóvenes árabes / Fines.org

Como es evidente, la naturaleza categórica de la pirámide demográfica de una sociedad determina muchas cuestiones. Cuando en la base de esta pirámide predomina la juventud se determina un rasgo positivo de una futura fuerza. Echando un vistazo sobre las sociedades árabes actuales se nota el predominio destacado de la categoría juvenil. A pesar de la situación económica, generalmente, subdesarrollada del mundo árabe, y por muy precarias que fueran sus circunstancias sociales dentro de un contexto político muy delicado, caracterizado por una corrupción excesiva y una violenta discriminación a los opositores, no obstante la juventud en el mundo árabe ha podido realizar el cambio social y político de una manera pronta y muy civil.

Las revoluciones sociales recientes en el mundo árabe reflejan el papel de la juventud en la sociedad y su potencia de movilización colectiva por una causa común. Los jóvenes en los países árabes se movilizaron y dejaron aparte todas sus diferencias y referencias ideológicas y se reunieron bajo los mismos lemas y alzaron sus voces como para reivindicar los mismos derechos. Cuando se alzaron contra la injusticia y la corrupción de los estados y quisieron derrocarlos lo hicieron juntos y lo gritaron todos. Casi no les importaba la discrepancia de pensamientos ni aquel mosaico ideológico que formaban el conjunto de movimientos juveniles que llevaban a cabo una revolución global e inédita. Todo el mundo estaba de pie para contemplar aquellas manifestaciones pacíficas, combinadas y construidas desde la diversidad de múltiples elementos doctrinales, políticos y de identidad.

Por supuesto, las reivindicaciones de estas juventudes árabes unidas, por su realismo, vitalidad y justicia de una parte; y por la presión y desconcierto que habían causado en sus estados por otra parte, dieron sus esperados frutos simplemente porque la unión hizo la fuerza. En este caso la fuerza juvenil. Esta fuerza juvenil que floreció esta actual Primavera Árabe en diversos países, donde se dio lugar a tres "golpes de estado", quizás por primera vez en la historia contemporánea, no militares en un lapso de tiempo brevísimo; y reformas constitucionales aceleradas en unos reinos; un estado derrocado por milicias, también juveniles, empujadas por una intervención militar internacional; una guerra civil pendiente y otras cosas a esperar.

El punto de inflexión en la trayectoria de estos movimientos revolucionarios juveniles sería, mayormente, el momento de sustituir a los gobernantes tiranos derrocados y las etapas siguientes. Desde allí empezarían a resurgir las mismas diferencias ideológicas e identidades doctrinales esta vez alimentadas con una confianza, en exceso, en querer y poder cambiar la situación tanto social como política en un nuevo contexto prometedor y propicio para hacerlo. Sin embargo, la realización de tales cambios y objetivos supone adoptar un medio para alcanzar la finalidad. Por eso muchos movimientos rebeldes se hicieron partidos políticos y muchas organizaciones, que antes quedaron ilegales durante décadas, pudieron convertirse igualmente en bloques políticos legales. La política pasa a ser, entonces, el puente más legítimo y seguro hacia el poder. La competitividad entre las tendencias políticas aspirantes a gobernar no careció de tensiones y transgresiones mutuas. La situación se agrava más cuando se trata de tendencias opuestas ideológica o religiosamente, y menos en el caso de la misma ideología pero con convicciones diferentes.

Hablando en concreto, tomando por ejemplo el caso de Egipto: todas las tendencias políticas y ramas religiosas y masas juveniles se sublevaron contra "su majestad el Presidente", una vez "destronado" todos vuelven a ser los rivales de siempre, y cuando ya electo un nuevo presidente, civil e islamista por primera vez, empieza la contrarrevolución. Todas las tendencias, en oposición al islamismo político en alianza, volvieron a las calles para manifestarse, esta vez contra un gobierno legítimo y un jefe de Estado elegido democráticamente y partidario de una tendencia ideológica muy arraigada en la sociedad egipcia considerada como un actor importante en la anterior revolución. Aquí comienza la tensión en ascender y los enfrentamientos en agudizar entre el nuevo Estado y la oposición coaligada y agrupada en una amalgama ideológica y religiosa. Dentro de este marco conflictivo políticamente, contradictorio ideológicamente y con una identidad compleja, ¿cómo podrían los jóvenes recobrar su papel vital en las sociedades del mundo árabe para aportar un cambio total en todos los niveles, garantizando los valores y derechos por los cuales salieron en una revolución inédita y acertada?

En el caso del mundo musulmán, sobre todo después de la Primavera Árabe, los jóvenes deberían buscar fórmulas para compaginar entre tres componentes: los principios doctrinales de su religión, su identidad sociocultural y una tendencia política que admite intrínsecamente dichos principios e identidad dentro de una base ideológica que rige su referencia de pensamiento y actuación política dentro del Estado de Derecho basado en unas instituciones democráticas transparentes. Así las juventudes árabes se dejan integrar masivamente en los partidos políticos para apoderarse del escenario y desde ahí conducir "la nave del cambio" conservando sus valores y principios sin estar en contradicción con su época ni perder tiempo o energía en militancias marginales que no pueden sino restarles fuerzas y desvanecer el sueño de toda una generación que ha hecho de ser joven una profesión. La única generación que con tan sólo gargantas y pancartas ha realizado lo mejor que pueda llamarse Revolución.

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