La falacia del 15-M: el verbo de la indignación no se hizo carne

Concentración del 15-M en Sol, en Madrid.
Concentración del 15-M en Sol, en Madrid.

El movimiento 15-M de hace ahora 10 años no nació para frustrar tanto anhelo por parte de los que iban a asaltar los cielos.

 

La falacia del 15-M: el verbo de la indignación no se hizo carne

Diez años después del movimiento 15-M que tanto llamó la atención en el mundo, podemos sacar balance. Inflación de las reivindicaciones sociales, deuda con la historia y estafa de quienes intentaron capitalizar la ola de protestas sociales más amplias jamás vividas en España en el siglo XXI. Toda una falacia en vista a los resultados frustrantes para tantos indignados que en el lenguaje de las pancartas podría resumirse en: “Fuck 15-M” (Fastídiate indignado).

De todas aquellas demandas sociales, reformas, indignación, finiquito de la corrupción, de los privilegios de la casta política, del “tú más”, del bipartidismo o de las injusticias sociales, diez años han servido para certificar el gatillazo de quienes asaltaron los cielos pero incumplieron tantas promesas. El verbo sin lograr hacerse carne.

Eso sí, el “Sí se puede” de las protestas ha servido al menos para que 10 años después quede al menos en la memoria colectiva unos cuantos hitos que la mayoría de las protestas callejeras no tenían en mente entonces. A saber: sacar a Franco del Valle de los Caídos, abrir las fosas de la guerra civil, aprobar la eutanasia, normalizar los embustes y engaños, la proliferación de imputados sin dimitir, amén del esplendor del paro histórico (tanto juvenil como de larga duración), las subidas de sueldos de sus mandatarios, la presunta financiación ilegal de partidos anti-casta, y la dependencia de golpistas, etarras y delincuentes para llevar los designios de la nación mientras el país padece la madre de todas las crisis.

Pero al enemigo ni agua

Al enemigo por supuesto ni agua, aunque tanto pregonaran el diálogo. Mostrarse crítico a la falta de gestión de quienes llegaron de la calle para cambiar los cielos o a los continuos cambios de pareceres es recompensado con el lindo calificativo de “fascista”.

Desgraciadamente luego vino la pandemia de la covid-19, que empeoró todo: el estado de salud, la economía, la vida civil, la hipocresía política, la inacción legislativa y ejecutiva, aunque “animó” las salas de espera de hospitales, morgues, todas las demás crisis, los “memes”, las fake news y la fantasía porque “nadie quedará atrás”. Los que atrás quedaron fueron los que salieron durante tantos días a las calles en el 15-M para reivindicar un mundo mejor. Alentaron otras protestas en diversos países y la envidia de algunos vecinos que veían en las masas de la puerta del Sol, plaza Cataluña y otras calles céntricas de España, el despertar de tanta indignación contenida.

El balance de tanta indignación social una década después no puede ser más lúgubre. El verbo no se ha hecho carne

Pero gracias al 15 de mayo estamos hoy abordando -como otros muchas facetas- la caja rota de la Seguridad Social, de las pensiones, del Estado de bienestar, de los ERTES, de las ayudas (que nunca llegan) a los sectores más afectados por la pandemia, de los autónomos convertidos en el cajero automático de la ministra de Hacienda, de los rescates a una aerolínea sin aviones y sin pasajeros, de la novatada en la compra central de mascarillas y vacunas, la subida de impuestos y el gasto público sin tocar. Uff. Menos mal que tenemos a Europa y nos prometen 140.000 millones de euros de fondos para la reconstrucción. Si no fuera por ellos, los efectos del 15-M se habrían vuelto insufribles.

Del bipartidismo hemos transmutado al multipartidismo y a la falta de consensos incluso dentro de los mismos socios de gobierno. De cambiar al país han pasado a cambiar al vecino porque con los suyos fracasaron. De hacer política como antaño, ahora se pasa la patata caliente a los tribunales para que los jueces designados por los políticos fallen a favor o en contra según convenga. En otros muchos supuestos, echamos las culpas a  Bruselas o nos parapetamos detrás de las instituciones comunitarias para esconder un globo-sonda.

De tener la red de autovías más extensa de Europa y haber modernizado por fin la catastrófica red de carreteras españolas del siglo anterior, ahora, como ya somos mayores de edad, empezaremos a pagar peaje. Porque el 15M anhelaba truncar las comunicaciones y el desarrollo por carretera. Ahora, como no volamos por aquello del cambio climático y los eructos del ganado bovino, todo llega por arte de magia por internet con un click hasta casa. La mar de bien.

Antes la culpa era de España, ahora lo es de Madrid

De potencia industrial antes del 15-M que estuvimos a punto de superar a Italia, Reino Unido y Francia según nuestros mandatarios en La Moncloa y a demandar un puesto permanente en el G-8, hemos pasado a potencia del ocio obligado y a portero del ascensor del G-20, pero con clara aspiración a la Super Champions League. Digo bien, portero de finca, porque nos hemos desentendido en esta última década de la diplomacia exterior y de cuestiones de geoestrategia internacional. Nos ha escocido las injusticias en España de otros tiempos, pero las actuales las soterramos con un manto tupido de hipocresía.

Pero no siempre ha sido culpa de los nuevos políticos aprendices de brujo. Ni de los delincuentes que asaltan sedes propias o son sospechosos de envíos balísticos que dejan de investigarse tras el estrepitoso descalabro electoral en Madrid. Antes era culpa colectiva de España. Hoy hemos mejorado y lo es sólo de la capital. 

Qué decir de los medios. Que con tal de acaparar las migajas de la caída de la publicidad se han arrimado a los poderosos de la res publica y encargado de difundir un fenómeno nuevo: los fake news, violando la virginidad de la rigurosidad profesional. A falta de ellas, ahí están los ríos de tinta por cortarse un moño. Las instituciones públicas han hecho lo que se esperaba del 15M: decorarse con el bando político de turno, repartirse parabienes y enchufar a sin graduado escolar con el cometido de neutralizar a la oposición a base de anestesia.

Qué bien nos ha quedado el 15M después de tantos años. Seguimos a la espera de renovar  algunos de los órganos de poder más relevantes del país porque sus señorías no entienden el lenguaje de los signos. ¿Y las reformas? ¿Qué me dicen las reformas? Pues aquellas urgentes que no podían esperar hace una década por el bien de la justicia social, hoy ni están ni se las espera. Que no, que la culpa no es del jubilado que salía a las calles, ni de los ninis, ni de esos sujetos frustrados por tanto inmovilismo, ni de los indepes en favor de una Republica soberana a base de violar reitaredamente la Constitución y los fallos judiciales,  así como de tergiversar con el  “España nos roba” mientras la saga Pujol se lo llevaba crudo. No, la culpa de tanta frustración post 15M que hemos comprobado diez años después es por este orden, de: Franco, Aznar, Rajoy y Ayuso, siempre Ayuso ahora que se ha ido Trump, cuando no de la Corona. Echar a todos ellos de las instituciones y de mancillar los libros de texto, eso sí que era una prioridad del 15M. Y si no que se lo pregunten a los que acampaban en las calles.

Pero el 15M también nos ha traído descendencia con un pan bajo el brazo, ayas, chóferes, escoltas a cuenta del erario, convolutos en la venta de VPOs mientras siguen desahuciando a la gente, casoplones y mando, mucho mando machirulo. De la horizontalidad y demanda de máxima transparencia según el espíritu callejero de entonces y de los de la moción de censura, se ha metamorfoseado a  la verticalidad castrense, a la opacidad, a las ruedas de prensa sin admitir preguntas de periodistas, a todos los especiales de televisión por la corrupción de un solo color. Y como los males no vienen nunca solos, a la falta de gestión de ayudas a los excluidos sociales se le sumaron  los ataques piratas que paralizaron durante semanas al  SEPE,  que con tanta celeridad tramitaban  los expedientes como bien sabemos y buscaban empleo a los parados.

Qué bonita nos ha quedado España tras el 15-M. Ahora todos son respuestas, nadie quedará atrás, sí se puede, el dinero público no es de nadie, los niños no son de las familias sino del Estado. Nos hemos vuelto, con Franco en otra fosa y el Pazo de Meirás desexpropiado en: feministas, resilientes, ecologistas e inclusivos con el lenguaje más que nunca. Pero seguimos sin “curro, sin pensión y sin casa” como oraba hace unos años una de las muchas pancartas de la generación mejor preparada. Qué hubiera sido de nosotros, con otra generación peor preparada.

Y cuando acabe la crisis institucional, política, humanitaria y económica por la Covid.19 que ha engullido las proclamas de antaño, a lo mejor aparece de verdad la agenda de la renovación, las ganas de afrontar la crisis climática, el subdesarrollo de la economía digital y la revolución verde que ahora no toca. Pero para eso, hace falta que antes volvamos a celebrar los Sanfermines, el Rocío, las Fallas y los indultos de unos no-arrepentidos que “lo volveríamos a hacer”.  Pero con respeto, mucho respeto democrático, fruto de la nueva normalidad post quince-eme, aunque casi todo siga igual o incluso peor. Sólo que la miopía, propia y ajena, no lo superamos ni con  un nuevo 15M ni con otro 155 que tanto disgustó a rufianes bien “mantidos” (como dicen en Galicia). @mundiario

La falacia del 15-M: el verbo de la indignación no se hizo carne
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